La soledad de Sebi no es casual
Me llamo Eusebio, aunque desde crío me han llamado Sebi. No sé si por abreviar o porque ya me veían como un tonel. Lo cierto es que nunca he estado precisamente delgado; si acaso ahora, a mis 85 años, con este cuerpo ya decrépito.
En la cocina, el frigorífico con víveres caducados atufa, pero me da una inmensa pereza vaciarlo. La taza sobre la encimera, con posos de café en el fondo, grita «lávame», pero ¿para qué? Mañana la volveré a usar.
En soledad, uno aprende a economizar gestos. Cuando vivía con Merche, se enfurecía si no lavaba los cacharros. La sigo echando de menos. Echo de menos hasta sus coscorrones cuando la cagaba, cosa que, siendo honestos, pasaba a menudo. A estas alturas, no me duelen prendas en admitirlo.
Desde el alféizar, los tejados descascarillados del soñoliento pueblo me recuerdan la casucha que compramos con los ahorros de Merche hace 45 años, cuando dijimos adiós a los estragos de la ciudad. Llevábamos algo más de una década casados —nos unimos a los treinta—, y el ajetreo urbano nos erosionaba paulatinamente: yo con trabajos precarios en fábricas y bares, ella limpiando oficinas y clínicas para sacar adelante a nuestros tres hijos.
En rigor, mis vicios fagocitaban nuestro matrimonio y lo reducían a un campo de minas. La casucha rural suponía un intento a la desesperada de empezar de cero, si bien yo llegaba con la derrota a cuestas, incapaz de proporcionar el sosiego que Merche requería, ese sosiego que parecía emanar de cada piedra incrustada en las calles y de los patios soleados del pueblo de su infancia.
Al volver Merche a aquel santuario de jardines florecidos, en el que familiares lejanos y amistades remotas ofrecían guiños cómplices, le brillaban los ojos; conservaba la manía de recoger pétalos caídos, mascullando que, a menudo, lo valioso yace en el suelo.
En el pueblo, yo cobraba un sueldo modestísimo trabajando de jornalero en fincas de tomates cherry, donde seleccionaba los racimos buenos y apilaba cajas que luego transportaba.
Durante los primeros días, para dar buena imagen y seguir ganándome la confianza de Merche, me esmeraba preparando guisos de rechupete; un cinismo arrollador, pues nada compensaría las ausencias que pronto se repetirían, dada mi querencia por los excesos.
El primer día en la casucha, Merche estaba exultante, irradiaba satisfacción; parecía que los crujidos de la madera del porche y el aroma del pan recién horneado la colmaran de dicha. Los niños correteaban por el patio, y yo me decía: «Lo estás haciendo bien, Sebi. No lo estropees».
Días después, sin embargo, plantada en el zaguán con los brazos en jarras tras persignarse, percibí un brillo de súplica en sus ojos y un matiz de desconfianza en su voz.
—Aquí vas a cambiar, ¿verdad?
—Te lo prometo —le respondí—. Lo he dejado todo. Las apuestas, la bebida… Sé la ilusión que te hace volver a tus raíces. Y créeme: no pienso tirarlo por la borda.
—Más te vale.
—¿Por?
Asomaron briznas de pesadumbre en su sonrisa lastimera.
—Esta es tu última oportunidad de hacer las cosas bien. No pienso darte más. Así que, por el bien de los dos, intenta aprovecharla. Mi familia siempre ha estado muy bien considerada aquí.
Rehuí su mirada y enmudecí, agarrándome los machos.
No pretendo eludir la responsabilidad de mis actos, pero el pueblo tenía sus propias dinámicas y polos de atracción: en esencia, la desvencijada taberna y un deslumbrante salón de juegos inaugurado por decreto gubernamental, con el fin de dinamizar comarcas aletargadas.
Gracias a mi singular labia y a una habilidad nada desdeñable para quedarme sin blanca, pronto me granjeé la simpatía de los lugareños y me dejé arrastrar por fines de semana disueltos en alcohol —atizándome tragos caros en la taberna, donde invitaba a rondas sin medida— y amasando con voracidad fichas en la ruleta del salón, en el que se volatilizaba la mitad del jornal.
Entretanto, Merche se encargaba de las facturas, asumía la mayor parte de las tareas domésticas a pesar de trabajar a destajo como modista, y cuidaba en exclusiva de los tres pequeños.
No pocos domingos, volvía tambaleante al amanecer, o a veces ni eso, durmiendo la mona en bancos frente a la iglesia o en casa de algún compadre tan borracho como yo. En tales turbulencias ella, tan hermética y esquiva, rara vez enfatizaba mis desatinos con ademanes intrigantes.
Merche era pacientísima. Comprensiva al principio, tolerante con mis tropiezos, razonable en sus reproches y siempre dispuesta a darme más oportunidades de las que yo merecía. Sin visos de redimirme, consciente de que el cambio que le prometí fluctuaba de la patraña al espejismo, yo seguía envenenando nuestro hogar.
Hasta que una noche de sábado, tres años después de mudarnos, ella estalló. Sí, es cierto: el alcohol solía nublarme el juicio, pero ciertas discusiones con Merche y los niños se me marcaron a fuego.
Eran las nueve de la noche y Merche, con toda seguridad, ya me imaginaba trasegando. La taberna estaba a rebosar, con el camarero espantando broncas a valletazos, mientras los compadres brindaban a mi costa.
Cuando la puerta se abrió de sopetón, ella entró como un vendaval, con un chal anudado al cuello y el abrigo echado sobre los hombros. En un primer momento, se dirigió a mí serenamente, intentando traerme de vuelta sin armar revuelo.
—¿Qué estás haciendo? Los niños preguntan por ti. Te necesitan y es tarde.
—No me jodas, Merche. Siempre aguando la fiesta.
—¿Ya vas como una cuba, Sebi?
—La última curda.
Merche compuso una mueca incrédula, tal vez dudando si reírse o abofetearme.
—Eso no te lo crees ni tú.
Con un vaso de coñac en la mano y un trozo de boquerón en vinagre aún entre los dientes, vertí una risotada áspera.
—Penúltima, entonces. Déjame en paz, joder. Estoy hasta los cojones de ti y de los críos. Hay días que me ahogo en esa casucha, maldita sea.
—¿Y tu brillante plan es reventarte el hígado? Contigo no hay forma de ser una familia normal. Yo sólo quiero eso: normalidad.
—Y yo sólo quiero despejarme con los compadres. Entérate, Merche. Paso de que me controles al milímetro.
Su rostro tostado se tensó, sus ojos se incendiaron y su voz me azotó en andanadas:
—Tú no sabes lo que quieres y sospecho que nunca lo has sabido. Prometiste cambiar, dejar de ser mi pesadilla. ¿Recuerdas? Quiero confiar en ti, pero así es imposible. Otra vez la porquería nos va a llegar hasta el cuello… ¡Y todo por tu puta culpa, Sebi!
Encajé aquel rapapolvo fundiéndome otro copazo. Algunos parroquianos, degustando el alboroto, no dejaban de cuchichear. Tentada de escupir en mi copa, ella se aflojó el nudo del chal con una mano mientras con la otra me apretó ferozmente el antebrazo.
Acto seguido, enderecé la espalda y relajé los hombros, adoptando un porte conciliador.
—Quédate un rato a pasarlo bien y desconecta, coño. ¿Qué quieres tomar?
—¡No quiero una mierda! —clamó, acentuando sus tics intimidantes.
—Venga, no te mosquees. Que me estás avergonzando delante de mi gente…
Los hombres a mi alrededor rebullían incómodos en sus sillas mientras la luz moribunda de la taberna se derramaba en sus rostros enfebrecidos.
Al segundo, las últimas gotas de su paciencia se evaporaron. Profirió sucesivos gritos histéricos que derivaron en perdigonazos dialécticos, capaces de acallar la taberna.
—¿Avergonzarte? ¡Eres tú nuestra vergüenza! ¡Nuestra ruina! ¡Mírate, Sebi! ¡Bebiendo a saco como un perdedor mientras yo me deslomo! ¿Te parece justo? Nos vinimos aquí para rehacernos y tener un porvenir halagüeño. Pero, si sigues así, no habrá porvenir. Si sigues así, tus hijos no querrán saber nada de ti.
—Que no me des la chapa, pesada.
—¡Serás…! ¡Púdrete en este infierno, so cretino!
Un plato de la tapa salió volando y dio de lleno en la diana de dardos: Merche estaba hecha un basilisco. El camarero ni se atrevió a interponerse. Balbuceé incongruencias contemplando las trizas del plato y ella me estampó una bofetada que retumbó en mi mejilla y me horadó el alma.
Me quedé helado, humillado y estupefacto ante la recua de tipos que observaban riendo por lo bajini o fingiendo no prestar atención. Salí tras ella, con paso cojitranco y un dolor más emocional que físico.
Esa noche, los fantasmas de mis errores se materializaron.
Pero ni siquiera eso me detuvo. Las escapadas, que yo justificaba patéticamente, continuaron.
Hasta que, meses después, en la fiesta de cumpleaños de mi hijo mayor —ya adolescente—, me desmoroné.
Llegué tarde al evento, fiel a mi tradición de sabotear cualquier compromiso importante, con el aliento impregnado de coñac y canturreando con desatino Cumpleaños feliz de Parchís.
Los adultos ya estaban desmotando los soportes de la piñata y recogiendo caramelos en el cuarto de invitados, orneado con globos multicolor, serpentinas enmarañadas y puñados de confeti.
Al fondo, Merche permanecía en la puerta del pasillo; ni me saludó cuando me acerqué a mi hijo mayor. Confiaba en que un videojuego de segunda mano —con su flamante logo de He-Man— para su consola le calmara los ánimos.
—Feliz cumpleaños, hijo mío.
—Oh, qué novedad —dijo con tristeza—. Vienes cuando ya no hay nada que celebrar.
—Pero puedes disfrutar de tu regalo igual.
Le di palmadas en el hombro y se lo ofrecí. Pero él me aplacó antes de encolerizarse.
—¡No quiero nada tuyo! ¿Te enteras? ¡Nunca estás cuando más te necesitamos!
—Sé que no he hecho las cosas bien. He tenido problemas con…
—Tú no tienes problemas, papá. Tú eres el problema.
—No me digas eso.
Lo dije con la garganta ardiendo y un regomello atascado en el esternón. Enarboló un gesto amenazante y las palabras brotaron como espumarajos:
—¡Nunca olvidaré las perrerías que le has hecho a mamá! De no ser por ella, estaríamos pidiendo limosna a la puerta del ayuntamiento… ¿Crees que un jodido regalo compensa todas nuestras desgracias a tu lado? ¡Eres un puto desastre!
—Oye, respétame —murmuré, aferrándome a una vetusta muesca de orgullo.
—No. A partir de hoy, haz ver que no tienes hijo.
—Pero…
—¡Esfúmate de mi cumpleaños! ¡Que te pires, coño!
Le supliqué hasta sollozar que aceptara el regalo, sosteniéndolo con manos arcillosas, por los nervios y el alcohol. Lo rechazó arreándole un manotazo; el videojuego voló contra la pared y cayó al suelo. Me agaché a recogerlo y, una vez acuclillado, rompí a llorar.
Sus hermanos menores, que hasta entonces me miraban con hartazgo, me dedicaron dedos acusadores y un aluvión de expresiones insultantes que, sin duda, merecía. Palabras que me desollaban vivo.
Luego se dedicaron a pinchar globos, quizá vengándose de los cuentos que les hurté por las noches, mientras su madre doblaba turnos para pagar facturas atrasadas.
Desde la puerta, Merche parecía avalar esas acciones mascando el silencio.
Me fui tropezando con las sillas del cuarto, con el aparador, con la mesa de coser y con la estantería, desorientado, hasta advertir incluso el suelo ligeramente desnivelado de la tarima. Aquel malogrado día comprendí que yo era una rémora que impedía que vivieran plenamente.
Por eso, a los pocos meses, cuando me puso sobre la mesa los papeles del divorcio ya redactados por el abogado del pueblo —con el membrete del juzgado de paz en la esquina—, ni intenté que cejara en el empeño ni me sorprendí.
—Deja las payasadas por una vez en tu vida y firma —dijo, tajante.
Por supuesto intenté una broma a destiempo, fallida.
—No declararé sin la presencia de mi abogado.
—Bastante tenemos con pagar al mío —rezongó—. Los niños seguirán conmigo, claro. Creo que no les conviene ser testigos de tus derrumbes en vivo y en directo. A pesar de todo, se están criando bien: son buenas personas. El mayor quiere apuntarse a una ONG para ayudar a refugiados cuando cumpla los dieciséis. El mediano está obsesionado coleccionando cómics de Tintín. Y la pequeña sigue pintando florecillas en los lugares más insospechados de la casa. Como si nada. Eso es lo que necesitan, Sebi. Que la inmundicia sea como si nada.
Ese cruento mazazo me sacudió el abdomen. Resollé con inquina, escupiendo a borbotones. Pasó una eternidad hasta que, por fin, logré articular:
—¿Seguiremos en contacto?
—No me hagas más difícil esto, Sebi.
Capitulé con un asentimiento maquinal, sin margen a una vergonzante súplica.
Después de firmar los documentos, un lacónico beso en mi mejilla puso broche a nuestra relación.
Confieso que durante años pensé que podría cambiar: orillar mis hábitos disolutos, ser la persona respetable que alguna vez aspiré a ser, el marido al que querer, el padre al que admirar. No obstante, sé que fui yo quien echó a perder cualquier hálito de esperanza.
Salí de la casa imaginando tirar los papeles del divorcio al riachuelo para que perdieran toda validez. Pero cualquier gesto sería en vano. Por última vez, me detuve en el porche y, con la vista empañada, atisbé las sombras de los árboles bailotear sobre la madera añeja.
Con repetidos ingresos en centros de desintoxicación, donde engullía libros de autoayuda por doquier, conseguí rehabilitarme, pero quizás ya era demasiado tarde para reconstruir lazos sentimentales. Intenté tímidos acercamientos a mis hijos, pero ellos no querían saber nada de mí, censurándome cosas que ni recuerdo o que mantengo difusas en la memoria. No los culpo por ello.
Con los años, el contacto se extinguió. A mi provecta edad, la distancia semeja un abismo emocional. Ellos viven su vida, yo las migajas de la mía. Y ni siquiera sé si tengo nietos.
Ahora, sobreviviendo en este fétido zulo que me resguarda del frío pero no de las remembranzas, y con cáncer de páncreas en estadio IV, los remordimientos me atormentan. Día tras día, creo oír la borrascosa voz de Merche: «Siempre fuiste un especialista en arruinarlo todo».
La soledad, que se instala y se acomoda a sus anchas en los pliegues del corazón, posee mimbres de burocracia apolillada: pastillas que provocan náuseas, médicos que te ignoran y citas que no le importan ni al oncólogo, que en demasiadas ocasiones las pospone con excusas de chichinabo.
¿Quién eres? Una sombra degradada a la que no abraza nadie. Pero supongo que fui alguien, y por eso estoy contando esta historia que seguramente poquísima gente leerá.
Dicen que los viejos mueren solos. Yo lo intuía mucho antes de padecer esta enfermedad, llegando a la desoladora conclusión de que perecer puede ser una liberación.
Por cierto, mis hijos se llaman Enrique, Fran y Sara.
Espero que estén bien.
José Luis Manzano

