Todo es más grande en Texas

cocktail en un bar
Dos canciones para una noche extraña

No era un japonés aunque el nombre pudiera indicar lo contrario. Era un asiático plagado de camareros vietnamitas y mejicanos, amplio, con una barra ondulada enorme en el centro y las cocinas al fondo.

Nos guiaron a una mesa en el lateral, medio tapada por una columna y a pocos metros de la entrada a cocina. El preguntó si nos podían cambiar pero seguimos en la zona baja del restaurante, así que les dije que «I´d like to sit down there by the wall«, en la zona alta en una mesa redonda o exactamente en los sofás semicirculares bajo las lamas de aluminio cromo que bajaban por el muro, a ser posible junto a las dos jóvenes de aspecto universitario. No acostumbrada a las frases condicionales y el mundo desiderativo británico, la vietnamita me guio sin dudarlo, éste no es un extranjero que se deje poner junto al extractor de humos con el restaurante semivacío.

Cenamos bien, una bandeja de sushi y sashimi, cerveza Kirin y un bowl de udon realmente delicioso. Probablemente excesivo.

A la salida estamos hablando en el parking junto a la avenida Washington, donde los restaurantes dignos y de comida rápida, los locales para fiestas privadas y los decadentes se rodean de zonas de estacionamiento propias para las pickups. Un tramo de uno a otro y pocos coches todavía aunque ya son las nueve.

-¿Tomamos algo?

No conocía a mi compañero de viaje hasta esa semana. No me gusta deambular por ciudades pensadas para tener problemas si eres un indigente, un borracho o un turista despistado lejos de su circuito. No quise caminar.

Rápidamente nos encontramos entregando nuestro pasaporte a un negro musculoso de dos metros de altura, preguntamos si quiere ver el certificado de vacunación y el tipo parece no entendernos, nos mira las camisas planchadas -la mía a rayas- y dice adelante, moviendo ligeramente la cabeza que comanda por encima de una cadena dorada, le damos educadamente las gracias y desaparecemos.

Ahí estamos, dos campeones, yo reacio y sabiendo dónde vamos y el compañero adentrándose en la oscuridad.

Desde la calle observé el terreno de juego formado por una enorme barra central abierta a cuatro lados, sobre la que cuelgan pantallas de televisión con el mismo partido de fútbol americano, grandes sillones por todo el local, una zona abierta para bandas -hoy no toca nadie- y un fondo de la barra con dos cajas registradoras y las camareras cobrando, llevando el cambio y nuevas bandejas con bebidas.

Pantallas de fútbol americano de distintos tamaños hay en todas las zonas no lúgubres del antro, también camareras más allá de sus tacones negros, de sus medias y ligas negras, sus bragas, corchetes, sujetadores prometedores y prominentes. Todo negro. Más allá sólo sus miradas claras y cabellos rubios de innumerables peinados.

-¿Pero esto es un sitio de putas?

-No, es un sports bar con chicas que te sirven y sonríes y tomas y tomas. Como el Hooters pero sin pantalón y camisetas.

-En pelotas.

-Ropa interior. Pensé que lo habías visto desde la calle cuando dijiste que entráramos.

-Se ve que tú en estos sitios tienes experiencia.

-He viajado, conviene observar de noche -dije estúpidamente ufano.

De repente lo veo abalanzándose literalmente sobre la barra, como si quisiera zambullirse en el sifón a merced de la latina voluptuosa y bajita que nos atiende. No habla español porque muchos latinos de segunda generación renuncian a hacerlo, cosas de la integración. Nos ofrece un sofá e intercedo para pausar el entusiasmo y declinar la invitación.

-Mira, te ha tomado la tarjeta de crédito, si nos sentamos en un sofá aparecen detrás del respaldo o entre las plantas unas busconas y en diez minutos has pedido una botella de champán. Y de ahí ya no se sale indemne.

No me gustan estos sitios, como todos los viajantes de comercio acudo a ellos justificado por otros viajantes que a su vez se justifican con el resto. Al final nos decimos «lo que en el viaje ocurre, en el viaje queda» y volvemos a nuestras vidas hipotecadas hasta el próximo encuentro.

-La cuestión es que hay gente que sale a estos sitios premeditadamente.

Ay amigo, eso no, eso es lo incorrecto, el dolo, dolus-doli de la segunda declinación. En no habiendo dolo, estamos a salvo de cualquier reproche, las circunstancias mandan. Él parece entender mi argumento porque, no sé bien por qué, me está hablando de unos de su pueblo que en una despedida de soltero no sé si al novio o a uno que era muy bajito se la chupó una meretriz delante del resto.

Soy diez años más viejo que el compañero, que a estas alturas con dos ginebras y las cervezas japonesas ya empieza a ser compadre, aunque no mío porque siempre fui un ausente, una suerte de observador, un pasivo agresivo ante la vida, un cobarde, uno que sabe que está de paso y así es mejor.

Compadre se queda bizco observando a las chicas que nos acompañan en la caja registradora a apenas dos metros, me senté al final de la barra lateral junto a una de las cajas en la barra corta pero yo me siento en la butaca mirando a Compadre mientras pierde el habla en una especie de apoplejía extraña. ¿Estos sitios son normales?, ¿estas tías?, tú habrás estado en muchos sitios, recupera el habla.

Los dos jóvenes a su espalda agarran los botellines por el cuello, gorras caladas al revés y camiseta. Gritan cosas tan ininteligibles como ese deporte. Nos miran, no cruces la vista.

En la zona de sillones, tres tipos mayores de amplio esqueleto juegan con dos mujeres embutidas en vestidos cortos. Una de ellas se acerca y pregunta a Compadre si le puede quitar la cinta que tiene anudada a la muñeca, no tengo tijeras dice el necio, llevamos sólo dos ginebras y dos vodkas.

No hables con ella tan de cerca que no lleva mascarilla, aunque pensándolo bien en Texas nadie nos ha saludado con mascarilla, ni siquiera en las barras o sirviendo la comida, el cubrebocas es para filodemócratras, imbéciles o europeos. Y nosotros tenemos boletos para ser las tres cosas, así que relajémonos. En el Gran Sur no existe la pandemia.

Me encuentro bien, aunque mi contertulio empieza a estar eufórico y no sé cómo ha cambiado a la borracha gigante del vestido rojo por un individuo barbudo que le está hablando de inversiones en startups. Estoy en esos minutos en que no sé si mover acompasadamente la cabeza, dar los últimos sorbos cortos al vodka, mirar inmaduramente el móvil o clavar los ojos en ese rostro angelical.

La música ha desaparecido, si es que alguna vez existió, ella me espera con sus caderas altas, su porte atlético y su melena corta. Me espera y me mira fijamente -o soy yo- mientras espera que le dejen cobrar en la segunda caja.

En las siete vidas de los gatos guardaría una para ella, quizás también esté huyendo como Nastassja Kinski en esta misma ciudad, a la que no se llega fácilmente pero que te envuelve de un modo imperceptible.

«Soy evangélico», oigo decir al barbudo que ha pasado de ser chapero a pescador de almas perdidas en estos manglares de podreedumbre. No creo que sea un chapero evangélico, me digo mientras pido un tercer vodka.

Viajo frecuentemente pero me cuesta establecer conversación con gente local, serán ellos o seré yo.

El ángel está devolviendo el cambio en una mesa baja al fondo más allá de la barra. No debería agacharse así o nunca seremos felices.

-Pensé que te ibas a ir con él -increpo a Compadre, que después de cinco ginebras ya es Compadrito, se ha levantado y hace amago de bailar «I need never get old», de Nathaniel Rateliff.

Baila entre tímido y grotesco, si bien ágil en sus zapatillas New Balance y vaqueros ajustados. Muevo la cabeza, que es todo lo que un hombre prudente suele hacer en entornos desconocidos.

La tipa gigante de los labios siliconados mantiene la cinta en la muñeca y se vuelve a acercar, sus anchas caderas impiden encontrar a mi amigo Compadrito haciendo su baile de la luciérnaga algo más lejos de nuestros dominios.

Bebo vodka y vuelve saltando hacia mí, ¡eh, vamos a hacernos un selfie!.

-¿Un selfie?

-Sí, tú y yo. Aquí.

Antes de valorar los pros y contras, ups and downs de la situación, estoy dentro de una pantalla mirándome atónito junto a este imbécil sonriente con su móvil de última generación, aparato capaz de congelar el movimiento y de aportar luz a los ángulos más oscuros de nuestra vida.

Ahora está sonando «Gunslinger´s Glory» de The Dead South, con su banjo y su contrabajo acompañados de un violín, su ritmo decreciente y el final cercano. Y aquí estoy yo, dentro de una pantalla escrutando los ojos de mi ángel rubio de mirada felina que nunca me quiso y nunca me querrá.

Todo congelado hasta que ella desaparece de la pantalla y de la caja registradora pero ya es tarde, ella y sus amigas están en el icloud para siempre.

No lo hagas, me habría gustado decirle a Compadrito, esto no.

Pero ya es tarde, delante de nosotros está Lebron James ejerciendo su sacerdocio magistral, ¡¡el gran Lebron, joder!!, ha abandonado su espacio habitual y nos ha rendido una visita para darnos la mayor bofetada que recuerdo en toda mi vida, la gran mano de Lebron -en Texas dicen que «in Texas everything´s bigger» y ciertamente lo es, al menos en Houston.

La cara de Compadrito se menea como las patas de un pulpo sacudido contra las rocas, sus pómulos, mentón y boca van y vienen y sus ojos atónitos no dan crédito pero menos doy yo cuando su cabeza golpea contra la mía y ambos caemos al suelo como dos bolos. Yo con el vodka intacto.

Su amigo, el barbudo chapero evangelista, hace rato rumiando solo, se ríe de nuestro destino, es la risa de una hiena.

Sólo oigo su «iaiaia» y a Compadrito gritar mi diente, mi diente.

Joder, qué cabezazo, no tengo sangre, tampoco ganas de beber, dejo el vaso en la barra, las camareras hablan y nos ajustician con la mirada, Lebron nos incorpora profesionalmente agarrados por las axilas y le ofrece a Compadrito varias servilletas de la barra.

En la acera, al fondo del parking, no oigo a Compadrito que habla sin pausa y súbitamente se convierte en mi compañero de viaje y regresa a su vulnerabilidad, sus miedos y extrema vulgaridad que nunca deberíamos abandonar.

Es noche cerrada, tan solo localizo un Uber, miro a Lebron en la puerta observándonos sin acritud. Salimos pronto hacia el aeropuerto, me habría gustado intercambiar con él más palabras pero no suelo entablar conversación con locales.