Mr. Gonzo: un viaje alucinógeno junto a Hunter S. Thompson

 Pocas personas más apasionantes que el “doctor” Hunter S. Thompson. Por su vida y por su obra.  Por lo bueno y por lo malo. Vivió como escribió, al límite y sin censuras. No sé si un personaje como él hubiera sido posible en estos tiempos, donde lo políticamente correcto tiende a devorar cualquier amago de salirse del camino preestablecido. Anarquista y revolucionario sin causa, se podía estar de acuerdo o no con él, pero su pluma era única. Un gigante de un periodismo en vías de extinción. O más bien muerto. Con él nació y murió el periodismo Gonzo, ese subgénero dentro del periodismo en el cual el autor se convierte en narrador omnisciente fagocitando el objeto mismo del reportaje. La objetividad, ya de por sí una quimera, es masacrada por la personalidad de Hunter hasta convertirla en un juguete roto guardado en el desván. Los reportajes se transforman en episodios autobiográficos donde la ficción esconde, como decía Faulkner, más verdad de la que podrás encontrar en cualquier otro tipo de periodismo. Revistas como Rolling Stone o Playboy no desaprovecharon la oportunidad de ejercer como plataformas de su talento, publicando algunos de los reportajes más memorables que aún hoy se pueden leer.

Inicios y desventuras.

 Hunter S. Thompson nació el 18 de julio de 1937 en Lousville, Kentucky. Desde muy joven, las que serían dos de sus grandes aficiones, entran de lleno en su vida. La literatura y el alcohol (las drogas no tardarían en asumir el liderazgo sobre sus compañeras de viaje). Ambas consumidas en grandes dosis, no harán de él un joven ejemplar. Su fuerte personalidad y capacidad de liderazgo basado en el terror que despertaba a su alrededor tuvo el final previsto, una estancia con pensión completa en la cárcel del condado. Allí, si aprendió algo, no parece que lo pusiera en práctica.  

 Como tantos otros escritores de aquella época, Hunter se alistó en el ejército. Concretamente en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. A pesar de su amor por las armas, en un futuro sería miembro de la Asociación Nacional del Rifle, brilló más por las crónicas deportivas que escribía en un pequeño diario de la Armada que por su notable puntería. Al finalizar su periplo militar, consciente de que las letras son el único combustible, ajeno a los estupefacientes, capaz de encender su singular motor, acude a la universidad de Columbia para realizar un curso de escritura creativa.

 Fue un tiempo de búsqueda de su propia voz. Para ello bebió, entro otros, de la Generación Beat, Joseph Conrad o Henry Miller. Como anécdota, cuentan que solía transcribir diferentes fragmentos de El Gran Gatsby y Adiós a las armas en su máquina de escribir (quizás ya con la mítica IBM Selectic 1, la misma que acabaría ajusticiando en su rancho de Colorado) para mimetizarse con sus autores.

 

Durante este periodo trabajó en la revista Time como copista y de periodista en el Middletown Daily Record de Nueva York. En ambos casos fue despedido por su indomable conducta.

 En 1960 decide marcharse a San Juan (Puerto Rico) tras conseguir trabajo en la revista deportiva El Sportivo. Como es de prever, esta nueva aventura laboral tampoco durará mucho. Como en la fábula del escorpión y la rana, hay cosas con las que no se puede luchar. Decide retrasar su regreso a Estados Unidos y recorre el Caribe y Sudamérica, ganándose la vida como freelance para distintos medios del continente y ejerciendo de corresponsal de la zona para el National Observer. Una vez exprimida la experiencia hasta la última gota volvió a casa.

 Bajo el clima caribeño escribió dos novelas, Prince Jellyfish y El Diario del Ron. También probó suerte enviando varios cuentos a distintas publicaciones. El Diario del Ron, un libro centrado en un periodista alcohólico, no vería la luz hasta 1998, mucho después de que Thompson ya se hubiera convertido en una figura mítica del paisaje norteamericano.

 En 1965, el editor de The Nation le ofreció a Thompson escribir un artículo sobre su experiencia con la banda los Ángeles del Infierno. Thompson había pasado un año conviviendo con ellos. No desentonó en esta banda de motoristas que sembraban el terror a su paso. Borracheras continuas, ingestión de drogas sin conciencia alguna, batallas campales o encontronazos con los radicales de Berkeley, pese a la fallida función mediadora de Allen Ginsberg, son algunos de los hilarantes momentos reflejados en las páginas que iba entregando.  La relación se dinamitó cuando empezaron a sospechar que Thompson ganaba dinero con sus textos. La banda exigió parte de las ganancias, y todo terminó con Thompson recibiendo una salvaje paliza. Un año después, Random House publicó el conjunto en un libro de tapa dura, llamada Hells Angels: la extraña y terrible saga de las bandas forajidas de motociclistas.  

Mr. Gonzo.

 Y llega 1970, un año clave es su carrera. Thompson escribe un artículo llamado El Derby de Kentucky es decadente y depravado para una minoritaria revista deportiva llamada Scanlan´s Monthly. Lo que supuestamente iba a ser una crónica de la famosa carrera de caballos, en manos de Hunter se transformó en un retrato despiadado sobre todo lo que rodeaba a la misma. Al fin y al cabo, era esto lo que le interesaba, la ebriedad y lujuria de la muchedumbre, donde se sentía como pez en al agua. Ralph Steadman, quién acabaría convirtiéndose en un colaborador habitual, le acompañó durante los días previos y posteriores al Derby con la misión de realizar los bocetos del artículo. Sus dibujos surrealistas, a tinta y lápiz, parecen extraídos de las mismísimas neuronas de Thompson, complementando y reflejando fehacientemente la locura y talento de los textos.

  El tiempo de entrega se le echó encima sin tener en sus manos una historia que tuviera sentido. Revisó el cuaderno donde había escrito, febrilmente y sin cohesión alguna, los diferentes pasajes. En un acto de desesperación, empezó a arrancar y numerar las páginas y las envió junto con los bocetos de Ralph Steadman. Su sorpresa fue mayúscula. Esperaba resignado la llamada de despido fulminante y, aunque sí hubo llamada, fue para felicitarle por su excelente trabajo.

 El artículo no tuvo excesiva repercusión, pero el insólito estilo sí captó la atención de varios colegas de profesión. Uno de ellos, Bill Cardoso, editor de The Boston Globe, quedó impresionado por esta pieza, a la que definió como puro gonzo. Que se sepa, ésta es la primera vez que el término gonzo se utilizó para describir el estilo de Hunter S.Thompson. Y ya nunca le abandonó.  Él mismo fue el primero en abrazar el adjetivo como parte intrínseca a su persona. Es más, Hunter incluso ideó un símbolo para representar el nuevo periodismo que había creado. Una enorme mano roja con dos pulgares que encerraba en su interior un trozo de peyote (una de las debilidades de Mr. Gonzo).

  Una revista musical localizada en San Francisco toma buena nota y le ofrece publicar un reportaje a su elección. Su nombre Rolling Stone.

 El primer artículo publicado fue The Battle of Aspen (Freak Power in the Rockies).Un recorrido absolutamente lisérgico donde narró su candidatura de 1970 para sheriff del condado de Pitkin (estado de Colorado), como miembro del partido Freak Power. Durante su campaña prometió, entre otras medidas, legalizar el consumo de drogas, prohibir la pesca y caza para los no residentes o cambiar el nombre de Aspen por Fat City (Ciudad Gorda). Perdió, pero, ante el estupor de muchos, por un estrechísimo margen.

 La invitación se convirtió en una relación estable y fructífera para ambos. Sus artículos serían esenciales en el crecimiento a nivel nacional de la revista más allá de la crítica y entrevistas musicales.  Le otorgaron el cargo de Director de Asuntos Nacionales, cargo que mantuvo hasta el fin de sus días.

 Dos de sus libros icónicos, Miedo y asco en las Vegas, en 1971, y Miedo y asco en la campaña presidencial de 1972 saldrían por entregas en la revista.

 Miedo y asco en las Vegas es, sin lugar a duda, su obra más conocida. La película bajo el mismo nombre que dirigió Terry Gilliam en 1998 la catapultó a fenómeno de culto. Protagonizada por quien se convertiría en su gran amigo, Johnny Deep, es un filme amado y odiado a partes iguales. En mí no humilde opinión, es una adaptación extraordinaria. Johnny Depp nos regala una interpretación donde, como si de una vaina de La Invasión de los ultracuerpos se tratara, se transforma en el espejo que reflecta el alma de Hunter S. Thompson. En 2011, cuando se llevó al cine Los Diarios del Ron, repetiría en el papel protagonista.

 El origen de esta obra maestra nace a partir de un encargo de Sports Illustrated para realizar un reportaje sobre un campeonato de motocross.  Coincidiendo con esta petición, el trabajo se le acumula al ser requerido por Rolling Stone para cubrir una convención policial sobre narcóticos en Las Vegas. Con una maleta cargada de drogas como único equipaje y la compañía de su abogado Oscar Zerta Acosta o, como Hunter le bautizó en su novela, Dr. Gonzo.

 Con esta combinación el coctel resultante fue un totum revolutum donde los dos personajes parten hacia Las Vegas bajo los efectos de “nefandas sustancias químicas”. Mezcla de ficción y realidad, Thompson, a través de las alucinaciones del periodista deportivo Raoul Duke (su alter ego) y el Dr. Gonzo, desmonta sin piedad el mito del Sueño Americano.  Un viaje donde descendieron a los sótanos del infierno y regresaron para contarlo.

 En Miedo y asco en la campaña presidencial de 1972 Hunter narra y analiza la campaña presidencial de ese año, en la que su odiado Richard Nixon fue reelegido Presidente de Estados Unidos.  Crónicas donde no dejó títere con cabeza e impregnadas por sus continuas reyertas con los asesores de Nixon, fuerzas del orden, funcionarios o, básicamente, cualquier ser humano que se cruzara por su camino. Curiosamente los textos arrojan más luz sobre el candidato republicano y las interioridades de una campaña que cualquiera de los numerosos artículos tradicionales que se redactaron en los demás medios de comunicación.

 En 1979, bajo el nombre de Gonzo Papers, Vol. 1: The Great Shark Hunt: Strange Tales from a Strange Time (La Gran Caza del Tiburón), se recopila una antología de sus mejores textos que van desde 1956 a finales de 1970. Éste sería el primero de cuatro volúmenes. Un excelente punto de partida para adentrarse en el mundo de este inclasificable individuo.

El mito supera al personaje.

 Decía Norman Mailer que nunca había conocido a nadie con la capacidad de autodestrucción de Hunter S. Thompson y, al mismo tiempo, aptitud de supervivencia.  Estas palabras se ven refrendadas al comprobar la rutina diaria de Mr. Gonzo, descrita en la biografía Hunter, de E. Jean Carroll.

03:00 p.m. Se despierta.

03:05 p.m. Chivas con los periódicos de la mañana y Dunhills (marca de cigarrillos).

03:45 p.m. Cocaína.

03:50 p.m. Otro vaso de Chivas y Dunhill.

04:05 p.m. Primera taza de café y Dunhill.

04:15 p.m. Cocaína.

04:16 p.m. Jugo de naranja y Dunhill.

04:30 p.m. Cocaína

04:54 p.m. Cocaína.

05:05 p.m. Cocaína.

05:11 p.m. Café y Dunhills.

05:30 p.m. Más hielo con Chivas.

05:45 p.m. Cocaína.

06:00 p.m. Tirado al césped para tomar el ocaso del día.

07:05 p.m. Woody Creek Tavern para el almuerzo, Heineken, dos margaritas, ensalada de col, un taco, una doble orden de aros de cebolla fritos, pastel de zanahoria, helado, una fritura de frijol, Dunhills, otra Heineken, cocaína y de vuelta a casa, un cono de nieve (un vaso de hielo triturado en donde sirvió tres o cuatro vasitos de Chivas).

09:00 p.m. Comienza a inhalar cocaína en serio.

10:00 p.m. Gotas de ácido.

11:00 p.m. Chartreuse, cocaína y hierba.

11:30 p.m. Cocaína.

12:00 p.m. Está listo para escribir.

12:05 a 6:00 a.m. Charteuse, cocaína, hierba, Chivas, café, Heineken, cigarrillos de clavo, vino, Dunhills, jugo de naranja, ginebra, películas pornográficas.

6:00 a.m. La bañera-champaña, baño caliente y fetuccini Alfredo.

8:00 a.m. Halcion (medicamento hipnótico que favorece el sueño).

08:20 a.m. Dormir de nuevo

Nota: Realizado por profesionales certificados en descensos al infierno. No lo intenten en casa.

 La sombra alargada de Mr. Gonzo devoró a Hunter S. Thompson a un ritmo desenfrenado. Los tiempos habían cambiado y tras la década de los 80 se convirtió en un solitario reflejo de lo que fue.  

 A las 05:42 p.m. de un 20 de febrero de 2005, en su rancho de Colorado, cogió una pistola y se disparó en la cabeza. Tenía 67 años.                     

Esta fue su nota de despedida:

“La temporada de fútbol (americano) se ha acabado”

Estimados:

Creo que estoy hablando claro. Esto no es un paso atrás ni pisar mi otro pie. No, esto se trata de más. Muchos pensaran que soy un maniático drogadicto o un maldito copión al cual se le terminaron ya los minutos de fama. No, no es así. ¿Para qué servir a esta bella comunidad de inescrupulosos que no tienen nada mejor en sus vidas que fijarse en ésta? Yo ya cumplí mi parte. Viví en los peores hoyos de la deformación humana durante algunos años. Cometí algunos errores (más de alguno los llamará crímenes), que fueron parte importante de mis llagas que aún no cicatrizaron. La verdad es que no me pueden pedir más. Quiero descansar. Quiero que el humo de mi cigarro deje de molestarme en los ojos para no encenderlo más. Quiero pensar que todo esto de alguna manera valió la pena. No es por nada, pero mi vida es una puta mierda. Así de simple. En el submundo de mis amigas drogas fui un ganador. El de los muertos vivos realmente no lo entiendo. No entiendo la forma de cómo se hacen las cosas que para bien o para mal, siempre te terminan jodiendo. Yo tomé el camino difícil. Ese en el cual las reglas no importan porque realmente no existen. ¿Qué pueden esperar de mí? Casi la mitad de mi vida la pasé tras las rejas, vi cómo mis colegas vendían sus culos por un par de dólares, cómo los cuerpos mutilados rodeaban las calles de Camboya y las mujeres se tiraban encima por un par de monedas. Eso es lo que vi y escribí. Lo único que pude retratar de esa realidad con la sangre de mis venas, con las pocas neuronas que no tenía atrofiadas para ver si alguien reaccionaba. Pero fallé. No aguanto más. No quiero que me recuerden como un maldito copión de Hemingway por volarme los sesos o me comparen con el beodo de Bukowsky. No, yo soy Mr. Gonzo. Lo siento, los tengo que dejar. No les pido que me recuerden. Pero alguna vez enciendan un cigarrillo por mí y piensen cómo lo hice yo. Sin mirar atrás…

Tengo que descansar…

Respirar profundo…

Cerrar los ojos…

  Para su funeral, Johnny Depp le proporcionó una despedida grandiosa. Cumpliendo el deseo de su amigo y mentor, utilizaron un cañón para lanzar las cenizas al cielo mientras los fuegos artificiales iluminaban sus queridos bosques de Colorado.  Todo acompañado por las canciones Mr. Tambourine Man de Bob Dylan y Spirit in the Sky de Norman Greenbaum.

 Descanse en paz, Mr. Gonzo, y deje tranquilos a los muertos que le rodean. Por supuesto, no nos escuchará.

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