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Un lugar al que regresar: Leer a Chris Offut

Chris Offut, escritor

“este país se ha ido a la mierda desde que murió Johnny Cash” (*)

“I hurt myself today

to see if I still feel

I focus on the pain

the only thing that’s real”

Hurt, Johnny Cash

Confío ciegamente en Chris Offutt. Desde que me fascinó con Noche cerrada sé que leer un libro suyo es puro deleite literario. Y sé también que parte de ese goce lector consiste en viajar de nuevo a los Apalaches de Kentucky, y en emerger directamente en Rocksalt si el protagonista de la historia es Mick Hardin. Conozco sus calles como si hubiese vivido allí, las gasolineras (ahora impersonales tiendas 24 horas), los restaurantes (food track de comida mexicana included), las casas que se esconden en el bosque tras los afluentes de la carretera principal, el impenetrable carácter de sus habitantes (esos que se saludan “con un gesto de reconocimiento sin ánimo de sociabilidad”) y su fatum fatal (“solían tener muertes prematuras. A los treinta, todos conocían a unos cuantos residentes del cementerio”).

Abrir las páginas de una novela de Offutt de la Cuatrilogía de los cerros es reencontrarme con personajes amigos (Mick Hardin, Linda, Johnny Boy, la señora Shifty, Ray Ray…) dispuestos a sufrir por los sucesos en los que se vean envueltos y a hacer equilibrios en territorios morales fronterizos pero en los que, pase lo que pase, no perderán su honor. Porque este es el tema central en las novelas del bueno de tío Offutt: el honor. Un honor que muchas veces va más allá de la ley, un honor que encuentra sus propios vericuetos para mantenerse enhiesto e intacto, un honor que hace que la empatía que siento por los hijos (buenos) de los cerros se convierta también en admiración.

En La ley de los cerros el siempre-héroe-a-su-pesar Mick Hardin (recién retirado de la División Criminal del ejército) regresa a Rocksalt para pasar unos días con su hermana, la sheriff Linda. Ellos son hermanos antitéticos, de esos que se aman pero que no pueden pasar demasiados días juntos, unidos no sólo por el parentesco sino por una infancia difícil, supervivientes ambos de un déficit de amor que sigue lastrando sus relaciones personales (“cada uno era para el otro la única familia que le quedaba en el mundo. Pese a sus diferencias -muchas y extremas- detentaban la lealtad de los cerros”). Su regreso coincide con una investigación de dos asesinatos (escopetas, graneros para peleas de gallos -“olía a matanza, whisky y cigarrillos”-, serpientes de cascabel -en este caso no las de los predicadores manipuladores de serpientes-, coches de carreras…), que se complica con el grave disparo que Linda recibe, la promoción forzada del ayudante Johnny Boy a sheriff en su sustitución y el casi autonombramiento de Mick como ayudante. Los que deberían haber sido unos días de vacaciones (curioso concepto para Mick, en ninguna de sus definiciones posibles soy capaz de imaginarlo confortablemente: “dejar el ejército había eliminado la necesidad de pensar con rigor, pero no le gustaba como se le derramaban las ideas”), quizás de contrición y disculpa ante la operadora de la oficina del sheriff  Sara Cadwell, con la que mantuvo un inacabado affair en Los hijos de Shifty (“todo lo que había hecho en su vida civil había sido un error. Solo despuntaba en el ejército, siguiendo órdenes, cumpliendo misiones específicas”), de reencuentro con viejos conocidos del pasado (Ray Ray Kissick, Albin, Chet Logan)… se convierte, Offut style mediante, en una nueva misión para Mick una vez Linda atraviesa las puertas de la UCI del hospital de Rocksalt con un balazo en la tibia izquierda. Porque si han tiroteado a Linda nadie como Mick para descubrir quién y por qué (“echaba de menos hablar con su hermana, hablar con alguien que lo conociese tan bien. Los demás estaban muertos o habían salido de su vida”). Porque el vínculo de la sangre es sagrado en los cerros de Kentucky y porque el espejismo de la muerte reactiva en Mick los resortes de la justicia más ancestral.

“El pasado no existía. El futuro tampoco. Ocupaba el presente junto a su hermana herida del mismo modo que aguardaba el momento de entrar en combate”. Y así sale Mick del hospital, una vez mamá Shifty se queda al cuidado de Linda (porque esa es también la ley de los cerros: devolver el favor tras haberla protegido de una venganza criminal en una entrega anterior), dispuesto a entrar en combate, con la misión de descubrir por qué unos asesinatos que parecen estar relacionados con las peleas de gallos (su organización clandestina, los espolones envenenados, el posible amaño en las apuestas…) han terminado con su hermana gravemente herida. Mick sigue la pista de una posible testigo hasta la fantasmal ciudad de Detroit subido a su vieja stepside del 63 (“estaba acostumbrado a compartimentar la mente: mientras conducía con la parte frontal del cerebro, con la posterior recorría los parámetros de su misión”) y en Detroit volverá a ser el soldado Mick, el de la mochila con el equipamiento de expedición estándar del ejército (“le gustaba el rigor de llevar siempre los mismos suministros cada vez que se embarcaba en una operación. Saber que estaba preparado para cualquier contingencia le permitía centrarse en el objetivo principal”), el del estado de alerta permanente mientras solicita amparo al capo de la heroína de la ciudad (metaliteratura: ¡es el Charley Flowers de Ciudad muerta de Shane Stevens!), el que se pelea entre mesas de billar mientras espera informaciones nuevas, el que pide y ofrece favores que sabe (y no teme) que vendrán a reclamarle. En Detroit aflorará de nuevo el código de honor del soldado Mick, una Detroit que deviene trasunto de Las Vegas cuando los hechos, las deducciones y las confesiones requieren invisibilidad y silencio: la necesidad de acomodar las pistas según las reglas morales de un soldado ante el que casi todo fin justifica los medios, especialmente allí donde hay violencia contra las mujeres (“a lo mejor es que no quería arrestar a nadie por algo que él mismo no habría dudado en hacer”).

El resto, la resolución del caso, el puzle de carambolas, los cameos de conocidos del pasado (literario, se entiende), los espejos para Mick (“un aura de soledad envolvía a Janice, no de la que se obtiene espantando a la gente, sino evitándola”), los duelos de western implícitos (“los dos hombres se atravesaron con la mirada. Ambos contemplaban una versión de sí mismos: el pasado y el futuro. No les gustó”), las venganzas (“los humanos son los únicos animales que matan por represalia”), los destierros (los de novelas anteriores, los que comienzan ahora: “dejando a un lado el idioma, vivir en una isla se parecía mucho a vivir en el condado de Elridge, cercado por el mar en lugar de por los cerros”), las pruebas que certifiquen la historia que será la historia oficial… El resto es filigrana literaria en modo Offutt (estoy por inventar el offuttismo como etiqueta de precisión quirúrgica para el country noir), el resto es festival y disfrute lector mientras las piezas encajan sabiendo que en los próximos seis meses, los que Linda va a necesitar de recuperación y fisioterapia antes de reincorporarse de nuevo a su puesto, Mick Hardin no va a poder marcharse de la oficina del sheriff de Rocksalt (en el fondo, querido Mick, creo que tampoco quieres).

Termino La ley de los cerros dibujando un mapa en mi mente con los personajes de los libros de Offutt y sus apariciones en las diferentes novelas, una pared de fotografías inventadas con chinchetas e hilos que unen narraciones y protagonistas, hechos y secundarios, paisajes y leyes intrínsecas y atávicas (“los cerros eran como un nudo corredizo: cuanto más forcejeabas más te apretaban”). Un cuadro con humanas mariposas nabokovianas de Rocksalt en el que el trino de arrendrajos, estorninos, petirrojos, pitos crestados, cárabos y cigarras resuena entre sicomoros, arces, gikos y jicorias ovadas mientras cierro las páginas del libro tercero de la saga de los cerros.

La ley de los cerros, Chris Offutt. Traducción de Javier Lucini. Sajalín, 2024.

(*) El señor Reeder a Johnny Boy en el capítulo 5.

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