Fortuna y sensibilidad. A propósito de El Jockey

En un mundo cada vez más temeroso y pusilánime es necesario aplaudir a los valientes. Luis Ortega (Buenos Aires, 1980), director de El jockey (y en 2018 de El Ángel), es uno de ellos. Por tanto, desde aquí mi aplauso. Entusiasta. Estruendoso. Enfervorizado. Vehemente. Apasionado. Eufórico.

El jockey, película con Úrsula Corberó

Salgo del cine feliz. Salgo del cine después de tomarme los últimos minutos de la película como un “karaótico” regalo al cantar, acompañando a los títulos de crédito y a voz en grito, una de las canciones de mi infancia: el atronador Un beso y una flor de Nino Bravo. Salgo del cine convencida de la carcajada de David Lynch si es que desde la eternidad es posible ver películas (me anticipo a mi futuro: espero que sí). Salgo del cine con un subidón nada corriente tras ver (y gozar) la que estoy segura de que será la película con el derroche de imaginación más disfrutón de la temporada.

El jockey, película con Úrsula Corberó - cartel

¿Quién es El jockey? El jockey es Remo Manfredini (sobresaliente Nahuel Pérez Biscayert), el paniaguado de Sirena (Daniel Giménez Cacho), con quien mantiene una ambigua relación de deudor-capo, hijo-demandante-padre-protector, y tal vez (sólo tal vez) víctima-explotador (en todas sus -¿lolíticas?- acepciones). La relación entre ambos viene de tiempo atrás, de cuando el ya descarriado Remo corría en carreras clandestinas y la fortuna (¿y la sensibilidad?) de Sirena lo auparon hasta el Hipódromo de Buenos Aires. Remo, con una innata (y sin propósito de enmienda) querencia por la autodestrucción y los desastres, triunfa como el jinete más veloz, legendario, brioso e intrépido pese a (o gracias a) su politoxicomanía.

El jockey, película con Úrsula Corberó _ 2

Remo es un personaje en busca de autor (El jockey es sobre todo una película sobre la identidad) y la personalidad que Luis Ortega (guionista junto a Fabián Casas y Rodolfo Palacios) le otorga, poliédrica y surrealista, diletante y tierna, hedonista y egocéntrica, aconsciente y entre bartlebytiana y wittgenstianamente existencial, es de un epaté visual (y argumental) constante. Junto a él, partenaire y (maternal) amante (¡”haceme la fuentecilla”!), la también jinete y joven promesa Abril (Úrsula Corberó), bajo la protección económica de Sirena aunque libre de ataduras emocionales con él.

La trama, el accidente de Remo cabalgando al caballo japonés Mishima (¿accidente?, ¿intento de suicidio -harakiri mishimiano- encubierto?), la crisis de-la-edad-madura de unos mafiosillos de tebeo propios de los hermanos Coen, la historia de amor-deseo-procreación entre los protagonistas, convierten a El jockey en una orlandiana street movie por las calles de un depauperado Baires (que contrasta con la pornográfica escena de la subasta y puja por los pura sangre, cual caravaggios recién descubiertos), en el que la belleza llega de la mano de lo insólito (la escena fetal en las escaleras del metro), y por el que transitan personajes lynchianos (el tullido, el camello ciego, las creciditas hermanas del hospital, los bebés “mutantes”, el caricaturesco dúo -cuales Dupond et Dupont- de celadores…) y animales out-of-context (un conejo a bordo de un microondas, un pajarito agarrado a la barra del subte, una hormiga escalando la nariz de un bebito). Todo ello a ritmo de tangos de ayer y de hoy, de música sacra y de hits del techno y el rock new age.

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En El jockey el imperativo kafkiano de la muerte del padre se consuma varias veces (con sombrero vaquero y sin él), el renacimiento (la resurrección) palenginésico (por un momento creí ver una actualización de El sexto sentido, ¡menos mal que no!) muta del vulgar abrigo de visón al outfit con el charme más femenino, las fábulas de domesticación (del caballo por el hombre, del extraviado por el salvador) se dibujan y deshacen en una constante (y veraz) venta del alma a sucesivos diablos, los límites de la ambición y los claroscuros del éxito danzan en el universo simbolista de la expiación y la redención, y el aleteo anóxico de un pez naranja es tanto símil como premonición surrealista de (bidireccionales) deudas a/de muerte.

Si el pacto de la ficción funciona desde un desconcierto y un paroxismo absolutamente felices (que nadie busque concordancias realistas, ¡viva la distorsión!) es gracias a unos actores rendidos a la causa (exitosa) del funambulismo interpretativo, que adoptan desde el estoicismo y la imperturbabilidad todos los giros jamesiónicos de un guion milimétrico que los aboca a una aparente fatalidad, habitantes convencidos de unos márgenes tan grotescos (que no bufónicos) como rigurosamente disparatados, exploradores de los puntos de fuga de las leyes que rigen nuestro presente desde los largos (y metafóricos) pasillos-lanzadera del metro o del hipódromo, que abrazan hieráticos la extrañeza con una melancolía seductora y feliz, aparentemente en desconexión emocional, y alejados de toda lógica convencional mientras desafían los límites de su propia fisicidad.

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Película de frases subrayadas (a veces veo películas en modo de lectura: “perdón, que no aprendí a amar”, “la mejor escuela es la de las desgracias”, “el caballo huyó de sus depredadores menos del hombre”), de colores viñético-gozosos (¡y kaurismáticos! -el director de fotografía es Timo Salminen, habitual colaborador del finlandés-) en las ropas y en las escenas diurnas (no así en las lumpénicas del inframundo nocturno), con homenajes cinematográficos más o menos velados (ese silbido killbilliano con la sombra proyectándose en la pared, esa nocturna y lynchiana lost highway, ese baile tarantinamente pulpfictionante a ritmo de la legendaria Sin disfraz de Virus, ese busterkeatonismo con el que Remo circula por la ciudad, ese polisémico -¡y conclaviánico!- tránsito almodovariano del jockey, esa contemplación hipnótica del escaparate de la sombrerería cual vardiana Cléo de 5 à 7, una actualización bizarra de la scorsesiana Jo, que noche, la excesividad y el desbordamiento de Fellini, la composición de planos cenitales a lo Wes Anderson, o una inteligente y sutil burla a El cocinero, el ladrón, su mujer y sus amante). El Jockey es tan estética y precisa plásticamente como en absoluto fría (para nada vacua), una película agitada y lisérgica, desconcertante y radical, matemáticamente caótica (nunca errática), libérrima e imprevisible, excesiva y calculadamente desbordante, de una radicalidad formal extravagante (abrazo estrecho, caminata, corte y quebrada) y en fiesta permanente.

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Patada en la boca del normativismo cinematográfico más conservador y mainstream, doblemente abrazado a la alegoría en loops expandidos y a la estética más trascendente (con escenas casi pictóricas), El jockey es un hipnótico tripi en una noche de otoño bonaerense, un excéntrico melodrama tragicómico, neonoir, onírico, y ácido, cargado de humor y cinismo, que fluye (el verbo no es banal) por una metamorfosis en ciclogénesis explosiva nada convencional (no confundir con caprichosa), aderazada con una banda sonora extradiegética e incisiva que en todo momento acrecienta los tempus de la trama, un festival queer del gliterismo y la seda que, como espectadora obnubilada, agradezco y aplaudo.

Al partir, un beso y una flor. Pura celebración de la fiesta de la insolencia y la insensatez.

El jockey (Argentina, México, España, Dinamarca, Estados Unidos), Luis Ortega, 2024. Prèmiere en España en el 72 Festival de San Sebastián 2024, y en Barcelona en el Americana Film Fest 2025.

El jockey, película con Úrsula Corberó _ Mostra de Venecia 2025

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    Dan ganas de ver la película. Gracias, Gema.
    «Película de frases subrayadas»…me encanta eso.

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