Después de catorce meses desempleado, periodo en el que Santi se sacó unos birriosos talleres de atención al cliente y de nuevas tecnologías, su primo Iván, bien conectado en el mundillo de la hostelería rural, le ha conseguido un trabajo de recepcionista nocturno en un hotel de dos estrellas con contrato indefinido. Tras superar las formaciones y el periodo de prueba, por fin respira tranquilo. Su anterior empleo como jardinero se saldó con un despido fulminante por recortes de la empresa y le ha costado recuperarse de ese mazazo.
Por lo general le gusta el turno de noche, sobre todo en temporada baja, pues rara vez se complica. A lo sumo, algún huésped ebrio o grupos armando jaleo, resueltos con ayuda del vigilante. Pero esta madrugada, con el vigilante ausente por una ciática y sin reemplazo, Santi ha de apañárselas solo.
Cerca de las tres, una sombra aparece tras la puerta acristalada. Es una mujer alta, de unos cuarenta años, envuelta en una lustrosa gabardina color champán. La puerta se abre automáticamente, aún activa por un descuido, y avanza a grandes zancadas por la modesta recepción, hipnotizándolo con una mirada seductora. La luz anaranjada baña su cabello oscuro y ondulado, que roza sus rasgos felinos.
—Buenas noches —la saluda Santi con una sonrisa forzada—. ¿En qué puedo ayudarla?
—¿Puedo alojarme? —replica con voz rasposa.
—¿A estas horas? —Santi echa un vistazo al reloj, turbado. No suele haber movimiento más allá de la una. Y menos entre semana.
Asiente con dulzura. Al poner temblorosamente un macuto sobre el mostrador, Santi advierte un llavero con un telón rojo desteñido colgando de la cremallera y una cicatriz fina pero inmanente asomando bajo la manga de su gabardina.
—¿A qué nombre?
—Bea. Sólo Bea.
—¿Cuántas noches?
—Tres, por ahora. Todo incluido —responde sin titubear, echando una mirada fugaz al armario donde se guardan las tarjetas magnéticas.
—¿Y su equipaje? ¿Dónde está?
—Afuera, en mi escarabajo. Pero me las puedo arreglar con el macuto.
—Hay garaje subterráneo para clientes.
—No, ya estoy en el subsuelo —le regala un amago de sonrisa—. Lo dejo en el porche.
Con el ceño fruncido, Santi anota los datos y le asigna una habitación en la segunda planta, casi vacía y recién renovada. Al intentar cobrar, la primera tarjeta es rechazada. Bea, visiblemente alterada, vacía su billetera crema sobre el mostrador, revelando una ristra de tarjetas inservibles.
—¡Malditos bancos! —grita Bea, frotándose las sienes—. ¿Tantas comisiones de mantenimiento para esto?
—Disculpe, pero ese no es mi negociado.
—¡No puedo quedarme en la calle! —suplica ella, buscando amparo en sus ojos negros—. ¡Ayúdeme!
—Soy un simple recepcionista, y llevo pocas semanas en el cargo, por lo que no sé cómo manejar esto.
—Ya lo veo. —Bea compone una mueca sarcástica—. No sé qué va a ser de mí, pero gracias de todos modos.
Santi menea la cabeza, agobiado, y, fijándose en el caducado carné del sindicato de actores colado entre las tarjetas, no dice nada.
—Solo esta noche. Mañana lo arreglo, se lo juro. ¡Empeño este anillo si hace falta!
Bea alza un anillo dorado con vetas rojizas que parece tener un valor incalculable para ella, a juzgar por la mirada nostálgica que le dedica.
—Imposible —dice Santi, incómodo—. Sería incumplir las normas.
—A veces, incumplir las normas es una obligación moral —sugiere ella en un tono perturbador.
—No cuando eres casi un advenedizo.
—Nula empatía, caballero. Lo pondré en la hoja de reclamaciones, si es que me dejan escribirla. Sepa usted que he actuado en peores escenarios que este… Mire, hagamos una cosa: no me registre. Seré una especie de huésped clandestina.
—¡Y me metería en un buen lío! —exclama Santi.
Por primera vez, Bea parece ceder. Se aleja del mostrador tras recoger la billetera y se deja caer con aire desmayado en un sillón.
Santi siente un nudo en el pecho, tal vez por cómo clava las uñas en el cuero, tal vez por cómo tira de la manga de su gabardina, como queriendo cubrir la muñeca. El nudo se aprieta cuando Bea suspira, levanta la vista y musita, con una sonrisa exangüe:
—¿Usted también es de esas personas que parecen no encajar en ningún sitio?
—¿También? —pregunta Santi, desconcertado.
—¿Cree que alguien que aparece a estas horas en un hotel rural, como un espectro, encaja en los moldes de esta sociedad? No soy más que una sombra de lo que era.
Sus aflictivas palabras prenden una llamarada de piedad en Santi, que la observa desmadejada, retorciéndose las manos. «Tras tocar fondo con su despido, alguien le dio una oportunidad; ahora quizás le toque a él tender la mano», piensa.
Y sin embargo, aunque atenta contra toda lógica, la más elemental prudencia —y las normas del hotel—, acaba tomando una temeraria decisión: pagará esta primera noche con su dinero.
Registra los datos personales de la huésped, imprime el comprobante y le entrega una tarjeta magnética. Ella la toma con un ademán tosco.
—No haga que me arrepienta —dice Santi, aun vacilante—. Prométame que mañana lo solucionará con el recepcionista de día.
—Por supuesto. —Su semblante destila un extraño alivio—. No habrá problemas, tranquilo. Se le ve buena gente.
—Lo espero de veras. Porque me estoy jugando el cuello, ¿sabe?
—Todos cargamos con nuestras acciones, caballero.
Bea rodea el mostrador y lo besa en la mejilla, un beso cálido, lánguido, como si esperara el aplauso del respetable. Luego lo abraza con una fuerza casi voraz, pegando su cuerpo al de él.
Harto cohibido, Santi posa las manos sobre sus hombros, captando un destello extasiado en sus ojos. Bea le sostiene la mirada azorada antes de apartarse y llamar al ascensor.
La madrugada transcurre sin incidentes, pero Bea no deja de rondar su mente. Él se la imagina tendida en la cama, agitando los brazos como aspas, restregándose contra las sábanas como si estuviera desacostumbrada al confort.
Intrigado por el llavero con el telón rojo y el anillo veteado, se sienta frente al ordenador y la busca con las referencias que conoce. Devora videos en Internet y reseñas de sus años mozos: estallidos de júbilo en teatros, excelentes críticas por sus papeles en thrillers psicológicos, y participaciones en dramas de TV.
Sin embargo, un titular la sobrecoge: la denuncia por agresión sexual contra un reputado director destruyó su carrera, sumiéndola en una espiral de escándalos y adicciones. También aparece una nota sobre un accidente automovilístico reciente, del que salió físicamente ilesa.
Esa noticia lo desasosiega, incitándolo a querer inspeccionar el vehículo. Justo entonces, dos huéspedes lo reclaman: uno, con los ojos vidriosos y tambaleante, al que debe arrastrar hasta su habitación; y un insomne que lo retiene con su verborrea insufrible, parloteando sin cesar.
Pasadas las cinco, finalmente liberado, pero carcomido por la rampante desazón, él sale al porche. A la luz del móvil, observa rasguños en la carrocería del escarabajo, el retrovisor ligeramente roto, y un par de maletas mal acomodadas, con un neceser abierto y un par de frascos de barbitúricos con restos visibles de polvo blanco alrededor.
Un escalofrío le penetra las entrañas con la visión de esos frascos. Con el corazón desbocado, corre hacia la recepción, trata de llamar a la habitación de Bea por el teléfono interno, pero nadie responde. Recordando un protocolo básico del hotel para emergencias, toma una tarjeta de repuesto y sube a la segunda planta.
Llama con insistencia a la puerta. El silencio lo estremece. Una quietud plomiza lo zahiere cuando logra abrir al tercer intento. La gabardina está hecha un ovillo en el suelo y, al acercarse al baño, un tufo metálico y astringente lo invade. Allí está Bea, recostada en la bañera, semisumergida en agua turbia, con un velo lechoso flotando en la superficie. Su rostro ladeado está lívido, con manchas azuladas en el cuello, los labios amoratados y los ojos entreabiertos, inmóviles en una toalla tirada con el nombre del hotel bordado.
En el canto de la bañera, un frasco yace volcado. Algunas cápsulas blancas, medio abiertas, se han desperdigado por el suelo, quizás arrojadas en un último gesto agónico. Con un zarpazo de horror, Santi busca el pulso en la muñeca marcada por la cicatriz fina pero inmanente, reverberante de su tragedia. Nada. En la carótida, igual. La piel está fría, flácida. Semeja un caparazón vacío. Una sombra extraviada.
Tropezando con la gabardina al retroceder, el pánico lo empuja contra la mesita. Entre balbuceos y sollozos, marca el 112, haciéndose entender a duras penas. La máscara mortuoria de Bea lo mortifica. Hace un rato, sintió el roce de su piel, su aliento en el pómulo. Ahora… es un cuerpo inerte.
Antes de que llegue la ambulancia, y sin dejar de preguntarse con angustia cómo ha podido permitir que ocurriera, Santi ojea el móvil de Bea sobre la mesita. Pese a la pantalla resquebrajada, distingue la imagen de fondo: ella besando el anillo dorado, veteado de rojo, sobre un haz de luz, radiante en el clímax de una ovación.
Cada noche, en el silencio del hotel, Santi mirará la puerta acristalada, anhelando que Bea vuelva a cruzarla. Solo para poder hacer las cosas de un modo distinto.
José Luis Manzano es autor de la novela Desarraigo, disponible en Amazon.
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Imagen : Artur Wiernicki, Wroclaw (Polonia)

