Tom Waits

¿Cuántos días llevabas enferma, sin moverte de la cama por recomendaciones de no sé qué amigo y con un humor de perros? Cada vez que iba al salón a ver la televisión o escuchar un disco con el volumen lo más bajo posible para que no te molestaras podía escuchar tus suspiros, quejas y el ruido de la cama cada vez que te movías bruscamente para llamar la atención. En esos momentos te odiaba. Te odiaba porque disfrutabas haciendo que te odiara, demostrando que eras la más fuerte y que tu egoísmo voraz no tenía medida. Claro que se me pasaba rápido, nunca llegaba a manifestar mis pensamientos en vocales con alas que se posaran en tus orejas. Entraba en la habitación con las venas hinchadas y con tu sonrisa enferma y un aspecto moribundo conseguías que te acariciara los pies y no me separara de tu lado. Y olvidaba las verdades o mentiras que segundos antes había desentrañado de algo muy dentro para perderme en las pequeñas orillas y salvajes calas que tu piel tan (tan) blanca formaba entre las sábanas azul oscuro que te había regalado un día porque sí.

Si hubiera sido capaz de escuchar alguna de aquellas canciones de Tom Waits y dejar que tus reproches se disolvieran con las notas de su voz, si hubiera vencido la tentación de derrotarte en el campo de batalla más desfavorable para ganar la seguridad de tu amor, entonces quizás y sólo quizás…

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