Arde Bogotá desplegó ayer todo su talento, energía, épica y pirotecnia rockeras en un inolvidable concierto final de gira en el Wizink Center de Madrid, en la confirmación definitiva de que estos amigo de Cartagena (Murcia) son la mejor banda española de rock en muchos años, desde la desaparición de Héroes del Silencio.
Y eso es mucho decir, pero Arde Bogotá tiene el descaro, la actitud, la potencia en directo y la calidad suficientes como para atreverse a mirar a los ojos al mítico grupo de Zaragoza y no salir mal parados. Palabras mayores.
La noche se prometía caliente, con cero grados en la calle, y así fue. Antonio García es un frontman con personalidad, imagen, fuerza y una voz prodigiosa, de las voces graves -e incluso engoladas- que siempre nos gustaron en la historia del rock y evitaré dar nombres porque cada cual puede tener los suyos.
El resto del cuarteto, en directo acompañado por un segundo guitarra que insufló lo que se necesita para ser grandes en directo -una grata sorpresa, como en Héroes del silencio lo fue el mexicano Adam Boguslavsky-, suena rítmicamente muy compacto, con la batería absolutamente espectacular de José Ángel Mercader «Jota», que me recuerda a los mejores momentos de Pedro Andreu, Larry Mullen Jr., Dave Grohl o el malogrado Taylor Hawkins, el bajo de Pepe Esteban y la guitarra, por momentos atronadora y siempre surfeando sobre enormes melodías de himnos rockeros, de Dani Sánchez.
«Bienvenidos al sueño y la ilusión de cuatro muchachos, esperamos que sea la fiesta de todos. Somos Arde Bogotá y hemos venido a bailar», abrió la ceremonia el cantante con puntualidad británica .
A partir de ahí, dos horas de comunión con un público entregado en el que destacaban seguidores que, cuando estos murcianos nacieron, ya llevaban unos cuantos conciertos a sus espaldas… Y eso es signo de que el rock ha vuelto a romper su enésima acta de defunción, entre tanto canto de sirena indie popero y soft rock americano, trufado de AOR (adult oriented rock) o de folk con fecha de caducidad y repercusión más o menos corta, según la propuesta.
El concierto empezó con temas como Abajo y Quiero casarme contigo, para meter ya la directa con ese golpe certero que es Qué vida tan dura.
Continuó con La noche, Tijeras -por primera vez acercándose al público en la pasarela- y la magnífica Sinvergüenza, grabada con Dani Fernández.
Flores de venganza, Big bang y Clávame tus palabras enardecieron a la afición, ansiosa de estribillos con pegada y crudos riffs guitarreros.
Y de repente, luces bajas y todo el mundo mostrando carteles con las coordenadas 571-/9A : cuando una canción conecta con las raíces y con la audiencia como lo hace Exoplaneta, no queda más que añadir.
Tras Te voy a hacer cambiar, la fiesta deriva en delirio con La torre Picasso y Cowboys de la A3, Sagitario y la coreada Virtud y castigo, aun después de terminar la canción, el concierto e incluso ya en la calle.
En Exoplaneta, Antonio terminó cantando encima de la estructura superior de los focos y ahí apareció una orquesta de cuerda para conducir a Arde Bogotá en Copilotos, Flor de la Mancha y La salvación.
Ya sólo quedaba el bis, con un trío de canciones como Los perros, Antiaéreo y la funky Cariño, en la que el cantante se volvió a mezclar entre el público como ya hacía año y medio atrás en el inicio de la gira Cowboys de la A3, cuando los escuché desde mi terraza y me pregunté quiénes eran esos tipos. Más vale tarde que nunca.
Gracias, Arde Bogotá, por mantener la mecha prendida.

