Campañas de publicidad, acosadores digitales y traumas de infancia

Llevaba una semana confinado por Covid, me estaban tratando bien, mi mujer traía la bandeja a la puerta y el perro lloraba a las tres de la mañana para que le abriera la puerta y se acostara conmigo.

Por el día saltaba furtivo hasta el despacho, donde teletrabajaba sin darme de baja laboral porque tenemos compromiso, no nos encontramos mal y queremos heredar la empresa.

A las 15:30 bajaba a mi habitación, en la que tenía un sofá cama, un televisor con tres plataformas digitales de las que sólo pagaba una, el ordenador portátil y una máquina elíptica que ella me indujo a comprar al principio de la pandemia y que en estas dos semanas servía de perchero para el pijama, la sudadera y la manta del perro.

Por las tardes veía tenis, me aburría, publicaba nuevas colaboraciones en nuestra revista y hacía captación de nuevos talentos en Facebook Ads que resultaron sorprendentes.

Ya de noche, vuelta a la ceremonia, me quitaba el pantalón y el jersey y dormía con las dos camisetas que se me pegaron a la piel esos días, pantalón de pijama y los mismos calcetines. A oscuras lo sentía a mis pies a veces haciendo contorsiones y ruidos con la boca, como si se estuviera limpiando -sólo espero que no estuviera dándose placer porque, según avanzaron los días juntos, fue viniéndose arriba y acabó durmiendo cerca de la almohada y dándome besos con su larga lengua mientras lo abrazaba.

En fin, la campaña de Facebook está yendo razonablemente bien, primero me escribió un señor de nombre imposible, Facundo Crosthwaitevilla, me pregunto si son bots indios desde Bangalore, en cualquier caso el caballero fue amable.

Había lanzado tres anuncios con tres fotografías distintas, la de Uma Thurman y libros de nuestras redes sociales, la del musulmán, gorro cilíndrico mostaza, al que fotografié descalzándose para meter los pies en el lavabo una madrugada en el aeropuerto de Dubai -lo hice disimuladamente, al salir del cagadero, fingiendo leer un mensaje mientras le disparaba la foto… él con gesto de desconfianza y yo sin pensar que si hubiera saltado el flash me habrían aplicado algún artículo no escrito de la sharía para quien atenta contra la intimidad del prójimo- y, por último, una fotografía de dos soldados con mascarillas anti gas y un burro en trincheras de la primera guerra mundial.

La cuestión es que Facundo debió malinterpretar nuestra intención contracultural, porque respondió «como la vez si el enemigo entrá a destruir la creación de Dios créanme que el espíritu Santo con arma y poder! Entra a destruir lo Malo en el nombre de Cristo Jesús amén».

Ininteligible.

Aun así, yo pasé mis primeros catorce años en los hermanos maristas, ahí evitaré toda ficción, hasta que en una misa de los jueves a primera hora pasaron una encuesta preguntando si «te importaría llegar a ser hermano marista».

Por aquel entonces yo era un muchacho políticamente correcto y tendente a la mediocridad, espacio en el que nunca te faltará nada, así que añadí una tercera casilla que decía no sé.

De repente, una noche de invierno antes de cenar llamó a la puerta un sacerdote con alzacuellos y resto de complementos, no como los hermanos que vestían camisas a cuadros y jerseys de pico, un señor obeso y grande que se sentó con mi madre y conmigo en el despacho de mi padre y le explicó que creían que yo podría tener vocación.

Desplegaba sus argumentos y las bondades de la residencia en el norte, yo pensaba en las amigas de mi hermana y miraba a mi madre pidiendo clemencia. Mi madre rehusó educadamente y marché al instituto público, donde leí «Así habló Zaratustra» y los existencialistas franceses, dirán que aburridos pero antídoto infalible.

Han pasado décadas pero no puedo evitar ser complaciente y pusilánime incluso con los imbéciles, no se vayan a ofender por un malentendido. Facundo podría no ser uno de ellos pero, por si acaso, le he agradecido el mensaje, añadiendo que «más vale que nos cuidemos y que Dios esté de nuestro lado porque es cierto que hay peligros de toda índole. Un saludo».

¿Pero qué es esto?, ¿en qué tiene que estar Dios de nuestro lado?, ¿es efecto de la infección o es que no sé cómo dar salida a este tipo de contactos?

Mi socio me dice que quiere ayudarme, pero la primera criba de talentos y tarados es cosa mía, no es algo sencillo que deba delegarse. Y él lleva el Twitter desde el trabajo porque en casa tiene tres hijos absorbentes, con los cien cumpleaños des sus amigos y las cien sesiones de comida basura anuales.

Un día después, un tal Pedro Albornoz me envía un enigmático mensaje: «jajajaja».

Le doy un like.

Contesta : «.».

Un punto. Le doy un like, me están tocando los cojones, esta campaña me cuesta dinero, sigo empecinado y sin ducharme. Nadie me espera.

Albornoz es un tipo mayor, no hay caso, la revista no conecta con los sexagenarios aunque estamos más cerca de ellos que de los zetas.

Algunos días más, teletrabajo, conversaciones con la puerta entreabierta y a través del móvil en la misma casa, soy responsable y no haré enfermar a mi familia, hoy me ducharé pero no me afeitaré hasta que salga : ni siquiera para la reunión de grupo, que vean que estoy enfermo y me están incomodando en mi intimidad degradatoria.

Un tal Goyeneche, presiento que argentino como otros que me escriben y como Roberto, me dice «en los más puedan en que ayudan». Incomprensible, pregunto qué le interesa. «En que más pueden ayudar». ¿Estamos aquí para ayudar?, la campaña está fallando en el mensaje.

¡Alguien ofrece artículos sobre ecología y medioambiente!, varias felicitaciones, uno que dice que escribe frases geniales y que le gustaría que las publicásemos para algún actor (¿?) y me cae simpático y le voy a dar cancha si enlaza ocho frases meritorias, dos que preguntan dónde pueden conseguir la revista y, de repente, él, de quien no daré el nombre por motivos obvios:

«Andate a la re concha de tu madre!!!!!!!!»

«Take it easy :)»

«Andate a la re concha de tu madre!!!!»

«Pero oiga, ¿por qué?, ¿qué mal le hicimos?»

«Andate a la re concha de tu madre!!!!!»

A estas alturas, tras veinticuatro horas en este bucle, no creo que lo saque de ahí, así que le aplico más terapia de amor.

«Perdone, ¿qué es lo que no le gusta de nuestra revista?, ¿acaso leyó algo?, ¿es el musulmán de la foto?»

«Qué musulmán la puta que te pario, hijo de tu puta madre»

En este punto dudé si devolverle toda la ira de la que soy capaz, pero prefiero seguir guardándola como he hecho desde la infancia, nunca se llega lejos pero tampoco te envían un sicario a casa.

«No hay por qué ser maleducado, no sé por qué está escribiéndome. Espero que se encuentre bien y que no padezca de los nervios. Un saludo»

Uno nunca sabe quién le va a odiar y el porqué, puedes intentar esconderte en la amabilidad, la mansedumbre, la multitud, la consonancia… pero siempre hay malnacidos que quieren darte una patada como aquel trozo de carne de centro penitenciario del colegio, el que te pidió el balón al final del recreo y ante tu frase desiderativa te sacudió una magnífica patada en los huevos junto a las gradas.

De repente, sigues ahí, al pie de las cuatro gradas del patio en una mañana soleada. Todos entraron a las aulas, incluso el pateador, pero estás quieto respirando y doliéndote, ya no sabes si la entrepierna o la autoestima. Todo es soledad, toca asumirlo y entrar en clase, nada es para siempre.

En cierto modo, espero la réplica del agresor digital, me gustaría abrazarlo sabiendo que hay un océano y cierto anonimato de por medio. El mundo está lleno de fabulosos tarados, cuidémoslos.

Mi mujer me ha preguntado si subo al dormitorio, me he recuperador pero, tras una discusión con mi hijo y un intercambio de pareceres en el que ella ha amenazado por enésima vez en quince años con la separación, le digo que no, que duermo en mi cueva.

El perro hace amago de meterse en las sábanos, me río, le dejo y se vuelve loco como cuando se revuelca mojado en la tierra y luego en la hierba, asilvestrado, marca los dientes y peleamos, lo abrazo y él muerde y lame. Lo aparto y se calma. Se arrebuja sobre la manta a mis pies y dormimos.

He encontrado un colaborador espectacular de Barranquilla, con tres poemas a Bukowski, Leonard Cohen y Bowie, pero eso será mañana. Permanezcan en sintonía.

PD: 23:36 «Andate a la mierda, pelotudo» «Que te jodan, PAYASO». Adoro a este tío. Bloquear.