Desde que él se fue, padres y mitomanía desde México

Desde que él se fue

—Oye, papá, ¿qué crees? ¡Me quedé en un diplomado de creación literaria!

—Ah… qué bien. Oye… ¿y cómo quedó el América?

Eso me contestó, con palabras entrecortadas debido al covid, en la última plática presencial que tuvimos. 

Hubo otra por celular en la que, después de hablar de trivialidades, como su estado de salud, me volvió a preguntar por el equipo de sus amores. 

Le di el resultado con ánimo, como para que la victoria de 2 a 0 sobre el Atlas lo inspirara a vencer en su propia cancha.

Lo irónico es que, al final, ambos perdieron su encuentro. Los dirigidos por El Indiecito Solari, debido a una alineación indebida (en la banca había un jugador de más, el uruguayo Federico Viñas); y mi papá, por falta de refuerzos.

Todo empezó cuando tenía seis años. Como mi mamá se la pasaba trabajando, mi hermano y yo nos criamos con la televisión. Ver caricaturas y jugar Nintendo eran nuestras pasiones.

Las cosas cambiaron cuando mi papá regresó a la casa, luego de tapar la botella un día a la vez. En lo que rehacía su vida, se apoderó del control remoto. 

Los Polivoces, partidos del América y de béisbol reemplazaron a Las Tortugas Ninja y las extensas sesiones de Super Mario 3. 

Mi hermano, quien siempre ha sabido elegir sus batallas, renunció pacíficamente al estilo de vida que habíamos construido. Pero yo no.

Sesiones de cinturonazos, y una que otra cachetada, me enseñaron a no esconder el control ni el único multicontacto que daba vida a la tele. Era verano de 1994 y la tregua llegó en el México contra Bulgaria.

Mi papá estaba fuera de sí desde que arrancó el partido (más tarde supe que el motivo fue gol tempranero de Hristo Stoichkov). Me acerqué para ver si todo estaba bien y me ordenó que me sentara a su lado. Aunque no entendía nada, quedé fascinado con lo que vi.

Así fue como empezó a construirse una rutina, en la que yo disfrutaba verlo manotear frente a la pantalla, sumamente encabronado, y luego explicarme, paciente, todo lo que debía saber del deporte en turno.

Gracias al primer trabajo de mi hermano y a una beca que tuve hasta que concluí la Universidad, la familia pudo tener cable y una segunda televisión.

El control volvía a sus verdaderos dueños pero, por costumbre y amor, una tele siempre reprodujo deportes.

El espectro alcanzó nuevos colores: mi papá siempre fue de los Medias Rojas de Boston y yo de los Dodgers de Los Ángeles. Él de Tigres y yo de Diablos Rojos de México. Él del United y yo del Liverpool. La liga española nos daba igual.

De niño, dos veces me llevó al Estadio Azteca: un América-Necaxa y a la despedida de Zague (ambos gratuitos). De grande, lo llevaba yo a él.

Ir a la cancha se convirtió en manda quincenal (o semanal, si había partido de copa). Comer pescuezos rostizados, esconder pistaches y pepitas, gritar obscenidades, reírnos y platicar nuestros problemas eran nuestros votos.

Y, por supuesto, estaba el futbol. 

Ese domingo 26 de mayo de 2013 diluvió para ahogar las penas, primero, de los americanistas; y luego, las de los cruzazulinos. Los últimos 10 minutos de la final de vuelta no los vi. 

Estaba sentado con las manos en la cara mientras mi papá y Óscar, fiel amigo de las gradas, escoltaban mi pena ante el marcador adverso (0 a 2).

Primero, fue Oscarito quien, con sus 150 kilos de poder, me levantó de las axilas para celebrar el gol, en tiro de esquina, del defensa colombiano Aquivaldo Mosquera. 

“¡Te dije, cabrón, te dije!, ¡gol de Mi Roble, del Dios de Ébano!”, gritaba, mientras me devolvía a mi posición original.

En el último minuto, el portero Moisés Muñoz labró su inmortalidad con un remate de palomita que no vi hasta llegar a mi casa. Entre todos los berridos, escuché una voz con claridad.

“¡Ya ves, mijo!, ¿ya ves? ¡Vamos a ser campeones, chingadamadre!”, dijo mi papá, mientras aparecía su contagiosa sonrisa chimuela en su rostro.

Con más optimismo llegamos a la Final de vuelta del Torneo Apertura 2014, celebrada el domingo 14 de diciembre. Los locales venían de perder 1 a 0 contra Tigres, en el Volcán. Pero, desde los primeros minutos del partido, Los Cremas violentaron la defensa regia.

Al 35, Damián La Chilindrina Álvarez abrió largo y por izquierda hacia su compañero El Cacha Arévalo. Éste perdió el balón ante Miky Arroyo, volante ofensivo quien, aquel día, cobró peaje a todos quienes invadieron su carril.

Miky corrió y llegó al área chica. Ante la tibia marca de los centrales (Hugo Ayala y José La Palmera Rivas), el ecuatoriano tiró una bicicleta y se libró de ellos. 

Arroyo continuó solo y, cuando el espacio para resolver la jugada estaba por acabársele, tiró un trallazo con la zurda que se coló en el poste que resguardaba Nahuel El Patón Guzmán. 

De los tres goles que hubo ese día y nos dieron otro campeonato, ése fue el que más gritamos. Aunque me sé de memoria esa jugada, sigo viendo la repetición de ese golazo y sonrío.

Pero no todo fue gozo y lisonjas. Probamos derrotas que siguen calando, como aquélla contra el León que nos arrebató el bicampeonato; y hasta violencia, como la vez que La Perra Brava (la porra del Toluca) apedreó el camión en el que viajábamos.

O esa vez de 2015, en el Olímpico Universitario, cuando el América se quedó a un gol de estar en su tercera final invernal consecutiva. Salíamos de la porra visitante, con las manos en el aire y la impotencia en el estómago, cuando los granaderos se me vinieron encima a escudazos y toletazos.

Como perro, mi papá se les fue encima y se tiró encima de mí. La lluvia de putazos paró, de súbito, y hasta los agresores nos ayudaron a reincorporarnos.

El destino quiso que en ese estadio viéramos nuestro último partido presencial. El viernes 6 de marzo de 2020, América empató a 3 contra Pumas en un cotejo que aún me marea de sólo recordarlo.

El resto del año pandémico lo dedicamos a ver béisbol. Los Dodgers por fin conquistaron una serie mundial desde 1988, año en el que nací. 

Pudieron hacerlo en 2018 contra Boston, pero en aquel momento el equipo de mi papá era imbatible. Hubo risas y palabras de cariño después de un par de burlas.

Pese a que tenía un par de cachuchas de los Medias Rojas, mi papá siempre usaba una de Dodgers, ésa que le traje la primera vez que visité el estadio californiano.

El día que lo cremaron, mi mamá aventó al horno esa gorra.

Han pasado varias cosas desde aquel día. Red Sox anda en crisis y Los Ángeles sigue alimentando el hambre de gloria de los fans con la llegada de Shohei Ohtani (por quien pagaron 700 millones de dólares, el contrato más cuantioso en la historia de cualquier deporte).

Nuestro América volvió a salir campeón, en diciembre de 2023; y aunque fui al estadio, estuve ausente. 

Me perdí el gol de Quiñones por ir a orinar y por otra chela. Eché de menos que me regañara por mión. Grité y lloré en el segundo, anotado por El Cachorro Sánchez; y en el tercero, que fue un golazo de El Cabecita, estuve sereno. 

Antes de irme a vivir a Estados Unidos, ese falso aplomo cayó en pedazos cuando fui a despedirme de él. Saqué su urna de cenizas y por fin nos dimos ese abrazo de gol prometido, ese que me ha hecho tanta falta desde que se fue.

Manuel Tejeda (México)


Relato publicado en CanCerbero (Ciudad de México), revista hermana

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    La escena de la madrea aventando la gorra al horno es genial. ¡Candela pa lo chapeao!

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