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Trilogía de agua dulce, cuento de Claudio Pérez-Oliva desde Chile

Pintura de Amelia Peláez en www.profesorjonk.com

I

Un hombre que mira a su hija pintarse las uñas es un hombre que sabe que le queda menos tiempo en esta tierra. Rolo no sabe esto, pero lo hace. Está de pie en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, mirando a su única hija en la mesa del comedor. Ella tiene las piernas cruzadas sobre la silla y la radio canta algo que él no reconoce. Mañana cumple quince.

La claria está en un cubo de plástico en el patio, tapada con un cartón. Se la compró al Chino en Obispo por setenta pesos. Es grande, más de un kilo. Negra parda, resbalosa, los bigotes que la dibujan de otro mundo. La claria vino de África. Angola. Como el quimbombó. Como la clave. Como tantas cosas que llegaron a esta isla para resolver un problema y se convirtieron en otro. Alguien la trajo para brindar proteínas a los ríos y ahora la claria es dueña de todos los ríos. Se come lo que encuentra, mata lo que puede, sobrevive donde nada más sobrevive. Un pez gato que respira fuera del agua es porque decidió dejar de ser un pez. Transitó.

La esposa de Rolo, Celia,  La esposa de Rolo, Celia, quiere cocinarle bistec empanizado, acompañar de congrí y tostones. Una comida acorde al festejo. La familia no está para fiestas, porque no alcanza para una fiesta. No hay salón, no hay vestido rosado, no hay sesión fotográfica más que lo que logra el celular chino. No hay vals con el padre ni cambio de zapatos. Pero hay jama, hay comida. Habrá cake gracias a Mercedes, la vecina. Celia ya limpió la sala, movió los muebles, puso un mantel que guardó desde su matrimonio. Lleva dos días cocinando cosas que se pueden adelantar: los frijoles, un dulce de coco que está endureciendo en la nevera. A la claria le entra mañana.

Rolo se sienta en el escalón del patio y enciende un cigarro. Popular sin filtro, el último del paquete. Fuma despacio. Desde aquí puede ver el cubo y puede oír la risa de su hija adentro. Tiene la risa de la madre. Tiene todo de la madre: la boca, las caderas que le salieron temprano, esa manera de mirar como si el mundo le debiera algo. La gente lo dice como un halago. Rolo lo recibe como una alarma que suena después del robo.

La alarma es lo siguiente: a partir de los quince, es mujer. Desde mañana es mujer. A partir de los quince, los hombres. A partir de los quince, la calle, la vida, el primer amor que se mezcla con un orgasmo sufrido y quizás ausente de lo que puede resultar de una caricia o de algo más que Rolo no quiere pensar. 

Ya la miran. Rolo tiene ojos. La miran en la esquina, en la bodega, desde los carros que pasan despacio. Ella hace como que no se da cuenta, y eso es peor, porque significa que ya aprendió a hacerse la que no se da cuenta, que es la primera cosa que se aprende.

Eso no lo dice nadie pero lo sabe todo el mundo. La línea invisible. Antes era niña. Después es lo que quiera ser.

Rolo no habló de esto con su mujer. No sabe cómo se habla de esto. Su padre no le habló a él de nada: ni de mujeres, ni de trabajo, ni de nada. Su padre se fue a cortar caña un enero y volvió en marzo con la espalda rota y tampoco habló de eso. Eran momentos en que la paternidad la asumió la revolución y la maternidad la patria, un matrimonio legal pero tenso, a veces mal llevado, a veces por conveniencia, a veces por costumbre. A veces con amor.

Entra a buscar agua. Su hija levanta la vista.

—Papi, ¿y mi regalo?

—Mañana.

—¿Pero hay regalo?

—Hay comida.

Ella hace un sonido con la boca. Podría ser decepción o podría ser resignación. A los casi quince ya sabe que una cosa es lo que se quiere y otra lo que hay. Eso también es un dato. Vuelve al teléfono chino.

Rolo la mira un momento más de lo necesario. Busca algo en su cara. Algo que le confirme que todavía es su hija. Que todavía está del lado de acá de la línea. No lo encuentra, pero tampoco encuentra lo contrario. Una cara de casi quince años es una cara que no dice nada todavía.

Sale al patio. La claria se mueve en el cubo. Hace un sonido. Una burbuja que sube y luego revienta.

Piensa en matarla. Pasarle el cuchillo por la cabeza, un cuchillo rápido por la barriga, de la garganta a la cola. Las vísceras salen fácil. Después hay que quitarle la piel, que es dura, oscura y no se come. No se come. La carne es blanca, blanda. No tiene espinas. Se puede comer con confianza.

Rolo no la mata. Se queda en el escalón, mirando cómo el sol se cuela entre los edificios de Alamar. Esos edificios construidos para el hombre nuevo, grises, todos iguales, con la ropa tendida en los balcones. Mañana su hija cumple quince años y no hay nada que pueda hacer. Nada que un padre pueda hacer. Esa es la información.

Rolo termina el cigarro, aplasta la colilla entre el escalón y calzado y se queda mirando el cubo. La claria se ha calmado. Está ahí, quieta, mirándolo.

Un animal que mira sabiendo que se le viene la muerte es un animal ya muerto.

II

Su padre no habla de Angola. Habla de la libreta, de los vecinos, del precio de los tomates en el agro, del calor que cada año es peor. Habla de béisbol. No habla de política, hace años que nadie habla de política. El béisbol le recuerda su vida, son de alguna manera algo similar: algo que comenzó con fe y que finaliza con rabia. Angola es un país que su padre visitó durante dos años y que después dejó de existir. No el país. El país sigue ahí. Lo que dejó de existir fue su padre.

Mercedes sabe ciertos hechos. Su padre se fue en el 87, con la última oleada grande. Tenía veinticuatro años. Volvió en el 89. Se fue con las dos manos y volvió con las dos manos, con las dos piernas, con los dos ojos. Lo que perdió allá no era visible. Lo que trajo tampoco.

Los cubanos dejaron más en Angola de lo que trajeron.

La gente dice que de las cosas que vinieron de Angola están: la claria, el quimbombó y el bicho.

La claria la trajeron para los ríos. El quimbombó ya estaba, pero vino silvestre, en las mochilas, en los bolsillos, semillas pegadas a las botas de quince mil soldados. Y el bicho vino en la sangre. Eso lo dice la calle en silencio. Quince mil hombres fueron a luchar una guerra que no era suya, dos mil dejaron la vida allá. La mayoría trajo una parte de Angola en el equipaje, esas maletas con sueños y pesadillas. Su padre viaja todas las noches a Angola.

Otros volvieron con una claria microscópica que navega en la sangre. Invisible. Contagiosa.

Cuando empezaron los sidarios —Los Cocos, en Santiago de las Vegas, aquel sitio que era un sanatorio y era una cárcel y era las dos cosas sin ser ninguna—, la mayoría eran internacionalistas que habían estado en África. Luego vino la expansión local del bicho. Hay una geometría de la enfermedad que se parece a la geometría de la guerra: líneas que se cruzan, círculos que se expanden, un punto de origen que después es imposible encontrar. El diario oficial dijo que el primer fallecido fue un coreógrafo contagiado en Europa. Probablemente hubo un muerto antes  que vestía verde olivo.

Hoy es el último día de su padre en el ministerio. Treinta y seis años. Primero en un escritorio de metal gris, después en otro escritorio de metal gris pero en oficina propia, procesando papeles que nadie lee sobre programas que ya no se financian. Le dieron una medalla de veterano de Angola y un abrazo del viceministro

Mercedes le trajo una claria. Viva, en una bolsa de nailon con agua, como un premio de feria. Se la compró en el mercado de Cuatro Caminos a un muchacho que las saca del río Almendares con una red hecha de mosquitero. El muchacho tenía seis clarias en un tanque azul. Ella eligió la más grande, que se movía menos que las otras. Un animal que se mueve poco en cautiverio es un animal rendido.

Su padre levanta la bolsa contra la luz de la ventana. El pez se mueve adentro, lento, oscuro, la boca abriéndose y cerrándose.

—Claria —dice su padre.

—Para esta noche. —dice Mercedes.

Asiente. Pone la bolsa en el mostrador de la cocina, al lado de un certificado enmarcado. La claria y el certificado. Treinta y seis años de servicio y un pez de río. Las dos cosas a la misma altura.

Su padre mira la bolsa. Mercedes está por irse cuando él dice:

—En África…

Y se detiene. Ella se queda en la puerta. Su madre, que estaba fregando algo en el fondo, deja de fregar. La casa se queda sin ruido. Un hombre que empieza una frase con “en África” después de treinta y cinco años de silencio es un hombre al que no se interrumpe.

—En África estas había por todos lados —dice—. En los ríos. En las zanjas. En las charcas junto al campamento. Los soldados las agarraban con las manos cuando no había qué comer. Que era seguido.

Su madre entra a la cocina, mira la bolsa, mira al marido, sale. Javiera se queda.

—También había quimbombó —dice—. Silvestre. Crecía por donde fuera. Los angolanos lo cocinaban con aceite de palma y algo más que nunca supimos qué era. Lo comíamos con arroz cuando había arroz. Sin arroz también.

Mercedes no dice nada. Ha aprendido que su padre funciona como una llave vieja: si la fuerzas se traba, si la dejas, a veces gira sola.

—La claria, el quimbombó y el bicho —dice su padre. Se ríe. Una risa corta, seca, que no es risa—. Las tres cosas que trajimos de África.

Mercedes mira a su padre. Tiene sesenta y un años y parece de setenta y cinco. Las manos sobre la mesa son las manos que agarraron clarias en ríos angolanos, que dispararon un fusil soviético, que firmaron papeles durante treinta y seis años. Manos que ahora no tienen nada que hacer. Un hombre jubilado es alguien al que le han entregado un pasaje de ida.

—¿Y tú? —pregunta Mercedes.

Su padre la mira. No como a una hija. Como a alguien que ha hecho una pregunta que no debía hacerse. Porque la pregunta no es “¿y tú qué?”. La pregunta es “¿y tú con quién?”. Y eso no se pregunta.

—Yo estoy aquí —dice.

La llave se traba. Ella se acerca y le da un beso en la frente. Huele a café y a cigarro y a desodorante barato, el mismo de siempre. Lo que un padre huele no cambia. Es lo único que no cambia.

III

La cocina empieza al amanecer. Doce clarias, traídas vivas desde una finca del ejército en Pinar del Río en un camión militar con tanques de agua. Los cocineros son militares de rango menor, con delantales blancos sobre los uniformes verdes. Matan las clarias de un golpe en la cabeza. Las desuellan. Les sacan las vísceras, que huelen a barro y a algo pantanoso, como si el río viniera adentro del pez. Un cocinero que abre una claria abre también una pequeña parte del río, y esa parte del río se queda en la cocina.

Doce clarias dan para mucho. Fritas con ajo y limón. Guisadas en salsa criolla. En croquetas. En sopa con yuca y boniato, espesa, oscura. Y también un plato de claria con quimbombó, porque alguien lo sugirió y nadie lo vetó. Un guiso espeso donde las babas del quimbombó y las babas del pez se funden en algo viscoso que nadie quiere mirar mucho pero que sabe bien.

A mediodía la mesa está puesta. Mantel blanco. Flores de plástico, rojas y blancas. El retrato del General cuando era joven en la pared del fondo. Fue joven alguna vez, aunque no hay testigos. En la foto tiene barba y uniforme y una expresión que podría ser determinación o podría ser dispepsia. Una fotografía de un hombre joven que ahora tiene más de cien años es una fotografía de otro hombre. A ambos lados, banderas. Debajo, la mesa. Sobre la mesa, las clarias. Debajo de la mesa, nada.

Los correligionarios llegan en vehículos oficiales de distintas épocas: un Mercedes de los ochenta, dos Toyota de los noventa, un Geely chino reciente. Los ayudantes los bajan de los carros con cuidado, como se bajan las cosas frágiles. Los depositan en sillas. Les acomodan las guayaberas. Les prenden las medallas, los que todavía tienen medallas.

El General llega último. El General siempre llega último. Lo traen en una silla de ruedas cubierta con una bandera, lo que podría ser un homenaje pero también no. Lo sientan a la cabecera. Ya no habla, o si habla nadie lo oye. Pero está ahí. Tiene los ojos abiertos. A los ciento y pico de años, tener los ojos abiertos es una declaración de principios. Le han prendido cinco medallas en la guayabera. Las medallas pesan. El hombre se encorva con el peso.

El más joven de los correligionarios —ochenta y nueve años— se pone de pie y da un discurso. Los demás asienten. El General tiene los ojos abiertos.

Sirven la sopa de claria. Espesa, oscura, con olor a río. Los correligionarios comen despacio, con cucharas que les tiemblan. Uno derrama un poco en la guayabera. Un ayudante se acerca con una servilleta. Otro correligionario sorbe la sopa directamente del plato, porque a los noventa y tres años se puede hacer eso.

Entonces algo ocurre.

La puerta de la cocina se abre y una claria sale. No en un plato. No servida. En el piso. Caminando sobre sus aletas pectorales, con ese movimiento lateral que la hace parecer algo que la evolución dejó a medio terminar. Mojada, oscura, arrastrándose por las baldosas blancas del salón del Consejo de Estado.

Después otra.

Después tres más.

Nadie dice nada al principio. Un correligionario mira al pez junto a su zapato ortopédico y levanta el pie. Un ayudante se mueve hacia la cocina. Desde adentro viene un ruido de agua y de algo que se cae.

Pero siguen saliendo. De la cocina, de debajo de la mesa, de algún lugar que no se ve. Clarias en el piso, mojadas, boqueando, moviéndose sin dirección y sin prisa. Con la calma de las cosas que saben que no las van a detener. Cinco. Diez. Veinte. El piso se vuelve oscuro, mojado y vivo.

Un ayudante vuelve de la cocina.

—Los tanques —dice—. Se rompieron los tanques.

Nadie pregunta cómo. Nadie pregunta cuántas. Se espera a que alguien diga qué hacer.

Los correligionarios se remueven en sus sillas. A alguien se le cae la cuchara y nadie la recoge porque el piso ya no es piso. Los ayudantes no saben qué hacer. Uno intenta agarrar una claria con las manos y se le resbala. La baba le queda en los dedos. Otro intenta pisar una y casi se cae. Una claria no se puede pisar. Una claria se puede cocinar, se puede comer, se puede ignorar, pero no se puede pisar.

El General observa. O no observa. Tiene los ojos abiertos.

Las clarias llenan el salón. Están en las sillas vacías. Una se desliza por el mantel blanco y tumba un vaso. Los platos de sopa quedan rodeados. Las flores de plástico caen. El retrato del Comandante mira desde arriba a los peces que se arrastran abajo.

Un correligionario se pone de pie. Después se sienta. No hay adónde ir. El piso está cubierto de clarias. El General cierra los ojos.

                                                                        

Claudio Pérez-Oliva

Del libro inédito Los DesCuentos

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