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Lolita merece vivir. Ceci n’est pas un roman, por Luna Miguel

Luna Miguel, autora de Incensurable

Luna Miguel, escritora, en su casa de Barcelona, 24 de septiembre de 2025. Victòria Rovira / Araba Press / Barcelona

“ser lectora también significa poner el cuerpo,

y, siguiendo esa lógica, ser lectora de Lolita

es algo así como tentar a la muerte”

Luna Miguel

Entre 1928 y 1929 el pintor surrealista René Magritte pintó una serie de cuadros que se revelarían precursores del arte conceptual bajo el epígrafe La Trahison des images. Uno de los más famosos es el que muestra una pipa y que lleva por título, un título inserido en el propio cuadro, Ceci n’est pas une pipe (Esto no es una pipa). La provocación magrittiana es cierta, el cuadro no es una pipa sino la representación de una pipa, un óleo sobre lienzo que simula algo y que, con la negación del texto, nos hace cuestionarnos la realidad, la representación y el lenguaje. Ese mismo cuestionamiento es el que me lleva a afirmar de Incensurable, la segunda novela de Luna Miguel (Almería, 1990), que no se trata de una novela. Ceci n’est pas une roman. Porque Incensurable es un ensayo disfrazado de novela, de trama, de argumento. Porque Incensurable es un trampantojo del cómo para cuestionar el por qué. Porque en Incensurable hay una protagonista-flautista-de-Hamelín, unas ratas que infestan la sociedad y unas jóvenes que siguen a la profeta, y todos son sólo un instrumento, una excusa, el subterfugio bajo el que Miguel analiza la mirada con la que se ha leído-analizado-cuestionado-alabado-denostado la novela Lolita de Vladimir Nabokov. Y es a partir de esa multiplicidad de miradas, lanzando la no-trama a un futuro cercano (1929, no casualmente cien años después de que Virginia Woolf impartiese en los college femeninos de la Universidad de Cambridge la conferencia que daría lugar a Un cuarto propio), distopizando la intersección entre cultura de la cancelación y censura, desde donde Miguel, letraherida por la “luz de mi vida, fuego de mis entrañas” (afirma leer Lolita una vez al año), ensaya-elucubra-filosofa-señala-ilumina el libro de Nabokov acompañándolo de reflexiones sobre la escritura y el lenguaje, el poliedrismo de la (pos)verdad y las teorías sobre el escritor-macho (Philip Roth, Ramon J. Sender, Charles Bukowski, Gustave Flaubert, Søren Kierkegaard, Alain Robbe-Grillet…), a modo de addenda a lo que ya escribió en su El coloquio de las perras (Capitán Swing, 2019).

Lectrice Santos, escritora, filósofa, investigadora, es invitada por una universidad madrileña a impartir una conferencia sobre el placer y la censura. Al convertir su discurso en un monográfico sobre Lolita, la novela inencontrable (Lo-), la novela desaparecida al más puro y dictatorial style (-li-), la novela que para las nuevas generaciones nunca existió (-ta), es “escracheada” en la universidad (¡por las propias estudiantAs!) y, hameliniana aunque perdiendo alumnas, con el mismo “sudor y flirteo” que ha utilizado de forma recurrente en su vida, regada en alcohol, continúa su homilía lolítica y telepredicadorial por las calles de Madrid hasta desembocar en su casa. Si el narrador de Lolita, Humbert Humbert, es un “poeta confesor”, Lectrice Santos (faustiana, a ratos doctora Jeckyll, a ratos misses Hyde) confiesa sobre Lolita y se confiesa a través de Lolita con la misma intención (argumental) de Humbert en la novela: ser admirada y amnistiada.

¿Es lícito seducir intelectualmente a un grupo de jóvenes para profetizarles La Verdad? ¿Es este evidente paralelismo con las relaciones asimétricas de poder Humbert-Lolita vs Lectrice-alumnas un señalamiento práctico del hecho literario (d)escrito por Nabokov? ¿Está Lectrice, transcripción mediante (sí, como en los juicios: lo dicho transcrito), penetrando (sí, ese el verbo), desde su propio placer por el épaté, las mentes de las ya-no-tan-nínfulas-alumnas? ¿Cuánto hay de húmbico (“la necesidad del confesor por dibujar realidades paralelas donde su deseo es lo único”) en la voluntad de victoria, enfrentamiento y orgullo de Lectrice? ¿Hay en este juego de matrioshkas sobre los “peligros físicos y mentales” de la lectura una llamada urbi et orbi para seguir poniendo el cuerpo a pesar de la angustia-ansiedad-incomodidad que pueda provocar un texto? ¿Si “hay ciertos libros que deben entregarse como un puñal”, Lectrice se vale de Lolita para un sepputku intelectual colectivo? ¿Es la obliteratura (la anulación de la literatura) un estado de la cuestión ace(he)ptado en 2029 y por tanto un grito de alerta de Miguel en 2025? ¿Sucumbimos o resistimos a nuestro “pudor de espectadores”, gracias al báculo del pensamiento crítico, ante lo erótico (violento), libidinoso (violento) y obsceno (violento) que hay en Lolita? ¿Contiene el amor-macho (violento) de Humbert Humbert (amor-nostálgico, y violento, amor-envidioso, y violento, amor-celoso, y violento, amor-redundante, y violento) todas las trazas del hombre fatal que tan bien describió Elisenda Julibert en Hombres fatales, Metamorfosis del deseo en la literatura y el cine (Acantilado, 2023)? ¿Por qué el patriarcado siempre leyó a Humbert Humbert como víctima (redoble irónico de tambores) de la mujer fatal, por más que la mujer sea una niña secuestrada y violada? ¿Y no hay algo de ese amor-macho del estereotipo intelectual (escribe, lee clásicos con devoción, habla idiomas, adora su mente, cree que la belleza y el lirismo de sus palabras disculpará sus crímenes) en la propia Lectrice?

Ante todos estos interrogantes me pregunto: ¿ha querido Miguel escribir un ensayo en el que la materialización de parte de su tesis se inscribe en la (compleja) personalidad de su protagonista como demostración a la inversa de lo teorizado? Escribe Miguel sobre Humbert: “La literatura, sin distancia, es peligrosa; la escritura, sin mediación, se somatiza, y al final leer mata, pues hasta el más listo de los hombres puede quedarse sin aire, enmarañado en sus metáforas”. ¿Escribe Miguel sobre Humbert? ¿O escribe Miguel sobre Lectrice a propósito de Humbert (“el amor macho no contempla su desgarro…algo que termina por aplacar todo atisbo de bondad en favor del egoísmo”)?

Incensurable juega a la distopía selectiva con el borrado de Lolita para alertar, no tanto sobre la cancelación física o concreta de un título (algo que, por otra parte, ya está sucediendo en bibliotecas de Estados Unidos, como ya sucedía anteriormente en algunos países de Oriente Medio), sino para señalar como en una sociedad cada vez más timorata frente a campañas de acoso y derribo es la autocensura la que abre el camino a las cancelaciones posteriores (“a veces la censura es ignorar deliberadamente una idea irritante”). Miguel, en un juego de espejos constante, trasunta Lolita flaubertiana (Lolita c’est moi) o biblioteca bradburyana en el bosque de Farenheit 451(Yo soy Lolita de Nabokov), Lectrice menard-borgiana a ratos, Lectrice ególatra-humbertiana otros, Lectrice-Sirin también, advierte sobre el poder de la belleza en el arte (“el abismo de un placer desconocido que nos engancha”), el mismo poder que le hace afirmar a Angélica Liddell que “entre salvar a una persona o a un Caravaggio, hay que salvar al Caravaggio”, el de una perfección literaria en la novela de Nabokov que “a una se le olvida pronto que lo que está leyendo es la confesión de un crimen y, sin haberlo pensado ni consentido, desea participar en él”, la epidemia de la sugestión bajo la que comulgamos con el punto de vista delirante y deseante de Humbert (“el polen glitterado que esnifa”). La misma fascinación literaria que, azuzada por la mirada de los 70 sobre Lolita, llevó a escritores y filósofos franceses a exigir la despenalización de las relaciones sexuales entre adolescentes que consintiesen (sic) y adultos (Sarte, De Beauvoir, Deleuze, Barthes). La fascinación literaria que convierte la lectura en fascinante “lectura somática”, en licantropía bibliófila, en antropofagia escrita, y que carga, también, con sus consecuencias: “a mí me dolía leer”. La fascinación que debe ir, weilianamente, acompañada de la lectura atenta “pues la atención es el acto más humilde”, teoría que Lectrice difunde por más que no suela ser el lugar desde el que ella lee.

Transitan por Incensurable escritoras que rehúyen la comodidad de lo políticamente-banal-aceptado-correcto, escritoras que abofetean (palabras mediante) a los inspectores de linóleos viejos desde la transgresión de su arte: Ariana Harwicz, Angélica Liddell (casi la escucho gritar las palabras de Miguel: “¡si el narrador se dirige a ustedes, no se lo crean!”), Marguerite Duras, la Iris Murdoch de El mar, el mar (y los paralelismos Arrowby vs Humbert), Annie Ernaux, Maria Luisa Bombal, Azar Nafisi, Inger Christensen, Sara Torres (“todas las lesbianas llevamos dentro a un escritor macho”), así como filósofas y pensadoras que se han interrogado acerca del placer, el deseo y el arte en un contexto patriarcal en el que el donjuanismo “no es tanto ensoñación nínfica como tanatofobia”: Anna Dufourmantelle (“si el sexo despierta odios es, entre otras cosas, por su poder de rebelión”), Aura Gondoloero, Hélène Cixous, Jane Hirshfield o la ya mencionada Elisenda Juibert.

Ensayo novelado, novela trampantojo, Incensurable entronca con las narrativas de Catherine Lacey en Biografía de X (Alfaguara, 2024) o de Marina Azahua en Archivo agonía (Sexto Piso, 2025) al revolver las fronteras intra-géneros y convertir la narración ficcional del Gran apagón L. (no sólo L. de Lolita, también L. de Lotofagia) en un aviso a navegantes contra la lectura higienizada, la que busca la confirmación ideológica, en una exhortación a favor del derecho al conocimiento, también del que nos incomoda, también del que nos causa miedo o consideramos enemigo moral (“pecado mío, alma mía”). Houellebecquiana en su prosa descarnada (sí, este es el adjetivo-macho que escojo) y salpicada por un ácido sentido del humor, Miguel ofrece un análisis desacomplejado sobre el placer de la lectura aunque devenga obsesivo (o precisamente por serlo), sobre el arte en general por más que (o precisamente porque) nos confunda, que convierte su Incensurable en un manifiesto elíptico sobre la belleza como acto último de resistencia.

“Lolita vive, porque los grandes libros no se obliteran, son presencias continuas que sólo precisan una oportunidad para andar de carne y hueso entre nosotras”

Incensurable, Luna Miguel. Lumen, 2025.

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