La princesa de Culiacán

—Reconozco que estoy empezando a agarrarte cariño, cabrón  ̶ soltó sin apartar los ojos enrojecidos del joven que tenía delante, al otro lado de la pequeña mesa de madera gastada donde se encontraban dos botellas de tequila junto a una pareja de pequeños vasos y una figura de resina que había sido toscamente reparada con algún tipo de pegamento.

“La princesa de Culiacán” playlist

 

 La mirada de Amador, así se había presentado en algún momento, era una mezcla de furia, tristeza, comprensión e indiferencia que Alex no era capaz de destilar. Aun así, bastaba para que permaneciera clavado en la incómoda silla de plástico que aguantaba su peso pluma. Amador se rascó de nuevo la oreja derecha, que, como si de la de Holyfield se tratara tras aquella mítica pelea en el MGM de las Vegas donde ocho centímetros fueron presa de Mike Tyson, carecía de parte del pabellón auricular.

 —Un leve accidente –afirmó al observar la mirada fija de Alex.

̶ No… si yo…

—No sigas por ahí chamaco –cortó abruptamente Amador.

Alex se comió los puntos suspensivos.

—Vamos, no hay pedo. Relájate –le tranquilizó intentando evitar alguna escena melodramática tipo La querida del Centauro

Bastante tenía en casa con su señora enganchada todo el día a las dichosas telenovelas. Que cualquier día al llegar a casa se iba a encontrar la mesa sin poner. Y Amador, que estaba locamente enamorado de su esposa y hacía gala cada día de su paciencia, tanto con ella como con los chiquillos, también tenía unos límites. Y mejor para todos que no los sobrepasara.

 Se levantó para estirar su enorme cuerpo semejante al de uno de esos luchadores enmascarados que Alex había disfrutado el día anterior, junto a Lupe, en la Plaza Sendero. De constitución fuerte y rojiza, cabello grueso y lacio de color carbón y barba escasa, aventurarse a acertar la edad sería un reto mayúsculo. Las cicatrices de una vida, presumiblemente dura, indicaban unos años que no cuadraban con la energía que desprendían sus pausados movimientos de jaguar.

—Órale pues, vuelve a contarme todo –ordenó al tiempo que, ya sentado, rellenaba uno de los vasos. El otro aún permanecía intacto.

— ¿Desde el principio? –respondió Alex, ya más calmado, intentando estirar la tela de los vaqueros pitillo gris ajustados que, debido al intenso calor y la tensión acumulada, estaban adheridos a la piel causándole un escozor insoportable.

 El silencio severo de Amador le animó a proseguir.

 Alex volvió a relatar cómo, la semana anterior, en México DF, conoció a Lupe en un concierto de Love of Lesbian que había tenido lugar en El Plaza Condesa.

—No conozco a esa panda de maricas –interrumpió exactamente igual que la ocasión anterior–. De ahí tu camiseta, claro. Cometa Halley. Hay que ser pendejo. Música para hombres es lo que hay que escuchar. Los Tucanes de Tijuana o Tigres del Norte, eso es música. O Sabina o Serrat güey, que son de tu país. No digamos Bunbury, aunque ése ya es más nuestro que de ustedes –.  Y de nuevo cantó los mismos versos que Alex ya tenía atornillados en su cerebro.  – “Le han pelado la mazorca/No han podido hacerle nada/Sigue estando en Sinaloa/Comandando a su plebada”.

 Visiblemente orgulloso de su performance y, tras beberse de sendos tragos los vasos que no tardó en reponer, le indicó, con un vago gesto del prominente mentón, que continuara.

 Fue, retomó cabizbajo, durante la canción “Planeador”, al principio del setlist de aquella mágica noche, cuando, por vez primera, reparó en las dos chicas que se encontraban a su espalda, justo cuatro asientos a la izquierda. Más bien se fijó en una de ellas, la de menos estatura que no paraba de cantar las canciones desafinando cada nota y aun así resultándole maravillosa. De rasgos mestizos, su tono de piel tostado junto al color anaranjado de su media melena enmarcaba un rostro armónico donde destacaban los labios rojizos y unos ojos oscuros e infinitos como la noche del desierto de Sonora. Lucía una camiseta blanca ceñida del grupo Zoé, perteneciente a la gira Programatón, que dejaba entrever unos pequeños pechos libres de sujetador, y unos vaqueros ajustados a las amplias caderas que impulsaban su cuerpo arriba y abajo al ritmo de la música. A partir de ahí los cruces de miradas y medias sonrisas fueron continuos.                                                                                                                                                        

 Nunca un concierto le supo tan dulce ni el paso del tiempo tan desigual. Una vez finalizaron las últimas notas de El Ciclo Lunar de Halley Star, tercer y último encore de la noche, cogió aire y se giró con la intención de iniciar una conversación una vez pasara a su lado. Los dos asientos estaban vacíos. Maldijo su suerte y cobardía anterior. Resignado, se enfundó la chaqueta de cuero y dio un último trago a la cerveza ya templada. Se dirigió a los baños para desalojar el líquido ingerido mientras se repetía insultos y pequeños golpes en la cabeza.

—Más vale atole con risas que chocolate con lágrimas –añadió Amador con ese tono paternal empleado antes de castigar a un hijo sin salir el fin de semana.

 Alex, que desconocía la expresión y prefería seguir ignorándola, prosiguió con su relato.

 Al salir de los baños, camino de la salida, volvió a verla. Apoyada en la pared, se asemejaba a una araña esperando su presa, con sus ocho ojos abarcando tanto el celular que sostenía en sus finas manos como analizando a los cientos de cuerpos sudorosos que abandonaban el recinto. Cuando le vio, dejó escapar una mueca y se puso a teclear el móvil con frenesí.  Alex se acercó con el corazón al máximo de revoluciones, dispuesto a caer en la trampa tejida y ser devorado allí mismo. 

—Una araña violinista. –Amador apuntilló–. En tu caso topaste con una araña violinista. Mal bicho… la araña, claro, no la morrita –, corrigió santiguándose a la figura recompuesta–. Una picadura nomás y se llevó al cielo a El Chamuco. Allí mismo, en medio de la nada, lo tuvimos que enterrar junto a aquellos pendejos. Una picadura nomás…

 Cuando Alex se presentó, la sorpresa fue evidente. El acento la había descolocado.

—¿Eres guachupín? –preguntó con ironía, dirigiendo la vista al puesto de merchandising donde Alex pudo ver que se encontraba la otra chica junto a dos mellizos enfundados en sendos trajes de color blanco y botas de piel–. Yo soy Lupe, de Culiacán.

 Fue una charla breve, mágica e intensa. Más que por las palabras dichas, por los silencios que las acompañaban. Duró lo que tardaron los mellizos en percatarse de la escena.

—Me tengo que ir. El trasporte manda –se disculpó al tiempo que, disimuladamente, le entregaba un papel.

Alex sacó de la cartera el papel que le había dado aquella noche Lupe.

—¿Lo vuelvo a leer? 

—Sí güey, está muy chido. A lo mejor se me queda algo para mi Rosaura –rio sonoramente mientras seguía menguando el contenido de las botellas.

Estás a dos pasos

Una vida ente los dos

Me concentro

Te concentras

En una conversación vacía

Tus palabras se deshacen en el aire

Embarrado de humo

Recargas tu cara entre las manos

Qué envidia

Nada alrededor

Salvo tus ojos, la música de las guitarras

Y distancia imposible…

—Quién iba a decir que la Lupe era también poeta. Se nos convirtió en Pita Amor la chava –dijo con admiración no exenta de sorna–. Y no pienses que soy un analfabeto por dedicarme a lo que me dedico. Por algo me llaman El Graduado, aunque a mí en la escuela poco me vieron – señaló a Alex con dedo acusador –. La música y la literatura son el alimento del alma, de todas las almas, y la mía pasó mucha hambre de chiquito –aseveró, mientras buscaba algo en la bolsa azul de deporte que estaba bajo sus pies– ¿Ves? –dijo mostrando un libro machacado por el uso–. 2666 de Roberto Bolaño. Muy grande el chileno. No hay que creerse todo lo que escribe, pero muy grande. No sabes quién es… ¿verdad?  –Alex negó con la cabeza –. Pinche tu madre.

 Abrió el libro y permaneció unos segundos callado, concentrado en la lectura

—Muy bueno el cabrón. Miente más que habla, pero…  sabes, quizás cuando todo esto acabe te lo regalo. Así, sin más. Que no pienses que soy un pinche cabrón. Algún día me lo agradecerás.  Dirás, verga, cuánta razón tenía Amador–, guardó el libro de nuevo en la vieja bolsa–. Pero bueno, cada cosa a su tiempo. Dale huevón.

 Al final del poema había escrito una fecha, hora y dirección.

Sábado a las 18:00 horas.

Jardín Botánico de Culiacán.

Estación 18.Mx

  Dobló el papel en cuatro partes y, tras ponerlo en buen recaudo, puso rumbo al hotel con una nube de pros y contras que amenazaba con desembocar en tormenta tropical. Al llegar a la habitación la decisión ya estaba tomada. No había vuelta atrás. Ya tendría tiempo de explicarlo en casa.

 Diez minutos antes de la hora pactada, Alex, tras varias indicaciones, dio con el lugar. Un pequeño remanso donde se encontraban, delimitadas por un arco de acero que apenas se distinguía de la tierra, seis bancas de concreto con aspecto de ataúd, creación de Teresa Margolles, una artista sinaloense. Una cinta amarilla, como las que colocan los peritos e investigadores de la policía para cerrar la escena de un crimen, yacía en el suelo, destrozada y pisoteada. En la base de una de las bancas se leía una leyenda “Bancas elaboradas con cemento mezclado con el agua donde se lavaron los cuerpos de personas asesinadas”.

—Muy romántica la elección –, se dijo a sí mismo con escalofríos.

—Quiúbole guachupín –la voz rasgada de Lupe le golpeó por detrás–. No pensé que vendrías. Qué onda.

 Alex se giró y todo empezó a girar a su alrededor.

—No, no es muy romántico, pero sí es seguro–Lupe se dirigió a una de las bancas donde, como si de una playa se tratara, se tumbó – ¿No te unes? –preguntó viendo las dudas de Alex.

— ¿Pero se puede? –respondió Alex dubitativo–. No sé, como son obras de arte pensaba que…

—Perdóneme señor policía. Póngame las esposas y directa a la penitenciaría –bromeó Lupe con los brazos extendidos – ¿Son bancas no? Pues para eso están. Vente.

Alex se sentó en la banca paralela sin aún todas consigo. Se sentía sobrepasado por la situación. La valentía que le había llevado allí, encargándose de tapar con vivos colores las lógicas dudas y miedos, se había descolorido en un solo soplo de aire.

—Ahí tuviste otra chance de marcharte pendejo –interrumpió Amador–. Las bancas de Teresa… no mames. Esta acaba arriba o abajo, y todos detrás.

 Pero los colores pronto recuperaron su intensidad. Bastó unos minutos con Lupe.

 Hablaron de música y series de televisión. De viajes realizados y destinos por conocer. Anécdotas de infancia que se entremezclaban con deseos no consumados. Y alguna que otra idiotez para camuflar las confesiones más dolorosas. Y no faltó el juego del interrogatorio, donde mostraban falsa indiferencia ante las respuestas. Ella quiso saber qué hacía él en México y Alex se lo contó, pero cambiando el sujeto detonante. Laura se transformó en un familiar cercano. Cuando él preguntó sobre los mellizos de la noche del concierto Lupe explicó que sólo la acompañaban, órdenes de su padre, cuando salía de la ciudad o las contadas ocasiones que la permitían salir de noche. Que su padre, miembro del PRI, se presentaba como diputado al Congreso del Estado por el distrito de Sinaloa.  

 Paró un segundo esperando a Amador. En esta oportunidad no pareció hacerle la misma gracia. O puede que él también empezara a sentir el mismo cansancio que Alex. Lo mismo daba. Prosiguió con su desventura. 

 Estaba totalmente comprometido, explicó Lupe sin aparente empatía, en su lucha contra el narcotráfico que asolaba el país y acabar así con las muertes y corrupción que, lamentablemente, estaba enquistada en todos los extractos de la sociedad mexicana. Que estaba convencido de que si se quiere se puede. Y lo iba a demostrar. Lupe no parecía tener la misma convicción, pero a ella nadie la había pedido opinión. De momento su único logro era haber recibido la amenaza del Cártel del Pacífico. Y eso siempre salpicaba a los allegados. Por eso lo de los mellizos.

—Una pesadez, pero no hay otra. ¿Y esa carita? No te me arrugues como un frijol viejo –dijo al ver cómo le cambiaba el semblante a Alex–. Aquí, a plena luz del día y en un lugar público nadie se atrevería a hacer nada.  Y, la neta, si te soy sincera, no me creo nada. Todo esto me hace lo que el viento a Juárez.

 El primer beso surgió en aquel justo momento, no tanto por el deseo, que existía y les quemaba, sino por el valor terapéutico. Y fue efectivo. Si a Alex le hubieran solicitado en ese instante un resumen de la conversación recién acontecida sólo habría emitido un sonido primitivo y gutural carente de sentido. El resultado de la suma de sus errores acababa de sobrepasar el espacio permitido. Sus lenguas y manos por fin tomaron el mando, encarcelando a las palabras que habían iniciado esa revolución y que, una vez alcanzado el objetivo, ahora eran vistas como el enemigo. El tiempo se detuvo.

—Carajo, son ya las ocho –dijo apurada Lupe al comprobar la hora en un reloj de pulsera Cartier–. Tengo que marcharme.

— ¿Ya, tan pronto? –farfulló sin ocultar su decepción.

— ¿Dónde te alojas?

—Hotel 3 Ríos.

—Buen sitio, mucha vegetación. Y la alberca la recuerdo muy bonita. Me late–confirmó Lupe aliviada – ¿Cuál es tu habitación?

—23.

—Pues espérame allí antes de la medianoche.

 Y con un beso zanjó el tema mientras escapaba corriendo.

 El eco de su risa permanecía, junto al sabor de su boca huérfana, minutos después de que Alex la hubiera perdido nuevamente de vista. Se recostó en la banca y buscó entre las nubes la figura más apropiada para su estado actual. Cuando la encontró cerró los ojos y empezó a llorar.

Hacía tanto que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo –citó en voz baja Amador.

— ¿Perdón? –Alex mostró su desconcierto.

—Agachón llorón. –Amador dio un fuerte golpe encima de la mesa.

—Pero…

—Los hombres no lloran, cabrón.

 Alex se quebró. Tras el deshielo de la tensión acumulada, todo en él reventó formando una explosión de angustia y miedo que inundó la habitación.

—Hijo de la chingada –Amador cambió el tono–. Va, tranquilidad. Ambos estamos molidos. Mira –dijo señalando el colchón situado en el suelo situado detrás de Alex–. Ve y échate un coyotito. Luego ya seguimos.

— ¿El qué? –Alex apenas podía articular palabra.

—Que te duermas un rato pendejo. Ahorita te despierto y acabamos con esto. Tranquilo. Pero no llores, que me caga.

 Volvió a coger el libro de la bolsa y se puso a leer ignorando a Alex, que ya se había levantado dirección al camastro.

 Se tumbó y, a pesar de la suciedad de las sábanas, el olor que salía del excusado y el miedo a no despertar, no pasaron ni dos minutos antes de caer rendido.

—¡Arriba! –vociferó, dándole una ligera patada en el costado–. He traído algo de comida, no te me vayas a morir de hambre. Híjole, perdiste tu oportunidad de marcharte, pero se te durmió el gallo –afirmó de buen humor, pero con una buena dosis de mala sangre.

 En la mesa había un plato con tres tacos y una cerveza Modelo Especial. Habían desaparecido las botellas de tequila y los vasos. Sólo la figura permanecía en medio, vigilante y atenta al desenlace.

—De la Quintería, de los mejorcitos de la ciudad –explicó a Alex–. De costilla de cabrería, asado de puerco y al pastor. Yo ya comí. No soy nadie con el estómago vacío. Se me pone un humor de perros. Anda, come y terminemos esto de una vez. ¿Dónde estábamos?

 Estuvo esperando en la habitación del hotel, dando vueltas de un lado a otro excepto, en un par de ocasiones, que salió a fumar al jardín. Su estado no era el mejor. Había tenido una fuerte discusión con su padre, el cual le había exigido, bajo todo tipo de amenazas, regresar. Su madre estaba totalmente desquiciada y, le advirtió, que si seguía así no quería ni imaginar qué podía pasar. Que ya sabía de su delicada condición. Resumiendo, le dijo que era un desgraciado y que si no estaba en el aeropuerto de Barajas antes de una semana que mejor se quedara allí. Alex sólo acertó a responder con monosílabos que se perdían en las ondas del cielo de Culiacán. Cuando colgó el teléfono se acercó al espejo de medio cuerpo situado en el armario de la habitación del hotel y, esta vez, sí fue capaz de poner a su progenitor en su sitio con un discurso demoledor. Lástima que no lo escuchara.  

—Siempre es bueno estar en paz con la familia –agregó Amador, más a sí mismo que a su interlocutor–. Una madre es algo sagrado. No se la puede dejar con el Jesús en la boca. Luego, cuando te quieres dar cuenta, a la chingada, te encuentras hablando a una lápida con un ramo de flores que nunca le diste en vida.

 Alex, recuperado tras devorar los tacos, se encogió de hombros. Qué coño sabría él de su familia ni por lo que había tenido que pasar. 

 Agotado, aunque aún no fuera la hora, se tumbó en la cama de matrimonio y encendió el televisor, donde dio con la repetición de un partido correspondiente al Torneo de Clausura del campeonato de liga de la Primera División de fútbol mexicano. Jugaban Monterrey contra Chiapas.  Eligió al segundo equipo como suyo para darle algo de emoción, uniendo su destino a corto plazo al empate o victoria de los Jaguares. En el minuto 51 un tal Aldo de Nigris logró el quinto gol para los locales. Dos fuertes golpes en su puerta impidieron revaluar su apuesta y pasarse a los Rayados

—Abre guachubín– la voz inconfundible de Lupe, que aún sin alzar la voz atravesaba la gruesa madera–. Abre rápido, que esto está muy concurrido.

 Al abrir Lupe entró rápidamente, cerrando la puerta.

—Perdón por el retraso –se excusó dejándose caer en la cama con los brazos en cruz–. No ha sido fácil llegar aquí.

   ̶ ¿Algún problema? –Alex preguntó mientras, en su imaginario, la desvestía lentamente, desde las Adidas negras originals gazelle al diminuto top blanco con un estampado de Cindy Lauper.

—Nada –se irguió–. Con ayuda de mi prima y un poco de inteligencia femenina todo es posible. No hay pedo.

— ¿Y los mellizos?

—En el auto, fuera de la hacienda de Ximena, esperando como pendejos –sonrió –. Les dije que me quedaba a dormir y mis tíos no están. Todo muy chido. Allí están montando guardia como perros falderos –continuó acercándose sensualmente.

Harto de ser remolque, sujetó las manos de Lupe, movilizándolas a su espada.

—Estás preciosa –susurró.

 La besó con vehemencia, con el ansia del que lleva esperando horas en la estación de tren.

—Joder –gritó al sentir el mordisco en sus labios. Notó el ligero sabor salado de su propia sangre.

 Lupe, como gata salvaje, se deshizo de él para abalanzarse a continuación y lamerle las heridas. No era una mujer que fuera a permitir que le quitaran la iniciativa y Alex, que no destacaba por su espíritu de lucha, optó por claudicar. Cuando ella introdujo su mano…

—No sigas por ahí. –Amador cortó en seco–. Chingar es cosa privada y con una vez ya he tenido suficiente. Mira, olvidemos todo lo anterior al mercado. Ni los paseítos, ni la lucha libre o las noches de hotel. No mames con la culichi, de tal palo tal astilla. Escurridiza como una lagartija. Panda de inútiles los mellizos, les va a costar vuestro amorío… –calló por respeto a sus compadres o, quizás, a su interlocutor.

 En modo autómata, presionó el botón de forward espoleando los caballitos de mar situados en la corteza prefrontal de su maltrecho cerebro.

—Vamos a adentrarnos en mi sitio favorito de la ciudad. Nunca he traído un chico aquí, guachibín –susurró Lupe tras morderle cariñosamente el cuello–. Soy tu chupacabras. Ya no te me escapas.

 Entre los pasillos del mercado Vizcaíno y junto al mercado de las flores llegaron al mercado esotérico de Culiacán, o, como lo definió Lupe, el mercado de los brujos. Allí se mezclaban, formando un collage de color esotérico, todo tipo de productos naturistas, curalotodo e ingredientes para cualquier tipo de ritual ocultista. Mujeres, escondidas entre cortinas, que se ofrecían a leerte las cartas del tarot con la estatua de la Santa Muerte como custodia o vendedores de hierbas y raíces exóticas ofreciendo la cura a cualquier enfermedad o malestar físico o espiritual.

—Aquí manejamos lo espiritual y lo que vendemos son productos de fe, la fe que cada persona tiene la deposita en el producto y el favor que necesita –explicó Lupe a un Alex hipnotizado–.   Lo más buscado es la veladora, ya sea para buscar amor o levantar negocios y cualquier producto relacionado con la Santa Muerte –indicando una tienda donde una dependienta que dormitaba rodeada de velas y remedios–. Órale, vamos a comprar una veladora. Y le vamos a poner mucha fe.

 Adquirieron por 150 pesos una Veladora de Pareja llamada Amarre y Miel. La anciana insistió en dársela como obsequio, pero Lupe se negó rotundamente aduciendo que regalada perdería parte de su efecto. Sí aceptó, en cambio, una figura artesanal de un señor sentado en un sofá rojo. En una mano sostenía un pequeño saco con el símbolo del peso mexicano y en la otra un fajo de billetes. En la parte inferior, en amarillo, Alex leyó el nombre de Jesús Malverde.

—Seguro que te da suertecita –dijo, entregándole la figura. La vela la guardó en su bolso.

— ¿La conocías?

— ¿A la abuelita de la tienda?  No, no que yo sepa. ¿Por qué? ¿Tienes celos por si no eres el primero con el que comparto una veladora?

—No, me parecía que te había mirado con miedo, como si te conociera… yo que sé… déjalo–Alex seguía a Lupe por los pasillos del mercado–. Debe ser este sitio.  Es increíble, pero le da a todo un…

 Lupe se paró de golpe. Congelada. La mirada fija en el hombre que se encontraba frente a ellos.

—Ay Lupita, por fin doy contigo – respiró aliviado – ¿Y los mellizos? Chinga su madre. Tu padre me tiene loco–Amador se quitó el sombrero y miró por vez primera a Alex–. ¿Y este cabrón?

 Alex intentó coger a Lupe con la intención de salir huyendo como alma que pierde el diablo. Ella permaneció inamovible.

—Lupe, ven conmigo –manifestó Amador con un respeto que sorprendió a Alex–. Ya estuvo. Se acabaron los juegos.

—Vámonos joder –suplicó Alex–. Pero…  ¿Lupe?…  ¿Qué coño?

 La voz le abandonó, en shock, al ver como Lupe, con andar parsimonioso, iba al encuentro de Amador.

—Lo siento.

 Fueron las últimas palabras que escuchó de Lupe.  Ni un beso o un pequeño gesto. Un frío lo siento devorado por el calor de Culiacán. En un último acto de patética locura, al ver que ambos se marchaban, dejándolo allí como un resto de basura desechable, corrió hacia ellos con Jesús Malverde como único método de protección.  Justo cuando Amador se giró Alex lanzó la figura sobre su cabeza. El fallo fue clamoroso, estrellándose contra una pared.

 La primera reacción de Amador y Lupe fue santiguarse. Seguidamente llegó el directo que acabó con Alex en las losas.

 Al despertar se encontró, sentado en un sótano, frente a Amador.

—Debiste dejar la víbora chillando. Lo de Lupe, bueno, el patrón te lo habría perdonado. Ella ha aprendido su lección y sus responsabilidades. Cosas de juventud. Pero lo de Jesús Malverde pendejo, destrozar así a nuestro santo… costó pegarlo, pero se pudo – dijo, contemplando la figura mientras se besaba una medalla dorada colgada de su robusto cuello–. Si no ya no estabas aquí huevón.  Ahora toca esperar. Pronto acabará todo.

 Permanecieron callados, en un periodo de calma chicha, hasta que el tono de una llamada rompió un silencio que se había metido en los tímpanos de Alex como un zumbido sediento de cordura. Amador sacó un móvil de usar y tirar.

—Aguántame tantito –contestó –. No hagas ninguna pendejada –avisó Amador mientras entraba en el baño.

 Alex creyó escuchar los gritos de Lupe detrás de la otra línea. Amador permanecía callado o hablando en voz baja. Un rato después, tras el sonido de la cadena del excusado, regresó.

—Ándale, vete al carajo de aquí. El jefe dejó que la morrita decida. No es raro. Su ojito derecho. La princesa de Culiacán. Ni modo, cada chango a su mecate –ordenó evitando su mirada mientras le indicaba las escaleras que daban a la puerta de salida.

 Un momento esperado que le dejó a los pies del acantilado. El temor de moverse y caer a un vacío insondable impedía que sus piernas respondieran al deseo de escapar de aquella pesadilla.

—Chingada madre–amenazó, con la paciencia ya en números rojos–. No querrás que cambie de opinión. Mueve el culo pendejo.

  Nada más erguirse Alex sintió un ligero mareo y ganas de vomitar. Respiró hondo. La figura de Jesus Malverde permanecía en la mesa, de vuelta del país de los muertos. Atento. Expectante.

—Adiós – se despidió de ambos mientras Amador, sin contestar, se agachaba de nuevo hacia su vieja bolsa de deporte.

  Alex creyó distinguir, mientras se dirigía a las escaleras, la mano de Amador acercándose a lo que parecía la culata de un revolver. Fue un fogonazo. Una jugarreta de la mente pensó. Cerró los ojos, durante unos segundos, al notar a su espalda la presencia de Amador. El ruido de un martillo percutor al ser desplazado hacia atrás. O no. Vuelta a los temblores. Sudor frío. Fijó la mirada en la luz que provenía de arriba de las escaleras y empezó a ascender. Ojalá no fuera una puta metáfora.


Gracias a Raquel por sus inestimables aportaciones @jdiazdeceriojackson