“Más allá del cristal, la ciudad invernal
cruje como un viejo puente de madera.
Un gran viento sopla debajo de todos nosotros.
Cuanto más grande la ventana, más tiembla.”
Ted Kooser
¿Poesía o pintura? Leo Esta combustión inalienable, el último poemario de Marc J. Mellado (Barcelona, 1990) y pienso que si Marc (voy a obviar los formalismos, a Marc sólo puedo llamarlo por su nombre de pila) no fuese poeta sería pintor. Porque su poesía es un dibujo, es la captura minuciosa de un instante, es el sentir de lo concreto, es el tiempo detenido en unos versos.
El verano de Marc (el poemario se divide en los tres meses estivales) se parece al verano de Eduard Hopper (“el verano / es aún un lugar vacío / y opaco que ansía un nuevo / aviso de luz”). Es un verano sosegado, tenue, a veces nostálgico (”la cuestión es marcar aquello que ya no vuelve”), y que ensaya hábitos nuevos en una apuesta madura por la aceptación vital (¿existencial?):
“despierto ante una antigua tentativa de insomnio,
he entendido la magnitud de la desobediencia
con que me impulso al vacío: la mirada encuentra
y anticipa el final y las manos corren a apresar
lo que se escapa”
El hoy desde el que Marc escribe es el del goce por los pequeños placeres (“me compensan las satisfacciones / terrenales y asequibles: acabar el día /con el humor suficiente para charlar un rato, / fumar hasta que la neblina sedante del comedor / nos obligue a abrir de nuevo las ventanas”), el de quien ha conseguido educar su mirada para convertir los desafíos diminutos del día a día en cierta placidez interior (“callar, al fin / y al cabo, para ganarse el delicado / trofeo de sentirse vivo”). Esa voluntad por resituar emociones y situaciones, ese esfuerzo por cambiar (quizás) un cierto automatismo por un nuevo apre(h)endizaje (sic) no se esconde, más bien al contrario: se visibiliza (“no tengo necesidad de tantos ojos”).
La hopperiana soledad es también la soledad del poeta que escribe, la soledad palpitante ante un verso, ante la concreción de una palabra, ante la elección del momento que merece ser poema (“el sol / dora mi brazo izquierdo / como si estuviese en el epicentro / de un infierno dócil, añorado / quizás”). Y ahí, en su mesa de trabajo, en su tabla gramatical de herramientas, (me) resuenan las poéticas de Ron Padgett y Ted Kooser, y casi puedo ver la casa de Marc como un taller poético con el mismo lema en la puerta que en la casa del de Iowa: Poetry Made and Repaired.
Marc muestra, tan sincero como impúdico, sus icebergs completos (“dejé atrás una piscina llena de sangre” / “tengo la boca llena de saltamontes”), las dudas y los miedos, la asunción irremediable de una realidad emocional no siempre amable (“el conformismo / es ya esa gota repetitiva cayendo / sobre las paredes de mi conciencia”) pero menos costosa que la lucha por la lucha, que la rebeldía cuando esta va camino de la inmolación existencial (“mi castigo es llegar, tenerlo / claro desde el inicio, aceptar / el compromiso de la certidumbre”). La combustión del título revela heridas y cenizas, grietas, huecos, surcos de piel y memoria, y aunque en algunos versos asoma el nihilismo (“los mejores / momentos nacen cuando / se está a punto de tocar / la nada”), el temblor vital se impone:
“me sirvo ginebra
y un poco de hielo.
qué bien,
pienso:
sigue siendo aún
tan pronto para todo”
El tiempo, nuestro tiempo, es tiempo de vida y tiempo de muerte. Tiempo bifaz que lanzándose al aire cae por una cara u otra (“dedicarlo todo a algo / que va a acabar quemándose / tan pronto”) y tiempo de recuerdo sereno (“la cuestión es marcar aquello que ya no vuelve”). Morir en la vida no es morir en el recuerdo y la celebración de la vida desde la memoria consciente puede concretarse en una metafórica vela de cumpleaños en una botella de bitter kas una noche de junio al año.
Marc enfrenta la rapidez al silencio, y opta por este como antídoto a la prisa contemporánea. La búsqueda de espacios (espacios en lugar, espacios en tiempo, espacios sin colisión) para el reposo vital (“callar, al fin / y al cabo, para ganarse el delicado / trofeo de sentirse vivo”) tiende hilos con la poética del cansancio de la filósofa Remedios Zafra:
“qué inmenso y qué pequeño el día
cuando el sueño no aprieta y el móvil
está en silencio y como locos ponemos
el reloj a andar, sumergidos en el denso
caudal de nuestras largas nimiedades”
Poemario de aceptación serena de la madurez, de admisión del error como prueba del camino transitado, de bondad sin autocomplacencia, de melancolías moderadas (“mientras, la noche también / está surgiendo y, con ella, una antigua / nostalgia aún sin nombre”) y de infiernos rechazados. Poética de lo cotidiano, a veces de lo doméstico, autorreferencial o referencial en lo inmediatamente cercano, con versos-pincelada para escenas que dibujan un retablo estival. Este verano inalienable de Marc puede compartirse como la combustión epidérmica de una generación que apuesta, todavía, por un futuro esperanzador:
“me sirvo ginebra
y un poco de hielo.
qué bien,
pienso:
sigue siendo aún
tan pronto para todo”

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