Empleado del siglo. Gonzalo Trinidad Valtierra, México

el

Para el Negro de Veracruz
—Anthar Santos

Marzo, aborrecible y sin trabajo. Después de la entrevista —la tercera de este mes—,
Germán Huesca salió a la calle con plena conciencia de su fracaso. El sol comenzaba a
declinar entre los edificios de una ciudad caldeada en el aire imbécil de las cuatro. Caminó
sin rumbo, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Se detuvo frente a las puertas
de una cantina, atraído por el jolgorio de un conjunto que entonaba sones y matanceras. A
diferencia de otras cantinas que había frecuentado en sus años de oficinista, creyó encontrar
algo diferente en esta, cuyo nombre era La Bola.
Se arrimó al muelle de la barra y ordenó:
—Un ron puesto —con el tono de su extinto abuelo.
Apenas tenía dinero para una copa; decidió beberla con calma. Las risas y la
familiaridad de los parroquianos le contagiaron de pronto un sentimiento de extrañeza hacia
el mundo, como si éste no fuera ya un mierdero, sino algo diferente, novedoso y pleno de
bendiciones para el hombre de a pie. Miró a los reunidos en torno a las mesas. Oficinistas,
obreros y algunos comerciantes enfrascados en albures y política.
—¿Por qué tan cabizbajo, amigo? —lo interpeló un sujeto que se encontraba en la
barra, con las mangas de la camisa recorridas hasta el codo.
—Ya ve, mala racha.
—Anímese pues. Está usted en un templo. Olvídese de sus problemas. Bébase una a
mi salud. ¡Carmelo! —llamó al cantinero—, una de lo que se toma aquí mi amigo, ponla en
mi cuenta.
De pronto su copa se había multiplicado; un milagro en sí mismo. Huesca agradeció
el gesto del extraño, quien señaló el contenido del vaso: más de tres dedos de ron que
Carmelo servía con hielo abundante, cáscara de limón y agua mineral a un lado.
—¿Ve esto? Es la solución a todos sus problemas. ¡Salud!
—Salud —dijo Germán Huesca, sin convicción.
—Con entusiasmo, hombre. ¿Qué es eso? ¡Salud! —insistió el extraño y entrechocó
su vaso con el de Germán—. Armiño Beltrán, servidor.
Huesca compartió su nombre con el señor Beltrán, a todas luces mayor que él. Un
par de mechones blancos dominaban los costados de la cabellera, como dos relámpagos.
Con todo, no daba la impresión de ser un hombre cargado de años. En ese momento el
conjunto se puso a tono con Amalia Batista, arrancándole un grito en coro a la concurrencia
de La Bola. Amalia Batista, Amalia Bayombe, ¿qué tiene esa negra que amarra a los
hombres?
—¿Es usted nuevo? —preguntó Armiño Beltrán, pero el estruendo en las bocinas,
las risas y los gritos de felicidad ahogaron su voz.
—¡No le oigo!
Armiño Beltrán se arrimó al convidado.
—Que si es usted nuevo aquí en La Bola, no lo había visto antes.
Tampoco alcanzó a escuchar esto último. El ruido de fondo se alzó como una ola y
se fue a estrellar en la barra y los muros de la cantina. Germán Huesca se llevó la copa de
ron a la boca para refrescarse. Al principio le pareció muy dulce. Pero al poco rato disfrutó
el regusto e incluso olfateaba el vaso antes de acometer el siguiente trago, como un
cachorro sediento.
Armiño Beltrán se valió de señas y gritos para darse a entender.
—Es la clausura de la cantina. Mañana este lugar será un desierto. Y en cosa de un
mes, quién sabe si menos, una tienda de conveniencia o una cadena de hamburguesas. Vaya
uste’a saber, amigo.
—Qué lástima —dijo Germán Huesca al tiempo que contemplaba con atención el
rostro de su interlocutor. La frente amplia, las cejas tupidas en forma de arco, los labios
finos y el mentón cuadrado aportaban cierto aire de distinción al señor Beltrán; la suficiente
para diferenciarlo a primera vista de los parroquianos, enrojecidos, abotagados o ateridos
según la cantidad de alcohol que hubiesen consumido.
—Déjeme pichar otra ronda —dijo el señor Beltrán.
La ronda se convirtió en una botella de Habana Club. Y cuando la primera línea de
La bola —en voz de los soneros— destripó los bafles, media cantina se lanzó a la pista de
baile improvisada. ¡Play Ball! Pelotero a la bola… Bailando sobre las mesas, trepados en
el muelle de la barra o dando tumbos, haciendo piruetas al ritmo de los timbales y el
teclado, los parroquianos coreaban la canción que le daba nombre a la cantina, fundada en
1950 por don Gonzalo Lara, famoso pelotero de origen cordobés. La bola la bolita y la
bola. Papiripapiripa… Germán y su benefactor se unieron al festejo.
Una extraña efervescencia invadió su cuerpo, empezando por el vientre y
extendiéndose como un hormiguero hasta la punta de los dedos. Una corriente eléctrica
agitaba sus pies y sus caderas al ritmo del son. El recuerdo de las entrevistas fallidas y la
sombra del desempleo se esfumó de pronto, gracias al hechizo de la música y el ron. La
vida le pareció solemne, como si hubiera hecho las paces con él. Bajo el influjo del alcohol,
sintió que era capaz de sobrellevar las trampas del destino.
—¡Salud, amigo! Que viva La Bola, jijos de la voladora —exclamó Armiño Beltrán
y pasó su brazo por encima del hombro de Germán Huesca.
—¡Salud, don Beltrán! Amigo como pocos.
Germán Huesca saltó y giró sobre su propio eje como un trompo cuando un piquete
en el culo lo hizo trastabillar. Hijo de la chingada, pensó. Pero no pudo enfadarse ni encarar
al bruto que había perpetrado la travesura.
—Sírvase otra, amigo —dijo Beltrán con una sonrisa quisquillosa.
Pero Germán necesitaba mear primero. Una vez en el baño —el sonido llegaba
amortiguado por los muros—, pensó que su mala racha había durado demasiado. Casi un
año, pensó, sin trabajo, viviendo de prestado en casa de mi primo y ahogado en deudas.
Estaba tan absorto en sus problemas que no se percató de la presencia del señor Beltrán,
quien aprovechó el descuido para contemplar la verga del convidado. Germán volvió en sí
mismo cuando sintió la palma de una mano en el hombro.
—Amigo, cuando dos hombres mean juntos ya se consideran hermanos, ¿qué no?
Germán asintió, sin saber qué decir. En seguida buscó el lavamanos, frotó sus manos
con jabón mientras el señor Beltrán seguía hablando.
—Le ofrezco un trabajo como asistente de contabilidad. Tengo una
comercializadora de abarrotes en Pachuca. Y creo que usted es la persona indicada para el
puesto. No me responda todavía. Primero diviértase. Venga, vamos por otra, que se me
reseca la garganta.
Los ojos de Germán se iluminaron; quizá por efecto del ron parecían algo vidriosos.
De vuelta en la mesa, el señor Beltrán dijo:
—No tengo dudas, amigo, de que pronto será empleado del mes. Qué digo del mes,
empleado del año, del siglo…
—Del milenio, qué carajos —remató Germán Huesca con un brindis—. Usted es de
los buenos, se le nota luego luego, don Beltrán.
Una carcajada afloró en voz de Armiño Beltrán, seguida de varias palmadas en la
espalda de su nuevo amigo. La mano, aprovechando el estupor de Huesca, acariciaba el
hombro o el brazo, de manera sutil. Germán apenas se percataba de esa familiaridad, tal vez
por culpa de las copas que siguió bebiendo, eufórico, impresionado por la oferta de trabajo
que, dedujo, se debía a un golpe de suerte bien merecido.

El licor comenzó a enervar a los parroquianos que ya coreaban a voz en pecho Lo
que pasa es que la banda está borracha, está borracha… hasta convertirlos en parodias de
sí mismos. Algunos bailaban solos o con el recuerdo de un viejo amor. Otros simplemente
tropezaban unos con otros, como bolas de billar. Y los más hacían terribles esfuerzos por
articular la frase más elocuente que uno puede pronunciar en las cantinas: Échese otra,
compadre.

Cuando los soneros abandonaron el escenario de forma definitiva, pasada la media
noche, un silencio insoportable abatió La Bola. Uno entre el montón fue a rellenar la rocola
con monedas de a diez pesos.

—Vámonos de aquí —dijo Armiño Beltrán aprovechando el silencio—. Conozco un
lugar de primera.
—A donde usted mande y guste, amigo —respondió Germán Huesca, con cierta
dificultad para hilar la frase.


El ron, lejos de ser un bálsamo, se había convertido en un fardo que la enclenque
complexión espiritual de Germán Huesca no pudo soportar. Puesto que no tenía madera de
alcohólico, sino de borracho, y de los menores, tuvo que apoyarse en el hombro de Armiño
Beltrán para llegar al coche estacionado a un par de calles. Allí, en la intimidad del
automóvil, comenzó a desahogarse, sin el menor recato.
—Le digo que me corrieron de la chamba hace un año. Pero no le he dicho por qué.
El pendejo de sistemas la cagó y me echó la bolita. El chistecito le costó un millón de pesos
a la empresa. Pero como es hijo de un cacagrande, me colgaron el muerto y hasta me
metieron a la lista negra. Ya ni siquiera busco chamba de contabilidad, me conformo con lo
que sea. Pero en todos lados —hipó varias veces antes de proseguir—, en todos lados
puertas cerradas y llamadas que nunca me devuelven. ¿Sabe qué es lo peor? Que nunca
pude demostrarle a mi padre que no era un fracasado. Eso es lo que más me encabrona. Eso
es lo que me come por dentro.
Avergonzado, volvió el rostro húmedo hacia la calle oscura, fría y solitaria.
La mano de Armiño Beltrán se posó en su rodilla.
—Ánimo, pues. Estoy seguro de que usted no es un fracaso.
—Más bien parece todo lo contrario, carajo —se limpió los mocos y las lágrimas—.
Seguro que ya se arrepintió de ofrecerme trabajo —al decir esto, una agrura se elevó como
una columna de fuego desde la boca del estómago hasta la campanilla.
Armiño Beltrán procedió a buscar un pañuelo que le tendió con la misma cortesía
que a una mujer. Y mientras Germán Huesca enjugaba las gruesas lágrimas, continuó
hablando:
—El trabajo es tuyo, si eso quieres. Pero, tengo que pedirte algo a cambio. Es una
formalidad. No quiero ofenderte. Necesito ver qué tan dispuesto estás a trabajar. El
compromiso es todo para mi empresa.
Germán Huesca miró al señor Beltrán, que por momentos parecía duplicarse, como
horas antes su copa de ron.
—Lo que quieras, amigo —dijo con lentitud, mientras hacía lo posible por contener
el reflujo estomacal. Era como si algo empezara a bullir sediciosamente en su interior.
El señor Beltrán palmeó la rodilla de Huesca, dejó su mano sobre la pierna un
momento y luego buscó su cartera.
—Un adelanto, para que salgas de problemas, por el momento.
Algo avergonzado y con un nuevo acceso de agruras, Germán Huesca contó los
billetes.
—Velo como una muestra de afecto. Pero ahora quiero pedirte algo, Germán —ya
no le pareció extraño que lo llamara por su nombre.
—Lo que sea —contestó, ensimismado en los billetes que no lograba contar.
Beltrán echó el asiento hasta el fondo y buscó la bragueta del pantalón. Al ver cómo
emergía una verga endurecida, Germán Huesca se limitó a mirar aquello.
—¿Te gusta?
A lo que Germán, desconcertado, respondió.
—Pinche viejo puto.
Sin ofenderse, Armiño Beltrán miró su propio pene. Le pareció una cosa admirable.
Luego, sin acentuar demasiado el reproche, dijo:
—Pensé que habías entendido.


Germán Huesca trató de evadir con la mirada la verga de Beltrán, sin lograrlo, a
pesar de la escasa luz que entraba al coche.
—Devuélveme el dinero. Y me debes otros mil quinientos, de lo que te tomaste
—agregó con resequedad.
—Pero… —no acertó a decir otra cosa por culpa de un disparo de acidez que rebotó
en las paredes de su garganta, atragantándose.
—Ni hablar del puesto que te ofrecí. Olvídalo todo.
Acto seguido, Germán Huesca miró a su alrededor. Una calle desierta. Hizo un
esfuerzo por no regurgitar los jugos gástricos. Contempló la situación: volver a casa de su
primo, sin dinero y sin trabajo, o aproximarse un poco más al precipicio, a cambio de una
recompensa.
—Necesito mi dinero —dijo Beltrán, sus ojos fijos en los de Germán, quien resolvió
lo que haría, al tiempo que el reflujo comenzaba a hervir en su garganta.
Hundió la verga en su boca. Armiño Beltrán cerró los ojos y apretó los dientes mientras
posaba una mano en la nuca de su presa, para hundir su verga a placer. Germán sintió que
se atragantaba. El pene quería ir más adentro y los jugos gástricos empujaban en dirección
opuesta. Uno y otros se encontraron a medio camino en la garganta, sin poder avanzar o
retroceder, palpitantes, efervescentes. El enfrentamiento se resolvió en una mezcla de
aullido y grito destemplado cuando los incisivos de Huesca cercenaron una porción del
glande. Armiño Beltrán azotó al infame contra el volante. El claxon gimió varias veces
antes de que Germán pudiera librarse a golpes; abrió la puerta y salió disparado. Al llegar a
la esquina vomitó, sin detenerse, apretando cada vez más fuerte los billetes en su puño.


Gonzalo Trinidad Valtierra, Ciudad de México (México)

Prófugo de la ingeniería. Autor de los libros de cuentos «Dios prefiere a los bastardos» (Vodevil Ediciones, 2018), «En la tierra se escuchan gritos» (¡Ay, Bacantes!, 2021) y «La Ruta de la Tempestad, cuentos de la Nao de China» (Vodevil Ediciones, 2022). Coeditor en CanCerbero, uno de los blogs culturales más atractivos que hemos encontrado. Recibió la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2015. Ha publicado en diferentes medios, digitales e impresos, cuentos, crónicas, artículos, ensayos y algunos poemas.

Bienvenido a Profesor Jonk, Gonzalo

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