Vivir en fuga. El cine de Agnieszka Smoczynsk

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¿Por qué alguien deja de ser quién es? ¿Es la amnesia un castigo o puede ser una oportunidad? ¿Salir de uno mismo es una huida voluntaria o la consecuencia de una escapada provocada? Estas son algunas de las preguntas que Agnieszka Smoczynska plantea en su película Fuga (presentada en la Semana Internacional de la Crítica en Cannes en el año 2018 y ganadora del Méliès d’Argent en el Festival de Sitges del mismo año).

Alicja, interpretada por una impresionante y (para mí) desconocida Gabriela Muskała “aparece” caminando por el túnel en la Estación Ferroviaria Central de Varsovia. Camina con dificultad, bamboleándose, desnortada pero alzada sobre sus stilettos, sucia de tierra, rubia de bote y vestida “a lo burgués”. Una vez alcanzado el andén, acentuando su mirada ausente, se baja las bragas y orina ante los pasajeros que aguardan el tren. Hola, ¿Mowgli? Desubicada, con aires salvajes, con un comportamiento casi animal. Así se nos presenta Alicja, una mujer salida de la nada, salida de un túnel (¿el túnel inverso a la entrada a la muerte?), salida del pasado, salida de lo desconocido.

Dos años después (pelo corto, ni rastro de mechas, agresividad creciente), el psiquiatra del hospital que la trata, y que le ha diagnosticado fuga disociativa, le propone participar en un programa de televisión de desaparecidos al estilo de Quién sabe donde (sí, en Polonia también). Ella, sin ganas, acepta. Y al presentarse en pantalla: claro, la sorpresa (o no). Su padre llama, la reclama, es “devuelta” a su hogar familiar y de ahí a su matrimonio con un perfectamente inexpresivo e inquietante Krzysztof (Łukasz Simlat) y su hijo de cinco años.

Introducción explicada.

A partir de aquí el nudo se tuerce y retuerce y Fuga deviene una película de marcado suspense atmosférico, a ratos casi de terror-fantástica, que acentúa el drama familiar de extrañezas (si es que tal género existe).

Alicja es en realidad Kinga, una mujer en crisis no sólo por su amnesia sino también por su incapacidad para comprender su pasado. Mira a su alrededor, a su familia, y en un entorno aparentemente “cordial” la incomodidad es manifiesta. La incomodidad no sólo de ella, la incomodidad también de los demás. ¿Qué pasó antes de la desaparición de Kinga-Alicja? Los tintes de violencia contenida de su marido pueden hacernos pensar en una huida voluntaria. ¿Ella huyó de su marido? El ambiente opresivo y ¿de cierta impostura? con el resto de su familia señala en la misma dirección. ¿Ella huyó de sus padres? Los momentos “Kevin” (Tenemos que hablar de Kevin, Lynne Ramsay, 2011) de su hijo Daniel (Iwo Rajski) también sostienen esta hipótesis. ¿Ella huyó de su hijo? ¿Ella huyó de la infelicidad? ¿Ella huyó? ¿O a ella “la huyeron”? Sabemos que su marido no la buscó y la respuesta del padre al programa de televisión la intuimos como un arrebato incómodo para todos. Un arrebato plegado ahora a la fuerza del momento para Kinga-Alicja: ¿debe reconstruir los vínculos que no recuerda tener? ¿y si esos vínculos ya hubiesen estado rotos antes de desaparecer? El desconocimiento de su pasado es uno de los elementos en que se apuntala la empatía del espectador: ella no recuerda, nosotros no sabemos.

La dualidad de Kinga-Alicja, sus automatismos (firma con sus iniciales, no duda al poner el pin de su tarjeta de crédito), sus recuerdos oníricos (la tierra, un ¿túnel? en el que cae), la sinrazón errática, los vínculos que confrontan intuición y razón, la (des)memoria doliente, la enfrentan a una disyuntiva tácitamente esbozada: tal vez lo importante ya no es quien fue sino quien quiere ser a partir de ahora. ¿Cuántas veces hemos soñado con la oportunidad de volver a empezar sin pasado? ¿Es Fuga el retrato de la segunda oportunidad para los inadaptados valientes? Si de la antigua Kinga sabemos que cumplía a la perfección los roles que la buena sociedad aplaude (buena hija, buena esposa, buena madre, buena y feliz maestra de escuela: un combo infalible) la nueva Alicja es una mujer fuerte, casi salvaje, desenfrenada, desafiante, independiente, inflexible, que no sonríe y que parece plantearse si realmente es obligatorio amar a su esposo e hijo desconocidos sólo porque en un momento de su pasado los ¿amó? El mandamiento sacramental en su regreso a la familia (recordemos el marcado catolicismo de la sociedad polaca) parece imposibilitar el cuestionamiento tanto del matrimonio como de la sacrosanta maternidad (sin duda un reflejo del conflicto actual con los roles sociales tradicionales de género). ¿Qué hay de regalo y qué hay de castigo en la reinserción familiar de Kinga-Alicja?

El abanico de preguntas, respuestas y posibilidades se abre infinitamente a medida que avanza el metraje y todas las opciones son plausibles. Smoczynska se vale de varias capas de cripticismo y este es, desde mi punto de vista, el mayor mérito de la película. No sabemos qué pasa exactamente, por momentos incluso parece que la amnesia de Kinga-Alicja no sea tal y sea sólo un recurso para sobrevivir en/a su entorno y desde la que saltar, de nuevo, a otro lugar. La belleza existencialista de Fuga estalla en escenas de “hogar cotidiano”, desnudez (literal y metafórica), sexo desinhibido y baile. Y es que es de obligada mención aparte la escena del baile: un baile onírico, lento, extravagante, bañado en tonos azules, que recuerda (en la sensación de dejarse ir por fin) a los bailes de Agathe Rousselle y Vincent Lindon en Titane (Julia Ducournau, 2021) (sí, puro anacronismo lo mío, lo sé).

Tintes literarios también en Fuga: El coronel Chabert (Honoré de Balzac, 1832), Wakefield (Nathaniel Hawthorne, 1837) y La mujer de Martin Guerre (Janet Lewis, 1941), todas ellas fábulas sobre la ausencia, sobre la perturbación que desencadena el regreso, sobre el redescubrimiento de la identidad vacía(da) a partir del trauma (interno y “ambiental”) como elemento catalizador.

Película de preguntas, no sólo en la trama sino en los distintos lugares a los que nos lleva mientras la vemos. ¿Es la memoria uno de los rasgos que nos define como seres humanos? ¿Está la libertad individual más allá de la (recuperación de la) memoria? ¿Qué pasa cuando (des)memoria y realidad difieren? ¿Cuál es la diferencia entre identidad y personalidad? ¿A qué/quién nos ancla el sentimiento de pertenencia? ¿Perder la memoria es alcanzar la sinrazón? ¿Podemos vernos forzados a retornar a un lugar (quizás) ya no deseado para recuperar el propio yo? ¿Es posible volver a ser quien eras cuando no te reconoces en quien fuiste?

Y lo que es más importante ¿es necesario, es imprescindible, es imperativo hacerlo?

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