Oxígeno a domicilio, días festivos y máquinas tragaperras

Oxígeno a domicilio, repartidor de oxígeno cargando una botella

Durante tres años estuve trabajando todos los domingos y festivos del año en una empresa de oxígeno y aerosolterapia a domicilio, no cargaba botellas a hombros pero pasaba diez horas recibiendo pedidos, quejas y haciendo albaranes infinitos para todo Madrid. Fueron días de libros de Cortázar, apuntes de derecho procesal, bocadillos de ternera con pimientos verdes y almacenes en un polígono al final de la calle Embajadores, donde ya no hay nada salvo viviendas, la estación de Méndez Álvaro y, cercanos, el Matadero Lab de Legazpi y alguna multinacional. Ni siquiera el parque de la M30 existía.

-Buenas tardes, preguntaba por Antonio Callejo.

-No está, ha salido a hacer un aviso.

-¿Me podría dar el número de su casa?

-No lo tengo, si quiere le puedo dar el móvil…

-Muchas gracias, ¿con quién he tenido el gusto de hablar?

-Fernando.

-Que sea para muchos años.

-Gracias, adiós, gracias. Adiós gracias -entrelazándose.

Toco madera, no me gustan los parabienes ajenos.


Esta mañana fui a abrir el coche con las llaves erróneas.

Un hombre apoyado sobre una pierna, pensativo, cuarenta y tantos, fuma con las piernas en horcajadas, como abandonando el caballo y extrañamente vence el peso sobre una. ¿Qué hace a las siete de un domingo de febrero en pie? Me mira. No parezco borracho.

Dos señores bien peinados, de frene helénica y con chaquetas acolchadas se montan en sus coches plateados.

Pasado el edificio en que tomaba café, salgo a campo abierto. Kilómetros. Apretando poco a poco. Animales muertos, carne estúpidamente reventada, en la autopista no se debe maniobrar. Se me hace corto, sol engañoso, saxo tenor envolviendo los árboles, no hay viento, son los baches. Aflojo la tralla. Policías charlando. Un cartel nuevo: unos dientes bajo la nieve. A la llegada no hay lluvia ni granizo, quizás haga frío luminoso, ese frío cortante que tan bien conocen mis orejas. En efecto.

Esta noche he dormido solo, las cosas no son lo que eran. El vértigo nos lleva , no cabe retrospección alguna. El era el vínculo, el factor aglutinante -qué palabra tan tosca-, en fin, eso, la comodidad que da la confianza en la propia suerte.

Ahora los días son una carrera en la que no hace falta moverse, mi madre y hermanos dispersos en distintas ciudades y un solo carnaval iniciático.

Yo, paladeando soledad, no necesito más por ahora.

Estado civil : soledad, válido para todos sin discriminación alguna por razón de edad, sexo, raza e incluso estado civil. ¿Para cuándo los códigos tipificarán la soledad y le otorgarán derechos? Somos el vacío, la carcoma. Me voy a callar, luego vuelvo queridos lunáticos.


Domingo, 30 de agosto, estoy entrando en este viejo almacén, cada hombre es dueño de su esfínter, es verdad que debería montar una asociación de damnificados por el éxito ajeno.

Ayer mi madre tuvo un incidente, se rompió el embrague en la M40 después de un fabuloso día de boda y llegó llorando a su habitación.

Mi hermana Laura nos abroncó porque los papeles no estaban en la guantera, me siento un inútil con ganas de huir. Examen el viernes. Esta mañana me había guardado las llaves y me las dio mamá, me hice el bocadillo y no hubo tiempo para café.

Llegué dormido, salgo con Antonio y Callejo a Delicias a un café. Una chica con el corte de pelo garçon me sonríe acompañada por dos de los Planetas, uno se acerca con un cigarro en la boca, Callejo le escruta y da fuego.

-Perdona por no hablar.

Fumados.


Un rato después una pelma envía a su hijo a por un concentrador.

Alto, fino, amanerado. Polo rojo a juego con el coche. Jeans y náuticos.

Subo el aparato para probarlo, se enciende la luz roja, se apaga pero vuelve a encenderse, pide unas gafas nasales por un nombre ridículo, «cuernecillos».

No entiendo y llamo a Javi, luego vuelvo a llamar por lo de la luz. Cambio de aparato, uno no funciona y otro hace ruido. Buscamos un enchufe en la habitación: «me pongo estas gafas de sol graduadas que traigo», dice el cliente. Tremendamente extraño meter y sacar aparatos del cuarto oscuro con el niño de las gafas de sol. «Perdona por darte el tostón», se disculpa educadamente antes de marchar.


Callejo habla de la Elipa y Vicálvaro.

-En Vicálvaro sólo tengo dos ascensores y a lo mejor en la Elipa tengo ocho en un día, el resto me los chupo yo con la botella al hombro. Y luego están los que te llaman y viven en torres que cada piso son dos plantas y te bajas en una y si no hay suerte otros dieciséis escalones y el descansillo.

-Te los tienes contados.

-¡Vaya!

Hablamos de propinas.

-También irá según la zona.

-Hombre, yo hago barrios pobres donde todo son obreros y viejos, como en Vallecas, pero son los que más sueltan, no lo dudes. Hay una mujer, una pobre vieja que siempre me da veinte duros y yo le digo «pero Josefa, si usted no tiene pa comer», ¿cómo le cojo yo los veinte duros? Le dan un subsidio de ocho mil y a mitad de mes está tiesa y le llevan comida de la iglesia. Se los dejo allí en la mesa aunque a veces me los tira.


Estaba de guardia y llama un gitano de la calle Guarromán: «Que traigas oxígeno, que mi padre no tiene». «No, las cosas no son así. Usted sabe que en domingo sólo servimos urgencias y ¿cuántas botellas tiene? «Tres, las tres vacías». «Joder, yo llevo oxígeno pero no puede permitir que a su padre se le agoten tres botellas porque esto es un servicio de urgencias. No más». «¡Qué cojones! ¿Tú la traes o no la traes? A mi padre que no le pase na». «Sí, sí, sólo que tengan más cuidado». No sabes cómo se puso el gitano, al final me tuve que callar.


«En José Luis de Arrese los pisos están detrás de los jardines y me hago kilómetros con el carrito. En teoría dan más propinas en el centro pero me llamó una noche una de Velázquez. ¡A las dos! Voy pa´llá y la muy puta me da las buenas noches. Sin embargo, tengo en la Elipa uno que cada vez que voy me da mil pesetas y algunas semanas pide cuatro veces. Si abre la mujer, quinientas. Un día uno, otro día otro. Esos sí que… hasta que se murió la mujer y…»

Se encoge de hombros.

» Y se jodió el negocio».

«Con que no te fíes de los barrios. En el centro vas pisando baldosas de mil duros y luego te tienes que acordar de sus parientes».

Callejo hace amago de meditar y admite que «a veces no se enteran, las tienen llenas. Vale, vale. Saco la bombona en el carrito, le vuelvo a meter la misma y se contenta».


Es un tipo alto y desgarbado, el mono le cuelga como a esos jugadores de baloncesto balcánicos con piernas alambicadas, pero a Callejo le empiezan a pesar las mañanas.

«Estoy ahí tomando un café y un viejo estaba a la máquina, que manda cojones cómo es la gente: ha hecho noventa y siete pirámides. Como cofres, pero pirámides. Le caen diez mil y el tío cogiendo bonos. Uno, otro, otro…, en lugar de cobrar coge bonos. Lo pierde casi todo. Cambia un billete de dos mil, cada premio en lugar de cobrarlo lo doblaba y perdía».

Hace una pausa para beber agua reclinándose en la silla que hay delante de mi mesa.

«Me estaban dando ganas de sacudirle» -hace gesto de apartar a Juanito de un manotazo en la cadera de una fantasmal tragaperras-. «Pero viejo, lárguese. Lo está perdiendo todo, le caen otras tres mil pesetas y coge pirámides. Ya no puedo con mis nervios. Sigue jugando, le salvan tres indias con los pies cruzados. Mil quinientas. Lo triplica. ¡Pas!».

Da otro manotazo con los dedos en el borde de la mesa.

«A tomar por culo. Cuando me he marchado seguía sacudiendo la palanca el muy gilipollas».