Pájaro en el alambre y Sarajevo: la posibilidad de una isla

“Me llamo Dario Džamonja.

Nací en Sarajevo en el año 1955.

Morí en Sarajevo en 1993, cuando la abandoné.

Morí otra vez en 1998, cuando abandoné América y a mis niñas.

Ahora procuro vivir otra vez en Sarajevo de la escritura”

¿Cómo viajar a una ciudad que ya no existe? ¿Cómo dar un salto hacia el pasado para pasear por el Sarajevo anterior a la guerra de Bosnia-Herzegovina? ¿Cómo transitar las calles, las tabernas, las colinas de antes del sitio de Sarajevo? ¿Cómo abrazar aquella ciudad mítica? Si una de las maneras posibles de hacerlo es a través de la literatura, creo que no hay cicerone mejor que Dario Džamonja (Sarajevo, 1955-2001), Daco. Daco, el mítico. Daco, la leyenda. Daco, el malogrado. Daco, el bohemio. Daco, el derrotado. Daco, el torrencial. Daco, el del desenfreno incontenible. Daco, el poeta de los abismos. Daco, el de la estirpe de suicidas que se resistió a esa tentación por contar su(s) historia(s) a través de la literatura (y en su caso literatura serán tanto sus columnas en prensa como sus relatos). La poesía de Daco no se escribe en verso, se escribe en cada frase de lo que yo denominaría poética del desgarro, textos amargos aunque no exentos de un peculiar sentido del humor, textos que emergen desde sus heridas para conformar un universo en el que su ciudad es contexto, paisaje y protagonista (“Soy el único escritor de Sarajevo nacido en Sarajevo”, solía decir).

Pájaro en el alambre es una antología de relatos que tienen como escenario ese Sarajevo al que, en lo físico, hoy es imposible regresar. El Sarajevo del que Daco se exilió tras las heridas sufridas por la onda expansiva de una bomba durante el asedio a la ciudad, y que ya no sería el mismo al regresar tras su periplo por Estados Unidos (país en el que nunca se sentiría cómodo y que retrató en Cartas desde el manicomio, Sajalín, 2024). Así como es imposible desligar Sarajevo de la prosa de Džamonja, también es imposible desligar a Daco de lo escrito. Él, creador y personaje, el niño criado por sus abuelos tras el abandono de su madre y el suicidio de su padre (sobre su abuelo: “Vivir juntos fue interesante para ambos. Yo trataba de sisarle dinero y él, de esconderlo lo mejor posible”), trasluce en todos sus textos tanto cuando parece describirse como cuando hay otro objeto en su prosa visto desde sus ojos (“Yo, el emperador de la niebla, el chulo de mentirijillas, el rey jugando a tirar la moneda, el as del preferans, el cachorro del asfalto, el fantasma de Marijin Dvor, el terror de las barras, el hijo del rock and roll…”). Él, el rebelde, el de la soledad impenitente (“lo único que ha quedado de mi calle es la muerte”), el de las resacas y las timbas, marginal como los beats estadounidenses (que no son los únicos con los que es fácil trazar hilos, ahí estarían también Cheever y Carver) y autodestructivo como los reyes del underground (Fante y el incorregible Hank, entre otros), no en vano se le conoce también como el Bukowski nostálgico de Sarajevo.

Pájaro en el alambre, Dario Dzamonja

Los relatos de Džamonja exudan la melancolía del que se sabe tocado por la derrota, aquel que por herencia genética lleva el halito de la muerte pegado a su nuca, el que se sabe frágil pero se bebe la vida como si fuera inmortal aunque aguarde “debacles aún más estrepitosas” (“Tú me conoces. Sabes cuán a menudo muero, todos y cada uno de mis días”). Su prosa de lo cotidiano es atmosférica y emocional, y cuando describe “cicatrices de la escasez” la pobreza retratada viste también sus lagunas interiores (“yo me quedé solo a la intemperie, sin ninguna señal que me guiase en mi desorientación”). En sus relatos “felices” (quizás sería mejor decir en los párrafos felices de sus relatos, ya que la felicidad nunca contiene al relato completo) al protagonista le cuesta creer la buena mano que la vida le ofrece (“me colmaba de dicha a tal punto que casi rompía a llorar”) y, como al Sandino de Carlos Zanón en Taxi (Salamandra, 2017), como al Mike de Urchin (Harris Dickinson, 2025), como a tantos otros personajes abonados al fracaso, sus decisiones terminan conformando una suerte de profecía autocumplida de los naufragios (otro ejemplo: su relato La luz y la oscuridad). Los delirios del alcohol provocan monstruos, y así como de algunos textos emerge un Lovecraft sarajevita que baila con sus alucinaciones (“…el espejo quedó vacío. Me saqué los ojos de cristal y los dejé en una caja con tabaco de liar”), en otros sobresale una conciencia del autorretrato más impío (“Si te dicen que esta noche rondo por las tabernas difamándote a ti y a nuestro amor, que me vendo a cambio de vino barato, que recojo las colillas de simpatías ajenas, que les beso la mano a las camareras poco aseadas, que quedo como un imbécil a ojos de todo el mundo, esa es la pura verdad”).

Los ritos de paso a la edad adulta en los relatos de Džamonja son más cercanos a los del pícaro Lazarillo que al que madura desde una arcadia feliz e incluyen corbatas de seda rompiendo el cuello de un tío, perros muertos, cascadas de tela negra en el balcón, partidas de rummy, padres trasuntos (ese Campanero, truhán y generoso que se inventó una mentira “para derribase a sí mismo del pedestal de mi adoración”), ladrillos robados, culines de licor en los vasos bebidos a escondidas, panecillos de media luna, pechos al trasluz y magdalenas proustianas en el monte Trebević, las fuentes de Vrelo Bosna o el parque de Betanija. Las cartas, los naipes, son en los relatos de Daco lo que el billar en El buscavidas de Walter Trevis, con quien comparte los trazos del anti-héroe, el ambiente cargado de humo y alcohol, y la apuesta por el desarraigo (“jamás había tenido tendencia a mantener vínculos demasiado cercanos ni siquiera con mi propia familia”). El microcosmos de la ciudad, las calles del centro, las tabernas reconocibles por su nombre, la vida bohemia y nocturna, las viñetas de su infancia, la suciedad contenida en la pobreza, los efluvios alcohólicos, conforman una narrativa costumbrista y poética que baila con la marginalidad, el lumpen y la pobreza. Los espacios físicos se convierten en espacios liminales, en fronteras por las que el yo-narrador, el yo-Daco, el yo-personaje transita convirtiéndolos en universo literario (para orgullo de los sarajevitas que, tras leer algunos de estos relatos en la prensa, llevaban sus recortes en la cartera como quien lleva una reliquia a la que orar).

La prosa de Daco es afilada y directa, no se pierde en rodeos rocambolescos y golpea por su exactitud emocional, como cuando al leer el certificado de defunción de su abuelo escribe: “Siguen las firmas de dos médicos. En ningún lugar pone que me he quedado solo”. Esa densidad en las emociones, disfrazada a veces entre bromas o comentarios cáusticos, entre anécdotas y casi caricaturas, subyace casi siempre en sus relatos en forma de lo que Ahmed Burić, en el prólogo, define como “profunda tristeza eslava”. Quizás sea el encanto de una derrota que es la propia y la colectiva, la vivida y la escrita, ese intangible que, desde la veracidad, provoca ríos de empatía y reconocimiento. Los mismos ríos que han convertido a Džamonja en una figura que, desde su Sarajevo natal, cada vez se aleja más de lo local para ser ungido como un autor de culto a nivel internacional.

Pájaro en el alambre es una carta de amor a Sarajevo escrita por un alma errante de la ciudad, por un mito sarajevita que nunca se adaptó al american way of life de los suburbios, por aquella criatura marginal que precisaba de pisar su tierra para afirmar su identidad y su memoria de la vida pasada, aún con sus cicatrices y recuerdos trágicos, y que en una entrevista en la televisión local al regresar de su exilio afirmó: “Prefiero morir como escritor en Sarajevo que como cocinero en América”. Si la Sarajevo destruida por la guerra serbio-bosnia permanece en nuestra retina tal como la filmó Theo Angelopoulos en La mirada de Ulises (1995), yo recordaré siempre la Sarajevo anterior al conflicto, la ciudad mítica a la que ya es imposible regresar, como la de los relatos de Daco.

Pájaro en el alambre, Dario Džamonja. Traducción de Marc Casals. Sajalín, 2025

Gema Monlleo

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    ¡Un Lovecraft sarajevita! Lo busco.

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