The Leftovers, HBO

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Mi Capilla Sixtina (Ascensión and Departure)

“Frankly, my dear, I don´t give a damn” (Lo que el Viento se Llevó)

The Leftlovers-Spotify Playlist

Las listas, ya sean acerca de las cosas que deseamos hacer antes de morir, de la compra o sobre cualquier cosa imaginable, nos acompañan desde la escritura misma. En ocasiones son salvavidas contra el olvido. Otras veces un reflejo de nuestra vanidad. Ya sean los amantes con los que soñaba Marilyn Monroe llevarse a la cama, el Canon Occidental del petulante Harold Bloom, o la lista de canciones que grabábamos en un casete para encandilar a la compañera de clase sentada a nuestra derecha.

Los hombres más guapos, los mejores vestidos, las mujeres más poderosas, el perro más feo del mundo o el mejor sacapuntas según la OCU, todo vale en este universo hambriento de consumo.

Y si el tema es inabarcable el formato es infinito. Por año, década o siglo. Divididas en estilos, tamaños, colores o formas. El número a gusto del creador o creadores. Están los que sólo reparten podio, otros añaden los puestos de honor y los que abren el abanico añadiendo a casi todo el pelotón que cruza la meta del Tour de sus exigencias.

En las artes crecen como enredaderas infinitas que, si antaño cubrían revistas y libros, ahora campan imparables en internet.

Si la televisión es o no el décimo arte es una discusión no resuelta, pero no tengo dudas que las series de ficción sí lo son, descendientes directos de las 9 musas. Y, como no podía ser menos, abono perfecto para esta especie lejos de la extinción.

Los pesos pesados de esta categoría son los que acaparan los puestos más altos en la mayoría de los rankings publicados por críticos especializados y, en menor medida, el común de los avatares. Los Soprano, The Wire, Breaking Bad, A dos metros Bajo Tierra, Mash, Twin Peaks, Seinfield, Mad Men o Canción Triste de Hill Street son sólo un pequeño ejemplo (ya habéis hecho un repaso mental de las series que os faltan y protestado por la falta de diversidad geográfica. Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir).

Si, rememorando la infancia y aquellas preguntas que nos obligábamos a responder a vida o muerte, me exigieran nombrar una sola a punta de pistola, es probable que el 90% de las ocasiones diera la misma respuesta.

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“Sooner or later we all lose our loved ones. We all have to suffer, every last one of us.”

“I’m gonna make him an offer he can’t refuse” (El Padrino)

Mi acercamiento a esta serie, hoy considerada de culto (término que me produce malestar de estómago) vino a raíz de conocer el nombre de uno de los dos creadores, Damon Lindelof, reconocido mundialmente por ser uno de los artífices principales de la serie Perdidos. Si esta serie supuso un antes y después de cómo consumimos la ficción televisiva (con sus aciertos y defectos) era, en gran parte, por la mente de este joven pelón nacido en 1973 en una municipio de New Jersey (no necesito más para concederle mis respetos, Lost es simplemente un añadido). Este fan de Watchmen, Twin Peaks y Stephen King descubrió, a raíz de una reseña favorable del escritor de Maine, el que sería su siguiente proyecto para televisión.

El libro en cuestión se llamaba The Leftovers (publicado en España por la editorial Hidra como Ascensión), y el escritor, Tom Perrotta. El autor de Election o Juegos Secretos (dos novelas que no he leído pero sí visto las dos estupendas adaptaciones que se realizaron para el cine – como en tantos trabajos literarios de mis años de poco estudio utilizando kits de evaluación defectuosos para llegar a conclusiones dudosas) reunía en esta historia todos los elementos que a Lindelof le hacía ajustarse las gafas de pasta y rascarse la nariz.

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Los derechos habían sido adquiridos por HBO el año de su publicación, 2011, pero el rechazo de Tom Perrota a ser el showrunner (asumir la doble función de productor ejecutivo y guionista) hizo que se quedara en los estantes donde miles de maravillosas historias cogen polvo, cayendo, la mayoría, en el olvido. Cuando Damion mostró su interés, la plataforma estadounidense paró motores. La oportunidad de fichar a uno de los nuevos rey midas de la industria no se le podía escapar. Más aún cuando el autor también mostró su entusiasmo ante la idea de colaborar con Lindelof. Una vez dada la luz verde, ambos iniciaron el proceso de adaptación de la novela, la primera temporada, desarrollándola mucho más allá en las dos siguientes.

En esta serie observamos una vuelta de tuerca en las obsesiones que ambos habían reflejado en sus trabajos anteriores. La construcción de mapas vitales repletos de caminos contradictorios y sin una salida clara, donde las respuestas, ante las preguntas existencialistas de los personajes, ejercen de guías fantasmas hacia los acantilados más oscuros de cada uno. Todo ello, en un escenario post-apocalíptico.

En este punto, antes de proseguir, debo tomar una decisión (mientras escribo estas líneas aún no sé qué hacer).

Hay dos caminos distintos, que no llevan a un mismo lugar, para afrontar una crítica sobre una obra, indistintamente de su naturaleza. Si la intención es profundizar sobre ella con el fin de desentrañar el máximo de lo que uno cree que el autor nos quiere contar es imprescindible revelar que, por ejemplo, la muerte de Tyler Durden es la representación física de la batalla mental que libra Jack en El Club de La Lucha o como, en Expiación, Briony les dice a los espectadores que, en realidad, Robbie murió de una terrible infección por una herida de guerra antes de llegar a casa con Cecilia y Cecilia murió cuando una bomba cayó sobre el refugio subterráneo donde estaba. Vamos, lo que venimos a llamar spoilers. En mi caso (ya me he decidido) voy a optar por evitarlos, ya que no pretendo realizar un trabajo arqueológico de la serie (mucho esfuerzo y, para ser honesto conmigo mismo, la obligación moral de volver a ver la serie para recordar mil y un detalles que yacen en los sedimentos de mi corteza cerebral) sino abrir un resquicio a cualquier posible espectador que sienta la curiosidad por descubrirla. En esta historia, donde todas sus paredes están pintadas con jeroglíficos, no seré Jean-François Champollion sino el niño que, hace más de cuarenta años, contemplaba los cuadros de la Fundación Joan Miró y regresaba a casa henchido por emociones que aún perduran sin saber muy bien porqué. Emoción es la droga que busco con mayor ahínco y, con The Leftovers, estuve cerca de la sobredosis.

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“Open the pod bay, Hal” (2001: Una Odisea del Espacio)

Igual que Ascensión, la acción de The Leftovers comienza tres años después de la misteriosa desaparición simultánea de 140 millones de personas a lo largo de todo el planeta. El desvanecimiento absoluto del 2% de la población humana de la Tierra sin dejar rastro un 14 de octubre del 2011.

Una premisa así no puede más que ejercer de embudo. Todo lo que suceda dentro acabará irremediablemente saliendo por un pequeño agujero donde el sentimiento de pérdida impregna casi todo lo que desciende por él. Cómo afrontar la pérdida de un padre, hijo, pareja o amigo es sólo mesurable para los que la sufren. Una vez alguien cercano me dijo que te conducen a un abismo emocional donde caes sin paracaídas. Indistintamente del motivo, el abismo espera a todos sin pedir documentación. Algunos caen más profundo, siempre por sus propias razones y circunstancias. Otros se estrellan en el frío suelo que espera al final. Nada importa, una vez dentro no hay palabras mágicas que te ayuden a salir. Permaneces dentro hasta que estés listo para escalar y volver respirar al aire fresco del futuro. Sé que esta serie ha ayudado a muchos durante su escalada. Pero, por supuesto, los aspectos terapéuticos de la misma no son la razón de su importancia. Su escritura, dirección, actuación, montaje, fotografía y música sí lo son.

Pero dejar atrás su generosidad sería un delito y menos en estos tiempos.

La primera temporada transcurre en la localidad ficticia de Mapleton, Nueva York, donde vive la familia Garvey. Lo lógico sería que representara a una de las tantas familias afectadas directamente por el suceso, pero no es así. Ahora bien, las repercusiones colaterales son demoledoras. Cada uno de los miembros se ve avocado a su propia búsqueda de un proyecto vital, eligiendo caminos totalmente opuestos, ni mejores ni peores, los que en ese momento les muestran un atisbo de luz al final del trayecto. El padre, el jefe de policía Kevin, uno de los personajes principales y el que nos enseñará a lo largo de 24 años lo que ni el mismo es capaz de comprender, luchar, al principio, por mantener a flote la nueva normalidad instaurada, para finalmente, buscar algo tan complejo como la supervivencia física e intelectual a través de algo tan grande y complejo como el amor en mayúsculas. Los acontecimientos que le rodean y los demonios interiores no son compañeros de fiar. Tanto su esposa como su hijastro han abandonado el hogar y su hija, que permanece a su lado, se ha convertido en una adolescente desafiante y en continua combustión. A lo largo de la historia estos tres personajes serán absorbidos por tantos otros, adquiriendo finalmente un conjunto coral que pocas veces se ha visto en televisión. Si hay otro personaje, aparte de Kevin, con un peso mayor que el resto, ese es el de Nora Durst, una mujer y madre que perdió a su marido, hijo e hija en la Ascensión. Su historia y evolución será el ancla al que nos agarraremos los más escépticos, dejando las cuestiones de fe, igual de válidas aunque no compartidas, para otros sujetos que pueblan este universo perteneciente al realismo mágico del siglo XI. Como por ejemplo su hermano Matt, reverendo en busca de pecadores y atormentado por lo que él considera un agravio: Que Dios no le llevara consigo aquel 14 de octubre. Y así, tirando del hilo, podríamos crear una maraña donde se cubren todos los espectros de nuestra sociedad. Con sus virtudes y sus miserias.

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Ante un evento de esta magnitud, a parte de las reacciones individuales, claro motor de la serie, no se puede dejar de lado el efecto a nivel social. La religión, en todas sus creencias, se ve sacudida y noqueada en un asalto instantáneo, del cual difícilmente te levantas igual. Surgen sectas como hematomas y gurús dispuestos a aprovechar el estado de vulnerabilidad de la población. La política, en su afán por ser Excel de la sociedad civil, crea instituciones con el fin de verificar la desaparición de personas consiguiendo, únicamente, ahondar aún más en el dolor de los afectados. La ciencia, al igual que su rival, sigue buscando respuestas desde la lona encharcada por la sangre de los cortes propinados en su magullado rostro. Con este panorama cualquier persona en su sano juicio tiene la peor mano de cartas con la que apostar. Nora lo sabe y otros lo intuyen. Algunos prefieren hacer trampas.

A lo largo de las tres temporadas, donde el escenario cambia en cada una de ellas, Jarden (Texas) en la segunda y Australia en los diez capítulos finales, iremos acompañando a estas almas perdidas donde, a diferencia de Perdidos, hallaremos más respuestas de las que inicialmente podríamos esperar. Y se irá construyendo una de las historias de amor más intensas y verdaderas filmadas para la pantalla, ya sea cuadrada, rectangular u ovalada. Lindelof, ante la pregunta ¿de qué va? siempre contestó: Es una historia de amor.

El último episodio, pocos en la historia con la calidad y emoción de “El Libro de Nora”, nos permite elegir si las respuestas dadas son ciertas o falsas. Y, escojas una u otra, lo mismo da, The Leftovers al final nunca trató sobre encontrar respuestas sino por obligarnos a buscar las preguntas incómodas que nos callamos a nosotros mismos. Lindelof y Perrota no toman posición. Y si la toman no la imponen. Se la quedan para ellos. La sensación cuando corren los créditos finales es de orfandad, al igual que aquel fatídico 14 de octubre del 2011, algo ha desaparecido de nuestras vidas. Al menos, nosotros, tenemos el mando para regresar cuando queramos.

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“Round up the usual suspects” (Casablanca)

Una ola a Ellen Lewis y al resto de directores de casting por ensamblar semejante elenco para dar vida a los personajes que habitan este misterioso ecosistema. Sin recurrir a grandes nombres, lograron para cada papel la persona perfecta. No hay ni un solo momento donde no veas, escuches o sientas verdad. Un festín digno del tristemente desaparecido James Lipton.

Como es imposible hablar de todos, me gustaría centrarme en unos pocos y dedicarles al menos unas palabras de agradecimiento:

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Carrie Coon como Nora Durst. Uno de los descubrimientos personales y, en mi humilde opinión, la mejor interpretación que estos ojos cansados hayan visto en la caja que, hace ya muchos años, dejó atrás el adjetivo despectivo que siempre la acompañaba. Esta actriz, a la que el reconocimiento y fama le han llegado en su madurez, logra metamorfosear lo complicado en lo simple y lo insustancial en trascendental. El dolor y la esperanza tienen por siempre, en mi memoria, el rostro de esta actriz nacida en 1981.

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Justin Theroux como Kevin Garvey Jr. Tras su paso por la genial película de David Lynch Mulholland Drive, reconozco que le había perdido la pista profesional. No así la sentimental, ya que los tabloides le fotografiaron en mil y una ocasiones debido a su matrimonio con Rachel, perdón, Jeniffer Aniston. El propio actor definió el viaje de su alter ego como una “lavadora en ciclo de centrifugado que comienza a desequilibrarse”. Pues menuda lavadora, así no las encuentras en las tiendas de electrodomésticos. En cámara, su presencia masculina vulnerable es arrolladora. Muchos hombres no tienen el carisma y la fuerza naturales, o más a menudo, para ser honestos, si tienen el carisma no pueden acceder al nivel de vulnerabilidad que Justin Theroux despliega en cada secuencia. Desde un aspecto visual, su innegable atractivo y envidiable six-pack, son un continuo regocijo para el público tanto femenino como masculino.

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Christopher Eccleston como Matt Jamison, hermano de Nora. Actor británico con una carrera muy consolidada. En 1994, al salir del cine tras ver Shallow Grave (Tumba Abierta), la ópera prima de Danny Boyle, hubiera apostado la calderilla que resistía en mis bolsillos que, de los tres actores principales, él ascendería los peldaños donde residen los focos. Un tal Ewan McGregor me quitó la razón. Muestra fehaciente de que mi criterio y conclusiones son como el papel albal. Aún así, tanto en The Leftovers como en sus innumerables trabajos en cine, teatro y televisión (fue el Doctor Who, palabras mayores para el pueblo británico), son una prueba de su talento y presencia.

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Margaret Qualley como Jill Garvey. Digna heredera del talento y belleza de su madre. La hija de Andie Mcdowell, a la que recientemente hemos visto haciendo autostop camino al rancho de la familia Manson en la nueva película de Tarantino, se doctoró cum laude con la creación de la joven nihilista y su capacidad por mostrar las diferentes capas y evolución del personaje. Ojito al espléndido anuncio dirigido por Spike Jonze donde demostró sus dotes de bailarina. Sé que no viene a cuento pero no me puedo resistir.

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Ann Dowd como Patti Levin. La líder de la secta local “Remanente Culpable”. El blanco, la nicotina y el presunto silencio se pliegan a sus pies. Transmitir sin hablas no es problema para esta mujer cuya expresividad es casi sobrenatural. Como la misma actriz mencionó en una entrevista, “dejar los sentimientos vivir en lo más profundo, asumirlos, y confiar en su presencia”. Hizo bien en confiar. Monumento a la belleza caótica, al terror sin columnas donde aferrarse.

Scott Glenn, Amy Brenneman, Liv Tyler y Regina King son clara evidencia de que no hay en esta serie nadie por encima o debajo del resto. Sus interpretaciones, al igual que las de tantos otros que me dejo en el disco duro, son odas a su profesión. Como ejemplo, decir que Regina King sería después la protagonista absoluta de la siguiente serie de Damon Lindelof, Watchmen (obra excepcional que no desmerece en absoluto a su progenitor –el comic, no la película-).

Gracias a todos.

“You know how to whistle, don’t you, Steve? You just put your lips together and blow” (Tener y no tener)

No se puede hablar de The Leftovers sin mencionar la brutal banda sonora que empapa las secuencias enriqueciendo y dotándolas de una profundidad tal que se convierte en un personaje más. Es la mano que abre y cierra y vuelve a abrir la puerta al revoltijo de sensaciones que se pierden en nuestras cabezas. Nos guía a lugares que no estaban previstos en la hoja de ruta inicial. Una vez dentro ya no tienes fuerzas ni ganas de bajarte a sabiendas de que el viaje no saldrá gratis. Aún hoy, al rememorar el eco del sonido de las teclas del piano de Max Richter al son de Departure, mi cuerpo sufre un pequeño temblor.

Precisamente este compositor alemán es el responsable de las melodías originales (o alteraciones de temas propios anteriores) que fluyen por las venas de la serie. Un tipo que ha creado un álbum basándose en los textos Haruki Murakami ya merece mi atención, pero urgando en su biografía descubres que fue elegido Compositor Europeo en el año 2008 o que fue el responsable de On the Nature of Daylight, la composición que Dennis Villeneuve eligió como tema principal para La llegada (razón ésta por la que la Academia decidió retirar la nominación al Oscar al compositor Johann Johannsson al considerar que el material original quedaba diluido por este corte ya existente, el cual había sido el motivo principal para su reconocimiento). El día que me muera, si no suena Leonard, que suene… no, mejor que suene Leonard.

Pero la música se quedaría coja si no fuera por la brillante selección musical hecha por la DJ Liza Richardson (a estas alturas ya deberíais haber probado la playlist de Spotify dejada al inicio del artículo). Alrededor de 300 canciones que completan el mundo sonoro hasta darle su forma infinita. La más destacada y utilizada es Let The Mistery Be de Iris Dement, qué en contraposición a la oscuridad de la serie, es una canción alegre y desenfadada, pero su letra es perfecta: Todo el mundo se preocupa sobre a dónde va a ir / Cuando todo se haya terminado / Pero nadie lo sabe a ciencia cierta/ Todo es lo mismo para mí / Creo que simplemente dejaré que sea un misterio.

Recomiendo escuchar sus programas en la KCVR (Santa Mónica, California).

“We think too much and feel too little” (El Gran Dictador)

Y quién mejor que los propios responsables para invitaros a entrar.

ATX Festival Panel: “The Leftovers: A Conversation” (2015)

“Never say goodbye because goodbye means going away and going away means forgetting” (Peter Pan)

Si hay que decir que Mimi Leder es la mejor directora de ficción en televisión pues se dice. Y, según palabras de Damon Lindelof, la persona que les rescató de las tinieblas y encumbró a The Leftovers.

Amén.

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