La banda irlandesa Fontaines DC arrasaron Madrid y Barcelona el jueves y ayer con su apoteosis del rock alternativo de las islas, su homenaje en forma de batidora de sonidos desde el post punk de los 80 al sonido Manchester, la épica y cambio de registro del grunge más sentimental y el pop electrónico más actual de las últimas décadas. Bienvenidos a la oda a la música de las islas, aún queda esperanza.
Para quienes crecimos en las últimas grandes olas del rock, encontrar bandas actuales que nos muevan el piso, conecten musicalmente con las fuentes de los más grandes y las hagan suyas con naturalidad en estos tiempos de urgencia y singles atropellados es la bombona de oxígeno que durante unos años estuve enviando a pacientes con insuficiencia respiratoria por todo Madrid.
Y eso me ocurre con el vendaval de la banda dublinesa Fontaines DC, que me siento en casa y puedo volver a escuchar álbumes enteros en bucle como cuando me cerraba con los vinilos en mi habitación adolescente.
Porque sus cinco álbumes en solo ocho años tienen la fuerza y empaque de una obra que no tiene sentido individualmente, sino para ser disfrutada en su conjunto agarrándose a las curvas en cada cambio de registro y dejándose llevar cuando acelera. Sin miedo. Como han hecho algunos de los verdaderamente grandes sin temer el abandono, desde el Bowie glam al Bowie industrial, desde los U2 new wave a los U2 electrónicos de Achtung baby, como ejemplos sin salir de las islas.
Pero volvamos al principio de este revival post punk liderado por Fontaines DC, a la oscuridad de Ian Curtis y sus Joy division, a las guitarras y melodías dulzonamente tristes de The cure, a los hipnóticos teclados de Depeche mode, a la distorsión igualmente melancólica de The Jesus & Mary chain -el buzz que te llevaba al fondo del pozo para impulsarte y sonreír happy when it rains-, a las guitarras de John Squire en The stone roses y sus largos desarrollos psicodélicos con aparición del baile, a la programación de U2 en The fly, al pesado muro de sonido y los cambios bruscos de ritmo de Smashing pumpkins en sus álbumes Gish y Siamese dream o la aparición de esos teclados dream pop en su álbum Adore.
Todo ello y el mejor pop actual está en el repertorio y el show de Fontaines DC, algo que cautiva y deja perplejo al personal de igual modo.
En Madrid hicieron una presentación sin falla ante un Movistar Arena, quizás en un 70-80% de su aforo en gradas pero donde no faltaba nadie de quienes debían acudir a la llamada en este punto de inflexión de su carrera, antes de que la masa se haga con ellos gracias al boca oreja, la colaboración con Rosalía, los grandes estadios y lo que haya de venir.
«No tienen nivel para telonearnos», dice el ínclito Liam Gallagher.
Recuerdo cuando vi a Faith no more, Oasis y The cure en la arena de la plaza de toros de las Ventas, en Madrid el 18 de julio de 1996, en el primer día de la ola de calor. Tras romper a sudar con los californianos y sus pogos vi a Gallagher enfrentarse con el público, manos atrás y acreditación al pecho, dando un concierto que sonaba exactamente igual que en sus discos, sin improvisación, sin magia hasta el I am the walrus final de The beatles…
Y ahí llegó Robert Smith y su banda de magos para poner calma durante dos horas y cuarenta y cinco minutos, en una celebración oscura -o negra, como cantaría Depeche mode-, dejándome con esa sensación de hacerme preguntas sin respuesta, siguiéndolos desde la barrera hasta años después cuando caí adicto de su Disintegration, absoluta obra maestra.
Ya de regreso en el Movistar Arena vemos a la afición de Fontaines DC, cantando, saltando y bailando sus canciones como seguidores de una magnífica secta -qué mentira que la juventud esté perdida-, desde la apertura del show con su reciente Tongue al primer acelerón con el casi de otro siglo Boys in the better land -¿debemos remontarnos a la pureza de The clash, paradójicos ídolos de infancia de algunos fundadores del post punk?-, la absolutamente maravillosa y bailable Marianne de su nuevo álbum Dopamine chamber, número 1 en Reino Unido el mismo día de su actuación en Madrid el 22 de octubre, a menos de una semana de haberse publicado, y el ya clásico Jackie down the line.
Hagamos aquí una pausa para hacer hincapié en el sonido compacto y poderoso de estos dublineses, toquen el palo que toquen, con una base rítmica de batería y bajo increíbles y unas guitarras y teclados que hacen volar, todo acompañado -que no ensombrecido- por la gran voz y personalidad de su frontman Grian Chatten.
A partir de ahí, sucesión de enormes canciones ya a velocidad crucero, como You miss me, Roman holiday, A hero´s death, In the modern world o Happy for you.
Desde este momento, el peso del concierto recayó sin pudor sobre sus dos últimos álbumes, Romance y Dopamine chamber, como en una espectacular carrera de números uno.
Temas como Mimesis, Bug y Favourite hicieron las delicias del público para cerrar con Where is gone?, sin la improbable y el jueves innecesaria Rosalía.
Los bises, una operación de cirugía limpia y eficiente con Japan, la ya mítica love you y su crescendo que será tan famoso como el del Creep de Radiohead, Starbuster y Six shot morning.
Y final, los cinco amigos de Dublín se van sin hacer ruido, educadamente, como llegaron, dejándonos atónitos y agradecidos. Vuelta a la esclavitud pero con una inyección de dopamina para ser más felices.

