Resulta sorprendente cómo maneja moralmente a los demás, cómo aniquila todo atisbo de esperanza, cómo conduce la conversación y los chistes -siempre tendentes a la necrofilia-, cómo cuando has escuchado y has asumido tus culpas y miserias, la mercancía que permanece en stock, él se siente fortalecido y al cabo sonríe inconscientemente con malicia.
Entonces, un rato después eres capaz de odiarlo por el fardo de tristeza que carga sobre tus hombros, pero cuando duerme y lo miras, comprendes que tiene la madurez y la mente de un niño que se rechaza a sí mismo.
Y eso, amigos míos, constituye una mezcla peligrosa.

Hay que recuperar la libertad de expresión en un sentido real, que la gente deje de tener miedo a decir lo que piensa de verdad, y no esté tan preocupada de nadar sólo en las corrientes de opinión. Y también debemos ser lo suficientemente inteligentes como para aprender de quienes no piensan como nosotros y aceptar que habrá cosas en las que estén en lo cierto.

Contestatarios y desinhibidos en «Villa Nellcote», chateau alquilado por Richards y que, cuentan las crónicas, llegó a albergar a cerca de 70 personas entre músicos, ingenieros de sonido, parejas de todos ellos, aduladores, chupópteros y célebres visitantes como William Burroughs (el hombre que descendió a las infiernos de las sustancias y vivió para contarlo en el icónico «Almuerzo desnudo»), John Lennon o el solista de The Byrds, Gram Parsons…

Año 1996, frontera colombo-panameña, un estrecho pedazo de tierra muy codiciado por su posición geoestratégica denominada estrecho de Darién, tapón de Darién o sencillamente selva del Choco. Uno de esos sitios fronterizos donde bandidos, guerrilleros, colonos y retenes del ejército se enfrentan cada día en una lucha por la supervivencia muy alejada de nuestros valores occidentales de sociedad de bienestar.