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Ray Loriga: El inicio de una historia de amor

Ray Loriga (Foto de Diego Lafuente)

Ray Loriga (Foto de Diego Lafuente)

Música para ecuchar durante la lectura.

Mientras leo las páginas de su nuevo libro, con esa sensación de reencuentro con la chica que te había olvidado, no sólo disfruto del presente sino de los fogonazos del pasado que no dejan de explotar en mi dormitorio.

Contexto:

Fuimos clasificados como la Generación X, descendientes de la generación silenciosa, hijos de los primeros boomers y mayores que los millennials. Vivimos los últimos años de reinado de los vinilos y casetes, presenciamos la llegada de los CD, los ordenadores portátiles y el nacimiento de internet. Nos vimos bombardeados por el consumismo más desenfrenado y abrazamos la música grunge y el hip hop al compás de la MTV. Para muchos éramos holgazanes, cínicos y apáticos, aunque la frustración y la ansiedad nos calzaban como un guante. Hablábamos de Cobain como si fuera uno de los nuestros, sintonizábamos a Paco Pérez-Bryan, nos adentramos en la literatura de los malditos y el futuro, en nuestras conversaciones nocturnas acompañadas de alcohol, parecía ser un agujero negro.

Perdedores dispuestos a ganar la última mano compartiendo nuestra soledad.

¿La cruda realidad? Nunca nos tomamos todo demasiado en serio, pero disfrutamos enormemente del juego.

“A veces me he sentido como un puzzle en manos de un imbécil”.

 Hay libros que parecen predestinados a cruzarse en tu camino. Rectángulos encuadernados sin frenos que por razones insospechadas escogen el momento y lugar exacto donde golpearte y romperte todos los huesos.

Durante mi juventud fueron varios los amagos. “El Guardián entre el centeno”, “El lobo Estepario”, “En el camino”, “Catedral” o “Cartero”, libros destinados a cambiar el rumbo vital del joven lector, habían dejado en mi cuerpo algunas heridas ya cicatrizadas con una admiración que el paso de los años ha ido engrandeciendo.

 Pero me mantuve en pie, como Sugar Ray Robinson ante Roberto “Manos de Piedra” Durán en Montreal. Derrotado, sí, pero no por KO.

 Todo cambiaría en 1993.

 Paseando por las calles de Madrid, sin rumbo fijo, en una de las habituales mañanas frías donde las clases de la universidad seguían su curso sin mí, la mirada en blanco y negro de un tipo de larga melena al otro lado de un escaparate, jodidamente guapo y desafiante con su chupa vaquera, sosteniendo una cerveza en la mano engalanada con dos anillos, uno de calavera y otro de ónix negro, congeló mis movimientos.    

-Are you talking to me? – murmuré dejando que las palabras se perdieran entre al vaho y el humo del cigarrillo.

 Cabrón, pensé, y encima menudo nombre. Ray, Ray Loriga. Con un nombre así uno siente que puede entrar a cualquier sitio con la cabeza alta, sin dar explicaciones, ajeno a ofensas y envidias.

 ¿Y el título? Qué decir del título. We can be Heroes/Just for one day. Bandera blanca, reverencia y entrar en la librería cartera en mano fue todo uno.

Horas después, en El Palentino, había devorado las 176 páginas a ritmo de cervezas y patatas bravas. Una primera lectura sin masticar, un mal hábito que aún no he sido capaz de corregir, que me pasó por encima y por dentro. El eco de la voz del protagonista retumbaba en mi cabeza, frases que se habían adherido sin necesidad de subrayar o digerir, como si tuvieran vida propia, ajenas al contexto donde se enmarcaban.

 “Sabes que todo lo mejor vendrá con los cambios, pero tienes miedo al cerrar la puerta porque ya habías aprendido a manejar las antiguas desgracias, suele pasar, no es nada extraño, un héroe sin miedo es un héroe muerto.”

 La vuelta al apartamento compartido con la chica pelirroja de un ojo de cada color (para ser fieles fui a la casa de mis abuelos, donde con tanto amor me acogieron durante aquellos años, pero el efecto dramático no es el mismo) fue un Walk on the Wild Side a lo Pacino tarareando Under the Bridge mientras pensaba en ese chaval/estrella que desde su habitación vivía a través de las canciones y soñaba con ser un ángel. El ángel al que todos aspirábamos.


“No es fácil que confíes en ti mismo cuando todos confían en que seas alguna otra cosa distinta.”

 Tras cenar las empanadillas de mi abuela (no de la chica pelirroja de un ojo de cada color), sin discusión la mejores del mundo, y una charla futbolística con mi abuelo, madridista que logró lo impensable, que me alegrara por las victorias del equipo blanco, por él claro, porque le quería a rabiar, me encerré en la habitación y me sumergí, pausadamente, de nuevo en las profundidades del pequeño tesoro.

“Olvídate del mapa pero no del tesoro”.

 Y volví a leerlo. Y a escucharlo. Sobre todo a escucharlo. Saboreando su prosa poética con sabor a rock and roll. Porque sí, era un libro. Pero también un vinilo de rock, con sus capítulos/canciones independientes compuestas por un narrador cuyo nombre nunca sabremos ni importa. Y al final, al quitar la aguja del surco de la última página, todo adquiría un sentido, un sentimiento que estaba por encima del relato. Un saber que no estás sólo. Que éramos muchos.

“La tristeza es algo constante. Las canciones se dedican a tapar la tristeza igual que el ruido tapa el silencio. Así que cuando las canciones se acaban, vuelve la tristeza.”

 Que hacer de la soledad una vocación puede hacerte sentir un placer semejante a  las primeras drogas, iluminarte con luces de neón por un instante, pero al final se funden y llega la oscuridad. Y más te vale despertar en busca de un mundo más luminoso donde no existan cabrones que perviertan tus sueños forzándote a un exilio interno para seguir adelante.

Fue, en una época en la que al igual que en la novela  el pasado y el presente se fusionaban en un solo espacio temporal, la banda sonora que a muchos nos hizo volver a bailar.

«Salta del tejado y aplasta mis flores, estaré contigo cada vez que te acerques a lo que eres, seas lo que seas.”

 En la actualidad, todavía hay momentos que siento su llamada. Noches de insomnio en las que cuestiono si aún soy quien alguna vez aspiré a ser, si he elegido los caminos adecuados, si mi antiguo yo me miraría con orgullo. Ya no son lecturas de manera continua y cronológica, sino seleccionando fragmentos al azar que, de manera sistemática, logran dibujar una sonrisa en mi rostro. No somos los mismos, pero nunca lo pretendimos. Sólo estrellas que aprendieron a volar.

Sólo puedo decir,

Gracias Ray.

Como toda historia de amor, las relaciones tienen sus altibajos, pero el primer amor nunca se olvida, y afortunadamente la mayoría de los reencuentros con las obras del autor, mientras ambos hemos ido madurando, sufriendo, disfrutando, viviendo o enfrentándonos a la muerte, han sido maravillosos.

“De todas formas, creo que lo que uno se inventa es más real que lo que a uno le pasa. Al fin y al cabo, lo que a uno le pasa no deja de ser un accidente.”

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