Brasil 1950: los niños ya nunca más querrán ser porteros

En el imaginario popular somos muy de héroes y de villanos. Dan igual los antecedentes, nuestro recorrido, penitencias o actos anteriores o posteriores. No hay redención posible si hay un hecho que se graba en el imaginario colectivo, porque la Historia no está para esas minucias y es sorda; y ya, sin remedio, serás eso que se supone que eres por y para siempre, sin apelación posible. Los humanos somos así, sobre todo con la gente que no conocemos, que es el resto del mundo.

Brasil 1950: Doce años desde el último mundial, y una guerra mundial por medio. Las heridas no han cicatrizado. Alemania no ha sido invitada. Inglaterra va por primera vez y la derrota Estados Unidos con un gol de un delantero centro negro de origen haitiano.

Cuenta La Historia Secreta, escrito por el periodista Atilio Garrido, que Uruguay llegó a la Copa del Mundo tras un camino tortuoso y caótico. Una huelga de jugadores que había durado 235 días, siete jugadores que no aparecen el primer día de concentración… Pero también con un equipo cuya columna vertebral era el mejor quinteto ofensivo de la historia de Uruguay: La escuadrilla de la muerte de Peñarol, con el mago Schiaffino al frente (posiblemente el mejor jugador uruguayo de siempre y autor del empate en la final de un golazo por la escuadra) secundada por el gran portero Maspoli y por el defensa jefe, el Negro Obdulio Varela. Ese mismo Varela que compró la mañana de la gran final todos los ejemplares que vio del periódico O Mundo, para desparramarlos con su portada (Aquí están los campeones del mundo sobre una foto del equipo brasileño), por el suelo de los aseos del Hotel Paysandu, escribiendo con tiza en los espejos “Pisen y orinen en estos periódicos”, ordenando a sus compañeros que visitaran los lavabos y siguieran sus instrucciones. El mismo Varela que dijo a sus acongojados compañeros, cuando vieron a los 200.000 que les aguardaban, «Los de afuera son de palo». Uruguay sería a la postre el “cuco” del torneo.

Un Mundial con trece países: siete de América y seis de una devastada Europa. Tras la primera fase; la fase final a tres partidos: Brasil, Uruguay, Suecia y una inmaculada España que ha ganado los tres partidos de la fase inicial a Inglaterra, Estados Unidos y Chile, con Ramallets, Basora y Zarra como estrellas.

Pero llega la fase final y se acaban las bromas, Brasil mete seis a España, que quedará como cuarta, y siete a Suecia que quedará como tercera del mundial. Ya sólo resta Uruguay, que según el guion será segunda (hagan ustedes las cuentas del resultado), y para más inri a Brasil le basta un empate para ser campeona del mundo.

16 de julio de 1950, Río de Janeiro, Maracaná, 203.850 espectadores. Brasil contra Uruguay. La suerte está echada. Los brasileños la víspera del partido reciben relojes de oro con la leyenda “Para los campeones del mundo”, ya se han vendido medio millón de camisetas celebrando la victoria y los diarios del día después ya están impresos. O Mundo, en su portada tituló Aquí están los campeones del mundo sobre una foto del equipo brasileño.

Como reconocería el portero de Uruguay en la revista El Gráfico y el Mundial (1977), casi treinta años después. “llegamos al Maracaná tres horas antes y nos aguantamos todos los gritos, las bombas y los silbatos de los brasileños. Pero fuimos antes porque teníamos hasta miedo de llegar tarde al partido y perder los puntos, por el tránsito y los festejos que había en la cancha”.

Noventa minutos después Maracaná enmudece porque Uruguay ha ganado dos goles por uno. El silencio, en el país del ruido, es ensordecedor. Lágrimas, sollozos y hasta suicidios se suceden en Río de Janeiro. El entrenador Flavio Costa se recluirá en el estadio y no logrará escapar de allí hasta varios días después, escabulléndose disfrazado de mujer. El mítico locutor Ary Barroso colgará el micrófono para siempre tras el gol de Gigghia para dedicarse, para suerte del mundo, a la música.

Después del Maracanazo, Ary Barroso se dio a la fantasía fuera de la cancha y lejos de los uruguayos

Aquel día nace un villano que marcará la manera de entender el fútbol en Brasil para siempre. Un villano que paradójicamente fue declarado mejor portero del mundial. Un villano cuyo único pecado fue vencerse una décima de segundo antes hacia el centro y dejar un hueco imposible a Gigghia para el segundo gol de los charrúas. Y es que desde ese día nadie quiere ser portero en Brasil. El propio Ghiggia lo justificó afirmando que ni siquiera fue un fallo del portero “Barbosa había hecho lo lógico” y él “lo ilógico” (ya en el 2 para 2 contra España había metido un gol similar a Ramallets), pero no sirvió de nada, la Historia demanda culpables.

Y la Historia también reclama héroes. El propio Ghiggia no lo pudo resumir mejor: “Sólo tres personas en la historia han conseguido hacer callar Maracaná con un solo gesto: el Papa, Frank Sinatra y yo”. Pero el rodillo de la Historia no para, en ese instante un niño que jamás había visto llorar a su padre se queda impactado y promete a su progenitor que será futbolista y dará a Brasil un Mundial. El chaval, conocido como Pelé, se quedaría corto y le daría tres, el primero sólo ocho años después.

Pero volvamos a los caídos, Barbosa desde entonces es un gafe, una persona non grata por su mal fario. En un mercado de Rio una mujer se acerca con su hijo y le señala como a un paria “mira, éste es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”. En 1994, durante el Mundial de Estados Unidos, el ingenuo Barbosa tuvo intención de ir a visitar a la Selección. Entrenador y jugadores se negaron: “Llévens a ese hombre que sólo trae mala suerte”. Barbosa en una entrevista antes de morir en el año 2000, mitad ninguneado mitad despreciado, acuñó este epitafio de su lapidación sostenida en el tiempo: “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y yo sigo encarcelado, la gente todavía dice que soy el culpable”. 

Barbosa estuvo unido a su destino ya que curiosamente trabajó durante más de 20 años como intendente de Maracaná. Como premio a su trabajo y dedicación, le regalaron la portería que él defendía en Maracaná. En un acto simbólico quemó la portería pero el desprecio de la gente no ardió con tanta facilidad: “Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”, confesaba una y otra vez Barbosa.

Pero bueno, a fin de cuentas, el fútbol no es como el rugby un deporte de villanos practicado por caballeros, nunca fue un deporte generoso que premie o reconozca a los vencidos.  El fútbol es como la vida y los seres humanos mismos, esencialmente caprichoso, volátil e injusto. Quizá por eso sea el deporte más seguido y popular del mundo.

Tres formas de ver la vida en la misma foto.

“Tiré con efecto. Barbosa la alcanzó a arañar. Pero no la contuvo. Me di vuelta gritando el gol y los muchachos casi me matan con los abrazos… Era una cosa extraña: sólo el grito de nosotros se escuchaba, once celestes festejando ante 200.000 brasileños que no lo podían creer. ¡Eramos los campeones…!”, describió Ghiggia. «Fue la primera vez en mi vida que escuché algo que no era ruido”, diría años más tarde el capitán Juan Alberto Schiaffino, autor del primer gol uruguayo y gran estrella de Uruguay.

Moacyr Barbosa, portero de Brasil, fue señalado como el principal culpable de la derrota ante Uruguay. “Fue un disparo disfrazado de centro. Creía que Ghiggia iba a centrar, como en el primer gol. Tuve que volver. El balón subió y bajó. Llegué a tocarla, creía que la había desviado a córner. Cuando escuché el silencio del estadio, me armé de coraje y miré para atrás. Ahí estaba la pelota”.

Gighia sigue siendo hoy el principal héroe del fútbol uruguayo.  Alcides Edgardo Ghiggia jugó en Sud América (Uruguay), Peñarol (Uruguay), Roma (Italia), Milán (Italia), Danubio (Uruguay). Fue Campeón de Liga con Peñarol (1949 y 1951). Campeón de la Copa Ferias con la Roma (1961) Campeón de la Serie A con el Milán (1962). Campeón del mundo con la selección de Uruguay en 1950.

El presidente de la FIFA, Jules Rimet, había abandonado su palco unos minutos antes del encuentro para practicar su discurso de felicitación, que sólo había escrito en portugués. Rimet obvió la ceremonia que tenía preparada y al cruzarse con el capitán uruguayo Obdulio Varela, le entregó el trofeo de tapadillo sin decirle una sola palabra, sin más alarde que estrechar la mano del campeón del mundo. En la foto parece que entrega una urna con cenizas más que la Copa del Mundo.