La cajita de madera
Yo soy así. Como se me meta algo entre ceja y ceja, no paro hasta que no lo logro. Lo procrastino todo.
Está de rabiosa actualidad esto de procrastinar. Es muy «cool», muy «pro», muy «in», o dicho para que todo el mundo lo entienda: muy de redes sociales. La gente se saca fotos con los platos sin fregar y la cama sin hacer y muestra con orgullo las esdrújulas sin tilde, las parejas sin compromiso y los dientes sin cepillar, pero es todo puro postureo. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para no caer en la tentación de hacer las cosas. Cualquiera no sirve. No, no sirve cualquiera.
Yo, además de ser muy hábil, estar atenta, no dejarme llevar por las apariencias y actuar con rapidez, tengo un método infalible: en cuanto noto que me entra la tentación, la corto de raíz con una navaja suiza que siempre llevo encima.
Sin embargo, a punto estuve de flaquear cuando me pasó lo de la señora esa y su horripilante cajita de madera.
Fue el verano pasado. Había salido a no hacer deporte, en plena hora punta, esa en la que los rayos de sol inciden perpendicularmente sobre nuestras cabezas y nos achicharran el cerebro. Terminé agotada así que, para volver a casa, cogí el metro y, como es mi costumbre, me bajé en la tercera parada. La tercera parada nunca es la mía, por eso me gusta tanto.
Recuerdo que los andenes estaban atiborrados y que se formó una larga cola en las escaleras mecánicas para salir de la estación.
Con el trasiego de los que íbamos y veníamos, la puerta de la calle estaba abierta y a través de ella se colaba un viento gélido. A pesar de que había tenido la precaución de ponerme botas y calcetines de lana, las bermudas de flores y la camiseta de tirantes eran insuficientes para apaciguar las bajas temperaturas estivales con las que convivíamos esos días. Algunos hablaban de cambio climático, ¡qué tontería!
Me disponía a colocarme la bufanda con doble vuelta y lazada para no constiparme cuando una mujer con los labios muy rojos, el pelo muy naranja y un abrigo muy verde que no le conjuntaba con el color de sus ojos chocó conmigo intencionadamente y colocó entre mis manos una cajita de madera tan pequeña y frágil que parecía de cristal.
—No permitas que le pase nada —me susurró en los labios. Fue bonito y extraño a la vez, como un beso hablado. Hay gente así: no sabes si te habla o te besa. Después, la mujer se perdió entre el gentío que bajaba por la misma escalera mecánica que yo había utilizado para subir.
Me entraron unas ganas terribles de tirar la cajita de inmediato al contenedor. Y a punto estuve de hacerlo, pero saqué mi navaja, la suiza, la de antes, y corté la tentación de raíz.
Llegué a casa temblando; tenía los pies hinchados como el ego de un politicastro y las manos entumecidas de apretar la cajita que me había dejado en custodia la señora de colores estridentes. Posé la cajita sobre la mesa, puse el aire acondicionado, no comí y me tumbé en el sofá a no ver la tele para evitar pensar más en ella.
Cuando calculé que la película que no estaba viendo ya habría terminado, me levanté y recorrí cada centímetro de mi casa en busca de un mal sitio para guardarla. Lo encontré al cabo de unas horas, pero no sucumbí a la tentación de dejarla allí y finalmente la metí en la nevera, entre un calamar sin tentáculos y tres latas de guisantes.
No la he abierto.
Nunca.
Estuve a punto de hacerlo un día que me picaba mucho la curiosidad. Me rasqué durante semanas hasta que se me pasó. Casi se me levanta toda la piel.
Pensaba que el peligro ya había pasado cuando, de pronto, me entró una tentación que se notaba a la legua que era una tentación inusual; tan inusual como un pirata con pata de palo viviendo dentro de un ascensor. Saqué rápido la navaja y me dispuse a cortarla de raíz, como hago siempre con las tentaciones, pero la muy ladina me esquivó y se parapetó detrás del sofá así que no tuve más remedio que cortarme apresuradamente los dos dedos que ya estaban sobre la tapa de la desvalida cajita de madera.
Desde entonces la tentación inusual no ha dejado de crecer. Ha ensanchado el tronco y ha echado ramas, ramitas, hojas, flores y frutos secos.
Para combatir las ganas de caer en ella, he tenido que recortarme el pie izquierdo, el pelo, el lóbulo de una oreja y la punta de la nariz. Y a pesar de todo el cuidado que le pongo, creo que las ganas se han infectado porque se me empieza a gangrenar el sentido, —el común no, el del olfato—, y no me percato de que la cajita empieza a oler mal. Como si hubiera un cadáver dentro. Cuando enchufo la nevera, es tarde: la cajita huele ya como si hubiera seis cadáveres dentro.
Los vecinos llaman a la policía. Los bomberos echan la puerta abajo y aprovechan que yo estoy subida en lo alto de la tentación inusual, podando las ramas superfluas, para abrir sin mi permiso la cajita de madera.
Bajo de un brinco. Me acerco. Tengo que volver atrás y colocarme una toalla húmeda sobre la nariz y la boca para no vomitar. Me acerco de nuevo. Miro. Está llena de nada. Vacía. El olor es insoportable. Casi tan hediondo como el vacío existencial de mi madre.
La policía se lleva la cajita de madera como prueba de un no asesinato.
Los bomberos prenden fuego a mi casa para evitar que se propague por el barrio el vacío, la nada, ese olor putrefacto que lo impregna todo.
Una ambulancia arranca conmigo dentro. Ponen la sirena —las sirenas no son tan bellas como cuentan y cantan más bien mal— y aceleran. Todos los coches se apartan a nuestro paso; incluso el autobús se hace a un lado. Me siento importante y eso me incomoda. No me gusta sentirme importante. Sentirse importante es malo para la salud. Mi marido murió de un ataque de importancia al ego. Pobrecillo, no pudieron hacer nada por él.
Esto no me gusta. Vamos demasiado deprisa y me están entrando unas ganas locas de salir de aquí. Maldita tentación, me persigue allá donde voy y no me deja vivir en paz. La cortaré de raíz. La navaja. Necesito la navaja. ¡Dónde está mi navaja! Mis bolsillos están vacíos, llenos de nada, huelen a muerto.

