La Granja

      ̶ Mamá, hoy en la escuela nos han hablado de la familia, de cómo era antes, los padres y hermanos…  ̶ Estrella permaneció callada, observando con intensidad las hojas que, al igual que sus cabellos rubios, luchaban por aferrarse a las ramas a pesar del viento. Una batalla desigual, por el gran número que iban desplomándose, huérfanas, a los pies del dosel arbóreo.

       ̶ ¿Yo tengo un papá? 

     El alivio al dejar por fin escapar aquellas palabras, que como ratas de alcantarilla habían ensombrecido sus cándidos pensamientos, se reflejó inmediatamente en su angelical rostro.

     La pregunta no cogió a Gala desprevenida. La tutora así se lo había comunicado horas antes, suponía que igual que al resto. De ahí que aquella tarde hubiera decidido subir por el estrecho camino de tierra que llevaba a la cima de la montaña del Sur, a las afueras del bosque del pueblo, pasado el manso arroyo, obviando el cartel de prohibición que impedía el paso de menores de edad sin compañía adulta. Aun así, por precaución, se había descargado el pase excepcional en el hipocampo. No porque fuera necesario, atrás habían quedado los días donde las normas de convivencia se rompían una y otra vez.  Podía contar con los dedos de una mano las veces que en su localidad se había infringido la ley. Simplemente no sucedía.  

     Tienen que saber la verdad, pero quizás deberían haber esperado, son unas niñas, pensó Gala, observando a su hija, tres o cuatro años más joven que el día que ella recorrió este mismo trayecto junto a su madre.

      ̶ ¿Dónde vamos?  ̶ preguntó Estrella sin encontrar de nuevo respuesta, lanzando una piedra rojiza para segundos después comenzar a dar pequeños saltos de un lado al otro, jugando a una Rayuela de cuadrados imaginarios mientras tarareaba una de esas viejas canciones infantiles que había aprendido junto a su abuela.

Soy la reina de los mares

señoras lo van a ver

echo mi pañuelo al agua

y lo vuelvo a recoger…

     Prosiguieron el resto del camino, la madre en silencio y la hija jugando en su propio mundo que hoy empezaba a dejar atrás. Era una subida cómoda, adaptándose a la orografía. Los robles y hayas que rodeaban sus pasos fueron despareciendo, al dejar la zona más umbría, pasando a una vegetación de helechos regada por un colorido otoñal embriagador. Ya quedaba poco para llegar a la cima, donde se encontraba el antiguo mirador habilitado con una estructura de madera y un desvencijado banco desde él cuál ya nadie disfrutaba de las puestas de sol.

     Estrella, que iba varios metros en cabeza, estaba ya apoyada en la verja cuando su madre la alcanzó.

     La vista había dejado a la niña paralizada. Sus ojos apenas podían abarcar el entorno que se desplegaba abajo en la distancia. Un embalse artificial, cuyas aguas turquesas reflejaban como espejos las escarpadas paredes de las montañas que lo escondían. Todo ello, rodeado por un elevado muro de hormigón, los últimos de una especie en extinción. A un lado se alzaba un puerto de vivos colores que chocaba con la estructura flotante situada en el epicentro del pantano.  Una mole oscura de acero y cristal que, no exenta de una perturbadora belleza, transpiraba una desazón palpable en el ambiente. Custodiándolo a los lados, dos islas formadas por paneles solares que se encargaba de proporcionar la energía necesaria que, junto a unos avanzados sistemas de purificación de agua, hacían del complejo un lugar completamente autosuficiente.  En la otra punta se distinguía un edificio rectangular coronado por una chimenea descomunal que escupía un humo grisáceo que disipaba las pocas nubes que perduraban en el cielo. El eco desprendido por el olor de sus cenizas llegó hasta Gala. Cerró los ojos para ahuyentarlo.

     El flujo incesante de barcos cargados de contenedores, que iban y venían desde las tripas del edificio principal al puerto, sobrecogieron a la pequeña.  Máquinas y operarias se encargaban de trasladar la mercancía a los cientos de camiones que esperaban en fila de a uno. Una vez cargados, emprendían la marcha como hormigas por una sinuosa carretera, desapareciendo en un túnel que agujereaba la montaña más alta.

      ̶ ¿Qué es esto mamá?  ̶ preguntó con un hilo de voz delgado, lleno de temerosa emoción.

      ̶ Una granja – respondió Gala incómoda.

     Nunca le había gustado ese lugar. Los sentimientos de culpa por pecados que no sentía haber cometido le revolvían el estómago.

      – Eso, pequeña, es una granja.

       ̶ ¿Como la granja de la tía?

     La confusión de Estrella enterneció a su madre. La alzó en sus brazos besándola la frente.

      ̶ Algo así ̶ sonrió.

      ̶ Pero aquí caben muchas más vacas ̶ apostilló Estrella.

     Gala volvió a dejarla en el suelo, aspiró profundamente buscando la fuerza necesaria.

     ̶ Mi dulce princesa, es una granja, pero no precisamente de vacas ̶ se obligó a no bajar la mirada. ̶ Allí dentro, en algún lugar, es posible que se encuentre quienquiera fuera tu padre. O quizás ya no – susurró mirando de reojo la chimenea. – ̶ Un número de serie entre miles. Piezas anónimas… mejor así, así estamos bien. En fin, lo mismo da. 

     No hubo reacción alguna. Gala aún recordaba el shock inicial cuando descubrió la verdad. Sus lágrimas, breves, pero lágrimas, al fin y al cabo. Estrella permanecía impávida, sopesando la información recibida.

     ̶ ¿Y también les ordeñan? ̶ preguntó finalmente, rompiendo de un hachazo el silencio y causando en Gala un ataque de risa incontrolable.

    Al ver el ceño fruncido de Estrella paró de inmediato. Eran tan parecidas y distintas al mismo tiempo. El orgullo, eso sí, lo compartían y lo sufrían.

     ̶ Perdona ̶ se disculpó. ̶ No has dicho ninguna tontería. Tienes toda la razón. Los ordeñan ̶ afirmó peinándola con los dedos.

     Estrella asintió satisfecha. No parecía necesitar más explicaciones. Extrajo la piedra rojiza que se había guardado en el bolsillo de la chaqueta como si nada hubiera pasado.

     A final no ha sido para tanto, se dijo Gala, la bola de nieve ya no va a dejar de crecer, recogiendo preguntas por la ladera. Los niños, la compra de esperma en los supermercados, la inseminación casera… Estrella se hacía mayor.      

     ̶ Vámonos ya ̶ dijo Gala, deseando dejar el mirador atrás. ̶ Pronto va a anochecer y hoy cenamos en casa de la tía. Noche en familia. Y ya sabes qué significa eso, hamburguesas y película.

     La niña no pareció muy convencida.

      ̶ Mamá, hoy, si no te importa, prefiero pescado ̶ declaró lanzando la piedra de vuelta.

Soy la reina de los mares

señoras lo van a ver

echo mi pañuelo al agua

y lo vuelvo a recoger…

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    ¡Excelente cuento!

    1. J.DíazdeCerioJackson dice:

      Muchas gracias.

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