“Para el caballerizo, cuyo deber es barrer el estiércol,
el terror supremo es la posibilidad de un mundo sin caballos”
(Henry Miller)
Querida Blanca:
Tan difícil empezar a hablarte de estos treinta y cuatro años sin vernos que prefiero hacerlo con una anécdota.
La primera ocasión que viajé al extranjero no sabía que los billetes de avión a veces son de ida y vuelta y que yo nunca llegué a ningún sitio para quedarme.
A los dieciseis años, con los ojos bien abiertos, me recuerdo aquella mañana arrodillado sobre la moqueta carmesí del dormitorio buscando la lentilla perdida y preguntándome si habría caído por el lavabo situado junto a la ventana.
La encontré, me senté sobre la colcha nórdica plegada, recogí el pasaporte y angustiado por el tiempo perdido tiré el billete utilizado para llegar a Londres semanas antes, me hice con la maleta de piel negra de mi padre y descendí las escaleras a saltos.
Al pasar junto al mueble del que sustraje Homage to Catalonia, de George Orwell, supuse que no lo echarían en falta.
Corrí por las traseras de esas casas de falsa clase media que inundan todos los suburbios de Gran Bretaña, traseras en las que los sesenta metros cuadrados de jardín, huerta, cuarto trastero, tendedero, solarium y mini golf demuestran que algún día hubo alegres expectativas en sus habitantes.
Vidas traseras parapetadas de las miradas tras la hiedra, los rosales y las tablas de madera vertical y diligentemente colocadas a modo de valla.
Corrí y corrí con la maleta negra en mi mano derecha. Sorteé ángulos rectos de escasa visibilidad, dos gatos y un niño con bicicleta que a esas horas debería estar durmiendo. Seguí corriendo y pensando que no se acordarían de mí y que el autobús partiría sin que nadie me recordara.
Al llegar introduje la maleta en el autobús y comprobé con horror que no tenía billete de vuelta.
Entonces retrocedí sobre mis pasos pensando en lo estúpido que podía llegar a ser, lo inepto y poco adaptado a los tiempos que me iba a tocar vivir.
Salté de nuevo los escalones de Mr. Roger Kirby y señora. Padres e hijos me miraron estupefactos al verme entrar y salir sin dar explicaciones.
Los mismos senderos invadidos por la hiedra y por las sombras, los mismos gatos, una bicicleta distinta y mi ser adolescente sudando y dudando.
¿Por qué habría de esperarme nunca nadie si yo me sabía prescindible, como quien vive y sufre una metavida paralela, más rica e intensa en matices si cabe que la diaria?
¿Por qué no se marchaba el autobús y me dejaba en la acera jadeando y con el miedo y la incertidumbre impregnándolo todo con su impronta?
Mientras daba zancadas fui consciente de mi pequeñez, de mis muslos fuertes y anchos, de mi pánico e incapacidad para evitar que se marcharan sin mí.
Ningún amigo, ningún amor adolescente, ni siquiera el guía me recordaría. Desde Kent hasta Gatwick todos viajarían tranquilos.
Embocando la última calle adelanté a un fibroso hombre mayor, embutido en sus mallas de atletismo y absorto en los sonidos que desprendían sus auriculares. Su camiseta roja ceñida nunca la olvidé.
Entonces deseé haberme quedado solo. Ocurriría siempre lo que el destino quisiera para mí, de poco valdría que aumentara mi zancada en el futuro. Siempre tuve conciencia de mi soledad y aquella mañana, justo antes de sentarme en la butaca siguiente a la del conductor y observar que nadie me preguntaba pensé en las víctimas anónimas de las guerras. A menudo no concocen las causas de su lucha y a menudo ni siquiera existe un monumento en su recuerdo pero su presencia es necesaria para ser conscientes del vacío.
Para llenarlo con su rumor y ofrecernos su contorno luminoso a modo de señal: no me pisen o caerán.
Aquello ocurrió hace ya tiempo y ahora estoy en un tren de cercanías junto a algunos ejecutivos franceses que no sé lo que hablan a pesar del dinero que gasté en aprender la lengua de Molière, mujeres paquistaníes e hindúes enfundadas en sus telas de distintos grosores, algunas finas y diáfanas y otras opacas y densas. Nunca miran a los ojos estas mujeres.
Tampoco lo hacen los pocos británicos de rancio abolengo que parecen vivir en estas zonas, invadidas por el hijo de la Gran Colonia, el Gran Pasado, la Gran Peste que ahora parece haberlos sepultado.
La metrópoli anegada en la colonización de los pobres que llegaron en extraños vuelos de conexión desde Europa del Este o Escandinavia, como si el distraer a los ojos del fiscal blanco el origen fuera suficiente para ser aceptados.
Yo mismo, Blanca, a pesar de haber oído esta mañana que parezco irlandés y haber asentido sin sorpresa mientras recogía los peniques y el billete de metro en Great Portland Station, no sé qué pinto aquí, ahora extrañado de mi traje y mis maneras, de mi fisionomía, mi fenotipo, mi irrelevante actitud y pose permanente de consultor de marketing internacional, conocedor de todas las mentiras y los sueños, de las entrañas del comercio desde los fenicios llegados de Byblos hasta las torres gemelas derrumbadas y el caos ante y post traumático, desde el trueque de la leche por longanizas hasta los invisibles gurús compradores y vendedores de futuros a tiempo real sobre la cama o la mesa de un bistro parisino.
Yo mismo, Blanca, mantengo la conciencia adquirida aquella mañana cuando casi pierdo el autobús y sé que nunca me abandonará porque no lo deseo.
Yo mismo podría vivir en la piel de cualquiera de estas mujeres o de la chica con piercing en el ombligo que acaba de entrar en el vagón. Y vivir aquí, en un suburbio postindustrial de la vieja Europa, orgulloso de su pasado y quizás por ello obsoleto. Repleto de viviendas imposibles tras los pasillos abiertos a las vías elevadas de los trenes, los muros ennegrecidos y los portales de aluminio con un Vauxhal aparcado justo enfrente. Viviendas con lavadoras renqueantes colgadas en los balcones si los hay y grafittis como en todo sitio civilizado que se precie.
No soy capaz de ver a nadie caminar por los pasillos a pesar de mi empeño en contemplar alguna discreta escena costumbrista de media mañana.
Me he sentado junto a una de estas mujeres entreveradas de telas y escafandras, a las que con este gesto afectado intento expresar mi comprensión y solidaridad sin saber muy bien por qué.
De repente entra una revisora alegremente disfrazada de revisora amable y repartiendo sonrisas empieza a pedir billetes. Los franceses continúan su charada mental negociando el precio del Burdeos de gran añada para un comprador inglés que acaban de conocer en una feria. Eso al menos supongo por su entusiasmo y porque repiten “c´est ça!” sin cesar, como si hubieran dado con la clave que ha de solucionarles el resto de los días y retirarlos de este juego infame.
Estamos cruzando lo que debieron ser las ciénagas del Támesis, los muelles donde nunca llegaban los grandes hombres de negocios, donde era más que suficiente con que se acercara uno de sus hombres a controlar la recepción de mercancías de ultramar.
Existen iglesias a las que se adjuntaron irrespetuosos edificios y fábricas hoy derruidas y con los cristales rotos como manda la tradición tras cualquier cierre.
Un día soleado y caluroso de mayo en Londres. Dejé Madrid con lluvia y aquí estoy a punto de sudar.
Un rato después aguanto la respiración en un vagón de metro en hora punta sin tener donde agarrarme, salvo a los cuerpos que me rodean.
Mujeres sanas y bellas, hombres rollizos y colorados como nnnnnnnnnn888888ññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññññ´
ç00E7w1 Lo siento de veras, en este punto de la historia se ha encaramado a la mesa uno de los dos gatos que aún nos quedan de la camada que tuvo una gata siamesa a la que sólo le faltó hablar (aunque a veces lo soñé). Una gata que dormía en la misma cama que yo y que un día, después de haber parido cinco crías de un gato gris y peludo, murió inexplicablemente bajo sus garras. Junto al pozo del jardín la encontramos recién muerta y ahora nos quedan dos crías –macho y hembra-, siendo el macho el que incestuosamente está poniendo sus hocicos en las ubres de la gatita, que extrañamente no comprende de morales y se deja hacer. Por eso cuando al final salta sobre la mesa lo permito.
Si un gato puede matar a zarpazos a una gata y entre sus crías pretenden amamantarse, no entiendo por qué tanto recelo y tanto hedor en estos vagones.
La violencia y la belleza son conceptos íntimamente ligados. Todo dolor y llanto conlleva entrañas, seno y redención. Todo crecimiento ojos lacrimosos que se abren a la luz y enseres que se han de desechar.
Miedo a quitarnos las ropas mojadas y bailar sudando entre estación y estación.
Enfrente mío y erigiéndose por encima de las civilizaciones y los tiempos hay un caballero de traje oscuro y pajarita a juego, desplegando hieráticamente su periódico. Orgulloso de las líneas, impertérrito ante la marabunta que lo acecha, ajeno a los olores comunes y las risas de los extrañados turistas extranjeros.
Sin sudar, sin ocupar energías ni inquietud, sin temer ni dudar. Dosificando su planificada y exitosa vida hasta en el metro.
A él nadie parece rozarlo, ni meterle la cadera, ni cruzar un brazo por delante de su cara.
A él nadie. Y aunque el caballero lo ignore, el miedo y la desconfianza nos embargan, aturden y alimentan como los excrementos del caballo a quien los limpia.
A mi hija Blanca,
para que expulse sus miedos de chiquitos
Toledo, 4 de junio de 2004
(escrito en la madrugada del 31 de mayo)
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Esto:
» como quien vive y sufre una metavida paralela, más rica e intensa en matices si cabe que la diaria»
¡Está buenísimo! Me parece que en esa carta hay el germen de una novela.
Oh, los gatos…
Gracias, lo del germen está dando vueltas, posiblemente rumiando como los gatos