Pienso, luego dimito, relato de José Luis Manzano

Me llamo Eva, tengo treinta y siete años y hoy es mi último día de curro en B&S. Sí. Acabo de decidirlo. Voy a abandonar el cargo. Voy a dimitir. De hecho, estoy terminando la carta de renuncia en el procesador de textos. ¿Razón? ¡Me tienen hasta el gorro de cuentas adulteradas! ¡Harta de maquillar números que no se sostienen! ¡Ni con la ingeniería financiera más sofisticada, oiga! Basta corregir aplicadamente una hoja de cálculo para concluir que esta empresa de inversión en criptomonedas es una estafa de proporciones colosales.

Delante de la pantalla del portátil, donde llevo más de un lustro cuadrando asientos y cotejando datos (lo cual me apasiona, dicho sea de paso), pienso en comunicar la decisión a Pablo, el director financiero, mi superior inmediato (por supuesto, si la renuncia fuese por otro motivo lo haría a través del departamento de Recursos Humanos y santas pascuas). ¿De qué forma? ¿Presencialmente o vía telemática? Dada la trascendencia de la cuestión, mejor en persona. Y mejor hoy que mañana. Y mejor ahora que en media hora.

Introduzco la carta de dimisión recién impresa en un portafolio que me pongo bajo el brazo y salgo con premura de mi despacho para dirigirme al extremo opuesto de esta planta caótica y diáfana y salpicada de gardenias. La distribución funcional en empresas innovadoras brilla por su ausencia; daría la sensación de que se prima el barullo para incentivar la creatividad. A mí me parece una sandez, pero ¿qué sabe una contable criada en el mundo rural?

A medida que avanzo por esta suerte de corredor, me cruzo con informáticos que me guiñan el ojo y comerciales con sonrisas beatíficas. B&S cuenta con veintitantos trabajadores en plantilla, más del 90% del sexo masculino. No niego que trabajar en este entorno tiene un punto incómodo, pero os aseguro que no afecta a mi renuncia. Naturalmente una nunca se acostumbra a ciertas bravuconadas, chanzas a destiempo y comentarios machistas de pésimo gusto, pero aprende a sobrellevar todo eso. Admito, asimismo, que un porcentaje no menor intenta corregir tales conductas. Dudo que sea el caso del informático espigado que, a la altura de la máquina de café, sorbe un capuchino bien espumoso. Al verme por el rabillo del ojo, me entorpece el paso.

—¡Tengo que hablar contigo, Eva! ¡Necesito que me eches un cable! ¡Es urgente!

—No será tan urgente cuando degustas plácidamente un capuchino. ¡Voy con prisa! ¡Dispara!

—Necesito un anticipo. ¡600 euros! ¡He gastado lo que no está en los escritos durante las vacaciones en la Riviera Maya y ando más tieso que la mojama!

—¡Háblalo con Recursos Humanos!

—¡Recursos Humanos me envía a tu área y tu área a la suya y os dedicáis conmigo a jugar al ping-pong!

—Mi área por poco tiempo —susurro con aire indolente. Con el trajín circundante, creo que no me oye y vocea:

—¡Claro! ¡Como tú no tienes críos, pasas olímpicamente!

  ¿Por qué saca a colación lo de los críos? Me sorprende que empleados con los que no he intimado sepan cosas de mí que no les he contado. Supongo que el chismorreo es uno de los deportes estrella en empresas medianas y pequeñas. Ignoro el comentario (para lo que me queda en el convento…), dejo atrás al informático espigado y avivo el paso. Estoy convencida de que se queda mirando el vaivén de mi trasero mientras apura el capuchino. Lo he cazado tantas veces haciéndolo. No entiendo por qué: soy una mujer del montón, entrada en carnes y sin suerte en el amor.

Antes de entrar en el despacho de Pablo, al que ya oigo silbotear la banda sonora de Star Wars como buen friki de la saga, tomo la precaución de activar la grabadora del móvil para guardarme las espaldas. Si algo me ha enseñado el azar de la vida es que, durante el reparto de cartas, conviene guardarse un as en la manga. Luego me acerco con determinación al escritorio repleto de material intergaláctico y, tras ojear por enésima vez la imponente ristra de diplomas de las paredes, me siento en la silla ergonómica frente a él. Se le nota que acaba de volver de vacaciones porque este cincuentón calvo y tripudo está morenísimo. Al verlo fruncir el ceño mientras pongo el portafolio junto a un lapicero de Chewbacca, intuyo que mi presencia le escama, si bien lo disimula exclamando con una nota de contento:

—¡Qué bueno verte de nuevo, Eva! ¿Quieres un café?

—No, pero sírvete tú uno, si quieres. ¿Qué tal las vacaciones?

—Aunque no he podido desconectar del todo, de puta madre. Yo ya llevo unos cuantos chutes de cafeína. ¿Tú qué tal? ¿Cómo vas?

—¿En lo personal o en lo profesional?

—¿Ambas?

—En lo personal, nada destacable; en lo profesional no podría peor: dimito.

Con toda la solemnidad que merece la ocasión, abro la carpeta, cojo la carta y se la entrego. Pablo deja de observar fotos de sus vacaciones en el portátil y se limita a leer las primeras líneas.

—¿Bromeas? ¿Vuelvo de vacaciones y me sales con estas? ¿Qué mosca te ha picado? Replantéatelo, por favor. Me va a costar Dios y ayuda encontrar a alguien tan competente como tú.

—Es una decisión irrevocable —aseguro, impávida—. Hay un montón de contables tan competentes como yo o más en las interminables listas del paro.

—¡No me lo puedo creer! —Pablo sacude las manos y se palpa nerviosamente la calva, de la que empiezan a brotar hilillos de sudor. La carta ya reposa sobre una grapadora de Darth Vader. Con toda seguridad, se le acaban de esfumar las ganas de entonar melodía alguna—. ¿Es que no te sientes valorada? ¿O es que los comerciales te han importunado más de la cuenta?

—Nada que ver.

—¡Ah, ya lo entiendo! La competencia te ha hecho una oferta que te mejora sustancialmente el sueldo, ¿no? Te ofrecen el oro y el moro y nos dejas tirados de la noche a la mañana, sin preaviso ni nada. ¡Espera! ¡Ja, ja! ¡Lo tengo! ¡Buscas un aumento de sueldo por la puerta de atrás! ¡Madre mía! ¡Qué estrategia de negociación tan agresiva, Eva!

Qué grima me provoca su cavernosa risa. Tengo la sensación de que mi temple lo invita a elucubrar de más.

—No tiene fundamento lo que dices —le atajo—. Tiro la toalla porque B&S es un gigantesco pufo y no puedo seguir siendo partícipe de este engaño masivo sin tener mala conciencia por las noches. Lo he reflexionado mucho durante estas vacaciones y… no hay vuelta atrás. Lo dejo ya.

Plenamente consciente de la gravedad de la situación, Pablo se revuelve en el asiento y aporrea repetidamente un cartapacio de Yoda.

—¡Qué disgusto me estás dando! ¡Menuda decepción! ¿Pufo dices? ¿Acaso no entiendes la naturaleza de las criptomonedas? Los rendimientos de las inversiones se basan en una serie de productos parametrizados a largo plazo que…

—Tan a largo plazo que no existen. Y tú lo sabes mejor que yo. Porque sería inconcebible que un director financiero de tu bagaje no reparara en semejante conchabanza. La clave es el activo intangible del balance de situación. La partida de tres millones está más inflada que un muñeco Michelin. ¡Es humo! ¡Pura filfa!

Pablo emite un fuerte resoplido que acaricia mi flequillo (llevo corte garçon) y aprieta los dientes. Parece que no contemplaba ni remotamente que yo descubriera ese modus operandi.

—¿Desde cuándo lo sabes, Eva?

—Desde el principio. Lo sé todo desde el principio…

—Y, sin embargo, has dado el visto bueno a las cuentas financieras año tras año sin ningún problema. ¡Que me aspen!

—¡Tenía que comer cada día y pagar la hipoteca a final de mes!

—¿¿¿Y ya no??? —Pronto su mueca de asombro torna en desazón—. ¿A qué viene ese repentino ataque de dignidad? ¿Has hecho un cursillo de ética profesional durante las vacaciones?

—Cuando una cuestión martillea tu cabeza tanto tiempo, acabas viendo las cosas desde otra perspectiva. Además, con la experiencia adquirida, no creo que tarde mucho en encontrar otro trabajo.

—A lo mejor, sí. Imagínate que un perfil anónimo en redes sociales hace circular un rumor turbio que te pone a caer de un burro. ¿Quién te contrataría entonces?

—¿Es una amenaza?

—Es una advertencia velada.

—¡Oh! ¡Qué sutil diferencia!

Pablo deja escapar otra cavernosa risa un tanto simiesca y, atravesándome con la mirada, añade con aspereza:

—¿Pero qué pretendes? ¿Renunciar a tu cargo, decir que B&S es un gigantesco pufo y aquí paz y después gloria? ¡Es alucinante! ¡Si encima querrás que te haga una carta de recomendación!

—¿Y por qué no? Lo que es alucinante es que me adviertas veladamente, Pablo. No busco nada. Solo quiero correr un tupido velo a esta etapa de mi vida profesional. Pero lo que insinúas es muy fuerte, ¿eh?

— Podría usar métodos más expeditivos, ¿eh?

—¿A qué te refieres?

Transcurridos unos instantes de tenso silencio, en los que Pablo no para de lanzar aspavientos mientras yo compruebo disimuladamente que la grabadora del móvil sigue activa, me propone:

—¿Cuánto quieres por seguir en tu puesto y achantar el mirlo? Di una cifra y negociamos.

—¡No es cuestión de dinero! ¡Abandono por decencia!

—En un mundo dominado por el capital, ¡todo es cuestión de dinero! ¡Es el valor supremo!

—Hablemos de dinero, pues. ¿Dónde han ido a parar las inversiones de los clientes de B&S?

—Como mandan los cánones, esparcidas en cientos de paraísos fiscales a través de una red de testaferros del mejor bufete de abogados. Es decir, a buen recaudo.

—A buen recaudo para ti, ¿no?

—Tú lo has dicho. ¡No me mires así, mujer! ¡Son las reglas de juego de los capitostes que manejan el cotarro! ¡No las he inventado yo!

Prometo que no le miro de ninguna manera. De hecho, tengo la vista puesta en unas esterillas enrolladas del rincón pensando en apuntarme a yoga, ahora que voy a disponer de más tiempo libre. Lo sé. En teoría, la revelación del desfalco me debería alterar, pero hace tiempo que ya nada me sorprende en este mundo infectado de codicia.

—Estás traicionando la confianza de personas que dejan los ahorros de su vida en tus manos. ¿Es que no tienes conciencia?

—Refréscame la memoria: ¿eres nuestra contable o asesora espiritual?

—Ninguna de las dos cosas ya.

—En ese caso y para que veas lo generoso que puedo llegar a ser, te puedo convertir en accionista de B&S en un pispás. Serás copropietaria, con voz y voto en la gestión diaria. ¿Qué te parece?

Finjo que lo medito rascándome la barbilla, pero mi negativa a seguir participando en chanchullos es tajante.

—Que no quiero acabar entre rejas…

—¡La mitad de las acciones para ti! ¡Venga! ¡Tiro la casa por la ventana!

—Ya me quieras comprar con mil acciones, no participaré en esta huida hacia adelante. Pero estate tranquilo: mis labios están sellados.

Pablo adopta otro gesto airado; estoy convencida de que se muere de ganas de arrearme con el cartapacio de Yoda en los morros. Por si acaso, me levanto ya, cojo el portafolio, giro los talones y me alejo rápidamente, no sin antes despedirme con una exquisita educación que sin duda no merece. Si bien, en un primer momento, Pablo permanece sumido en la perplejidad, sin decir ni mu, luego se apresura en alcanzarme, exclamando:

—¡Ni hablar! ¡Tu palabra no es suficiente! ¡La gente la incumple a todas horas! ¡No hay honor en esta sociedad desnortada! ¡Quiero algo tangible, palpable!

Reprimo decir «sabias palabras para un estafador de activos intangibles» y, señalando la carta de dimisión, le indico:

—Si te hubieras molestado en leerla con atención, habría visto que me comprometo a no divulgar nada de mis labores. Y lo firmado va a misa.

Sin saber si lo que digo es cierto, Pablo suspira de alivio y deja que me marche sin mostrar mayor oposición. Y me desplazo mansamente por el corredor (que ya no recorreré más) y vuelvo a toparme con el informático espigado, quien golpea la máquina de café porque se ha tragado monedas, al parecer. Cesan milagrosamente los porrazos al situarme detrás de él.

—¿Me acabas de pedir un anticipo y no paras de tomar capuchinos? —bromeo.

—¡Necesito cafeína por doquier y ese anticipo como el comer! Aparte de los gastos en la Riviera Maya, me cuesta una buena talegada el cole privado de los críos. Desde el divorcio…

—No insistas. Soy excontable de B&S.

Para restar dramatismo al hecho, me encojo de hombros con expresión indiferente, pero él me mira con un atisbo de compasión y acabo devolviéndole una sonrisa apesadumbrada. Ahora que me fijo en sus ojos, veo que los tiene negros como el tarquín. Y como yo. Quizás tenga el corazón lleno de espigas. Como yo.

—¿De veras? ¿Qué ha pasado? Si necesitas algo, yo…  —se ofrece gentilmente, rozándome el codo con la mano.

—Si me das tu teléfono, te envío el audio con la razón de fondo. Quién sabe. Podrías venderlo a algún medio de comunicación y llevarte lo equivalente al anticipo del salario por la exclusiva. El problema es que tendrías que buscarte otro trabajo.

Aunque se le dibuja un interrogante en la mirada, no le aclaro nada del tema, preguntándome si traiciono lo firmado en la carta de dimisión si le diera la grabación. Tiendo a creer que no. Después de anotar su número de móvil, puedo afirmar que digo adiós a esta empresa de inversión en criptomonedas con la cabeza bien alta, y tal vez con el teléfono del amor de mi vida bajo el brazo.

José Luis Manzano

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. dovalpage dice:

    ¡Qué buena historia! Y también aprendiendo modismos españoles…no conocía la palabra «pufo.» Y «en un pispás»…¡Me encanta!

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