Maltrato, auroras boreales y baldosas amarillas

Aurora boreal sobre el mar

Mágica justicia

En cuanto entra en casa Elena se ovilla en el suelo de su habitación llorando y escondiendo la cara. Espera que no le deje marca el puñetazo de Alicia. Casi prefiere los codazos o los insultos, que no se notan. Ni siquiera en su cuarto se siente segura. Sólo quiere desaparecer. Mañana se fingirá enferma y cuando todos se hayan ido lo hará por fin, lo tiene decidido. Antes de acostarse coge el libro de cuentos que su abuela solía leerle cuando era pequeña y mientras recuerda esos tiempos felices se duerme con él entre las manos.
“Borra esa sonrisa de zorra de su cara. Arráncale los brackets, rómpele los dientes”. Elena despierta con esas palabras retumbándole. Ha tenido un sueño raro: hablaba con la bruja del cuento de Blancanieves. Se levanta con una sensación distinta a la de todos los días. Hoy tiene ganas de ir al instituto. Antes de salir coge el puño americano que esconde su hermano.

Hacia el norte

Abandonamos a los moribundos y saltamos al agua antes de que la embarcación llegase a la pequeña ensenada. A duras penas logramos llegar a la playa y alcanzar la ladera cercana donde comenzaban los pinos. Era escarpada, llena de rocas que nos laceraban las manos y las rodillas, pero no podíamos detenernos. Debíamos ir hacia el norte. Allí podríamos respirar sin que el aire nos abrasara los pulmones. El plan era encontrar un refugio donde asentarnos. Mi hermano aprendería a cazar y yo confiaba en mis estudios de Ingeniería Forestal para encontrar algo comestible. Continuamos caminando hasta caer rendidos, pero antes de cerrar los ojos vimos una hermosa aurora boreal.

El miedo es un sentimiento helador. Así como la pasión nos abrasa, el miedo nos paraliza y nos congela las entrañas, reduciéndonos a una mera sombra de nosotros mismos. Sin embargo también nos empuja a hacer lo impensable, convencidos de que ya nada importa. 

Paula sin miedo

De todos los personajes de El mago de Oz, su favorito era el león. Ella también buscaba un talismán que le diera valor para dejar de ser una mujer triste y cobarde. Divagaba sobre esto sentada al volante en  mitad del atasco contemplando el enorme arcoiris que el sol había dibujado en el cielo lluvioso de Madrid. Decidió salir y seguir la línea amarilla del asfalto como Dorothy seguía las baldosas.  Quería ver qué era eso que brillaba donde acababan los colores. Cuando lo alcanzó vio  que era la medalla  que su padre le regaló de niña y que llevaba colgada del espejo retrovisor. Extrañada, se dio la vuelta y vio a lo lejos su coche deshecho en la cuneta. A su lado una camilla y varios enfermeros alrededor. Miró el colgante.  Lo había olvidado, tenía una inscripción: «Para Paula, corazón de león», y por primera vez no tuvo miedo.


Fotografía : Stein Egil Liland