Cangrejos de mar

Nos perdíamos entre las calas y exhaustos descansábamos desnudos en la arena. El eco de la playa apenas llegaba a nuestros oídos, sólo los latigazos del mar por domesticar. La tranquilidad de pies de cristal necesaria para barrer el estrés.

Un pack de ocho latas de cerveza, algo de comer, tabaco y papel smoking, un par de libros, crema y gafas para el sol, tu cámara y mis cosas y una piedra de chocolate llenaban nuestra bolsa de supervivencia. Hice el recuento y comprobé satisfecho que no faltaba nada importante.

– No falta nada importante.

Me gustaba dar voz a mi último pensamiento. Una manía que fui perdiendo con el tiempo. Líe un porro y cerveza en mano me levanté para dar un paseo por las rocas. Antes te ofrecí una calada que rechazaste lanzándome un beso que se estrelló con toda su fuerza en mis labios secos. Seguía sin llegar a creer en mi suerte. Eras una diosa cegada que hacías brillar todo a tu alrededor, incluido a mí.

Los cangrejos, al verme aparecer, se refugiaban en las hendiduras de las rocas. Era éste un crustáceo por el que tenía especial apego. Al llegar a la roca más alta, desde donde se veían a los veraneantes en la playa a mi derecha y el faro a mi izquierda, busqué el lugar menos rugoso y me senté a fumar. Miré hacia abajo donde estabas. Estabas sacando, con el biquini ya puesto, la cámara de fotos de la bolsa. Fingí no mirarte mientras me hacías varias fotografías que nunca llegaste a mostrarme. Guardaste de nuevo la cámara y te encaminaste hasta donde yo estaba.

– ¿Qué haces mi amor? – preguntaste al llegar a la cima.

– Asimilando.

Te sentaste a mi lado y le diste la última calada que le quedaba al porro.

– ¿El qué? – el aire removía tu pelo dorado como si se tratara de un campo de trigo.

– El peso de quererte tanto.

– Como lo dices no sé si eso es bueno o malo.

– Es como tiene que ser. Como debe ser.

– ¿Por qué no nos quedamos aquí toda la vida?. Sentados en esta roca.

Una cría de cangrejo se asomó y juraría que me guiñó un ojo. Definitivamente no podía creer en mi suerte. Y eso sabía que no era una buena señal.

– No es una buena señal.

– ¿Qué?

– Nada, nada. Perdona.

Traté de ignorarme.

– Vamos a bañarnos – dijiste atajando mis sandeces.

– De acuerdo.


Rayo

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