Redes, tanatorios y canciones largas

Sierra de Gredos, Avila

A la manera de esas fábricas decadentes que interpretan agosto como un cierre de la vida, hastiadas de sus obsoletos procesos, su depresión colectiva y su falta de ideas, agosto me llegó ya cansado y necesité retirarme a la nada y quizás leer.

IMPERATIVO ESCUCHARLA : Thinking of a place

El mes anterior había reservado una semana en un apartamento en un entorno urbano cercano a un puerto en una ciudad que no me atraía y, en pago a ello, mi hija quedó confinada por un brote de coronavirus en un hotel de un país mediterráneo durante casi quince días y afortunadamente no pudimos viajar a su regreso.

Las familias de los niños atrapados en el paraíso de aguas cristalinas, imbuidos todo el día en su instagram odiando su suerte, luchamos para que les pusieran leche y zumo en la bandeja del desayuno, para que leas dejaran sábanas nuevas y algo de material de limpieza en la puerta, para que el embajador diera signos de vida, para que los repatriaran.

Televisiones y periódicos ineficientes, lo único fructifero fueron las redes sociales y la desesperación tornada en mala baba hacia la embajada, el ministerio de asuntos exteriores, el ministerio de sanidad, el presidente, el país que nos tenía los adolescentes atrapados y los haters que nos atizaron en twitter, diciendo que pobrecitos cayetanos, que no les hacen la cama.

El despreciado apartamento junto al puerto se perdió una vez que venció el plazo de cancelación en booking y no pudimos viajar. Sin embargo, el agente inmobiliario nos propuso cancelar para que pudiera realquilarlo y, una vez hecho, nos confirmó que nos transferiría un importe concreto. Todavía esperamos después de llamadas, whatsapps y educadas amenazas con emprender acciones legales y ensuciar su identidad digital en las redes corporativas de la multinacional para la que trabaja.

El coche perdió potencia en dos viajes cortos para no volverme loco, en uno diagnosticaron cambio de filtro de gasoil y en el otro un manguito mal apretado por los figuras del taller. Semanas más tarde falló el alternador y resultó que se había roto una cinta cercana a la cadena de distribución, ya picada, así que opté por no arriesgar y la cambié un año antes de lo previsto.

A final de agosto me bañé en la umbría de los ríos de montaña, recién nacidos y rodeados de fresnos y robles, lanchas de piedra donde resbalar o tumbarse a leer, me bañé y di gracias a Dios porque un devastador incendio no afectase al pequeño refugio paraíso en el que me cobijo, en el que camino hacia los picos, en el que no me afeito ni apenas cambio de camiseta, en el que regreso a las raíces.

Finalmente opté por escaparme a la costa del fin del mundo unos días, a buscar acantilados y aguas frías oceánicas, a observar las olas viendo el sol escapar hacia América.

Pero para entonces aquella canción ya me había atrapado en su bucle como una gran ola al surfero que la ama y desaparece dentro del tubo para quizás no levantarse a la salida.

Para entonces había vuelto a caer felizmente derrotado en mi vida, que es una larga canción de esas que se encorvan y dan la voltereta como niños en la hierba, de esas que crecen poco a poco, de esas que te hacen ser feliz cuando llueve y ralentizan todo esperando tiempos mejores.

Esperando estaba cuando un grupo de whatsapp de viejos amigos, ahora ya peligrosamente en el umbral de algo, escupió que Nico ha muerto. Lo leí y lo dejé estar hasta ver una foto suya con la pipa, un hombre joven pegado a una pipa.

Ahí pensé «señor Nicolás» y me percaté de lo estúpidos que somos adentrándonos en el trabajo, la familia, el primer coche, el coche aspiracional, la familia política, los complejos y obsesiones, el vivir lento cocoon esperando el momento… ¿de morir?

Joder, unos treinta años sin verle y ahora vuelven su pipa y su sombrero, su barba, su ingenio, su oratoria, su humor cínico e inteligente, su desprendimiento, su distancia de todo, su verdad.

Ahora que está ahí en un ataúd y no lo reconozco con sus barbas blancas y su calva, con su piel cetrina entre lo blanco y lo violáceo, con su traje creo que abotonado, con su hermana a la que me abrazo sinceramente y su madre a la que no me presentan o no me acerco.

Ahora que, tras la misa cantada por este párroco de voz conventual, lo van a incinerar y ya no podremos reunirnos a divagar, beber y reír. A redescubrirnos y descubrir que no hemos cambiado, sólo nos hemos podrido.

Ahora que las canciones largas han vuelto a atraparme.


Bienvenid@s a nuestro lento camino hacia el invierno, prometemos no abandonaros y algunas sorpresas de vez en cuando. NO perdáis el tiempo, tempus fugit, sed felices