Llevo meses escuchando de vez en cuando el fanzine-disco «Antipersonal», que Kike M amablemente me hizo llegar el año pasado y lo primero que debo decir es que la contracultura, la cultura alternativa, sigue teniendo artistas jóvenes que artesanalmente buscan espacios, plataformas y modos de comunicación que se ajusten a su mensaje sin ajustar el mensaje a los medios.

Liliana Torres (Vic, 1980), en su segundo largometraje «¿Qué hicimos mal?» tras la multipremiada «Family Tour» (Atlántida Film Fest, entre otros), regresa a sí misma en este true-life-docu-ficción en el que intenta responder a LA pregunta: ¿por qué desaparece el amor?¿Qué no nos contamos, qué no alimentamos, en qué (quién) nos convertimos al (des)amar? ¿Qué hicimos mal?

Vaya, me invita de palabra porque el pasaje, si no es por Carmen Julia, hubiera tenido que sacármelo del trasero. No hay manera de hacerles entender a los extranjeros que aquí el peso no está devaluado, como en México. No, señor. Está invaluado, no sirve para nada, es el anti-dinero. Para las cosas importantes —como los viajes— o te buscas los dólares o te aguantas los dolores. 

Otra vez y con poco aire en los pulmones daba pasos erráticos en la penumbra, rogaba por la salida, sabía que estaba a metros y parecían kilómetros. La luz seguía apagada, nadie salió pues era madrugada, dormían plácidamente  ignorando mi desesperación; dejaba atrás, en el departamento de dos ambientes que de golpe se volvió una caja diminuta,  a mis dos hijos que también dormían.

Todo empezó como un juego en nuestras redes sociales. Sin importar ganadores o vencidos. Escribir, en menos de dos minutos, pequeñas reflexiones o poemas, a sabiendas de que el resultado bordearía entre el rotundo fracaso y el suficiente raspón. Mi hermano y capitán de este barco sin arpones en busca de Moby Dick los bautizó, con humor y acierto, como Poemas WC.

Durante tres años estuve trabajando todos los domingos y festivos del año en una empresa de oxígeno y aerosolterapia a domicilio, no cargaba botellas a los hombros pero pasaba diez horas recibiendo pedidos, quejas y haciendo albaranes infinitos para todo Madrid. Fueron días de libros de Cortázar, apuntes de derecho procesal, bocadillos de ternera con pimientos verdes y almacenes en un polígono al final de la calle Embajadores…