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El fútbol según Mario Benedetti

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Cuando rememoro a Mario Benedetti mi mente sonríe y evoca al abuelo de “Up”, vestido de pulcro oficinista de los de antes, discreto, vivaz y sobriamente elegante, epítome de una respetable, bienmalhumorada y culta clase media que nos hacía tener los pies en la tierra, los ojos en el cielo y encajar la vida de un modo razonablemente realista, sin renunciar al optimismo. Una clase que ya desapareció. 

Coincidí con él en un curso de verano que organizaba en Toledo el escritor argentino toledano Mario Paoletti, que un par de años antes había escrito una biografía de Benedetti bajo el título »El Aguafiestas», y que a todos los asistentes se nos quedó grabado cuando interrumpió su charla para reseñar que se acababa de certificar la ejecución sumarísima de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA. 

Benedetti era hincha de Nacional de Montevideo un poco por llevar la contraria, ya que su padre lo era de Peñarol y su mujer y familia política de Defensor. Desde que hay campeonatos en Uruguay, año 1900, todos los títulos de liga se han ventilado en departamento de Montevideo siendo abrumadora la diferencia de Peñarol y Nacional que entre ambos suman casi cien títulos frente al resto. 

 Empezó a jugar de niño de portero (golero) en la azotea de un edificio en la que vivía un amigo suyo, hijo de familia rica, a la que le habían puesto un tejido altísimo, que es como llaman en Montevideo a los entramados de alambre que usualmente se utilizan para impedir la entrada de insectos en los cercos, algo así como una ingente mosquitera.  

Ante la pregunta de si alguna vez quiso salir de la portería y jugar en otras posiciones recuerda lo contario, ya que con 12 años de tremendo balonazo en el estómago le alojaron dentro del arco y se desmayó. También alude a su condición de asmático y a que, al igual que hacía el Che Guevara, según le contó su padre en una entrevista, tenía siempre a mano un inhalador gigante del que tiraba cuando el balón andaba lejos de la meta. 

Pero sus recuerdos más vívidos son como aficionado y ligados a la selección uruguaya. Principalmente las Olimpiadas de Ámsterdam 28 donde recuerda las semifinales contra Italia que vivió en una atestada de paraguas Plaza de la Libertad de Montevideo, bajo un inmenso aguacero, y a la que llegaban las noticias desde la redacción del diario «El Imparcial», a través de un inmenso pizarrón informaba con mensajes del tipo «Carga italiana», «Los uruguayos ceden córner». Y así sucesivamente durante todo el partido. Benedetti tenía 7 años, Uruguay remontó un 2-1 para ganar 3-2 y la final se ganó contra Argentina, a la que también ganaron en la final del mundial 30. Recuerdos insuperables. 

Como cronista cubrió los partidos de Peñarol y Nacional, jugaban siempre uno en sábado y otro en domingo, bajo el seudónimo de Orlando Fino escribiendo crónicas humorísticas deportivas. 

Vivió el Maracanazo en Montevideo y de aquello se queda con la hombría de bien de Varela quien, tras ganar la copa se fue de copas con los brasileños para consolarlos, y se queja de los años que se estuvo apelando al espejismo de la victoria para velar las carencias del país. 

Un enamorado, como casi todos los que asociamos fútbol con niñez, del fútbol de antes, ese fútbol premioso y creativo del que empezó a desapegarse por la aparición del mercantilismo y los primeros brotes de violencia dentro del fútbol con la excusa del fútbol. 

“El puntero izquierdo” refleja en tres hojas la encrucijada de un futbolista amateur al que le ofrecen un trabajo mejor si en el partido decisivo no marca y evita que su equipo suba. Un relato al más puro lenguaje rioplatense donde no se anima sino que se hincha, y las hinchadas son barras; la grada es la alambrada; si te dan una paliza vas al nosocomio, nunca al hospital; hay golerito (no portero), fiel en vez de campo; juez y línema en vez de árbitro y linier, y donde los jugadores en vez de subir la banda y centrar tienen que correrse por la punta y escupir el centro. Un mundo donde elegir entre mirar a otro lado y comerse el orgullo o jugar dignamente y hacer tu trabajo, aunque la consecuencia sea acabar apalizado y perder el laburo que te paga las habichuelas. 

Su forma de ver la vida a través del balón me llama la atención a través de varios relatos: 

“El césped”, un relato algo más extenso, es la historia de Benja, el número 8 de un equipo chico de la Liga de mitad de tabla para abajo que, al igual que los equipos grandes tienen siempre la obligación de ganar, asume su obligación de perder lo menos posible. Un jugador de clase media con la cabeza bien amueblada que sueña que juega con los grandes futbolistas de la historia de Uruguay, y que, incluso mientras juega, escucha y respeta sus consejos incluidos los más duros y difíciles de asumir, ya que jamás los ve como fantasmas sino como capitanes. Benja ve el césped del pobre desde la tribuna, desde ese esqueleto de multitud que es la grada vacía, a través de los guiños secretos de la hinchada cuando son visitantes, desde la playa en la que se siente dueño y libre, desde la pizzería a la que va con su amigo y portero de un equipo rival, Martín, desde la hermosa historia de amor con Ale, desde el anhelo y desde la tragedia. 

En “Cambalache” describe en menos de dos páginas lo que es un equipo, un conjunto de tipos de pensamientos, realidades diversas con un objetivo común a los que siempre unirá más una canción que un himno, una bandera o cualquier otra tradición o costumbre rutinaria o impuesta. 

“La borra del café” es una novela vitalista y vigorosa de recuerdos de infancia y juventud en la que Benedetti recrea las mudanzas de un niño que se va haciendo adulto y cómo le van marcando esos tránsitos. No es una novela de fútbol, pero tiene un par de capítulos en los que el fútbol es ese protagonista por el que casi todos hemos pasado y no nos importaría habernos quedado. Si nuestra patria era la infancia, nuestra capital era nuestro barrio. Los recuerdos de esos encuentros anónimos de los que todos evocamos envites y jugadas con más clarividencia y orgullo que cualquier gol de Messi. Todos hemos ¿jugado? partidos en esa cancha del Club Lito ante no más de cuarenta espectadores, y exagero, con alineaciones imposibles, porteros inauditos, postes de chaqueta de chándal, fichajes de pantalón de pana de última hora… que de imposibles y surreales que eran no cambiaríamos por nada del mundo. 

Llevaba tiempo sin leer a Benedetti, aunque siempre tengo presente el recuerdo de ese libro de “Despistes y franquezas” que un día trajo a mi casa mi padre, donde precisamente estaba “El césped”, y donde descubrí que se podía escribir de fútbol en un libro serio; los cuentos completos que me firmó ese fatídico día del 13 de julio de 1997 y, por supuesto, “La tregua” que Benedetti comentó que releía y revisaba siempre que salía una nueva edición, y no fueron pocas… y cuya adaptación al cine de Sergio Renán estuvo nominada al Oscar perdiendo con “Amarcord” de Fellini, eso sí que es perder una final con el Brasil del 70. 

Me dirán que Benedetti fue, ante todo, poeta. Así que acabemos con su poema dedicado a Maradona: ‘Hoy tu tiempo es real’. Dijo una vez en una entrevista medio en serio medio en broma con esa ironía alegre que era su sello: “Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es por ahora la única prueba fiable de la existencia de Dios”.  

Hoy tu tiempo es real, nadie lo inventa 
Y aunque otros olviden tus festejos 
Las noches sin amos quedaron lejos 
Y lejos el pesar que desalienta. 
Tu edad de otras edades se alimenta 
No importa lo que digan los espejos 
Tus ojos todavía no están viejos 
Y miran, sin mirar, más de la cuenta. 
Tu esperanza ya sabe su tamaño 
Y por eso no habrá quien la destruya 
Ya no te sentirás solo ni extraño. 
Vida tuya tendrás y muerte tuya 
Ha pasado otro año, y otro año 
Les has ganado a tus sombras, aleluya.  

Mario Orlando Brenno Hamlet Hardy Benedetti Farrugia… con semejante retahíla de nombres propios supongo que no le quedaba otra que ser escritor, futbolero y escribir en rioplatense. Un gustazo releerle y recomendárselo humildemente. Salud y Literatura. 

Carlos Rodrigo López

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