Pasolini: el fútbol del descampado al cielo

Retrato del director de cine italiano Pier Paolo Pasolini Pasolini, genio creador y polifacético

Pier Paolo Pasolini fue una figura, a ratos rutilante a ratos vórtice, que rompió moldes en una Italia siempre complicada por ortodoxa y etiquetadora, tan parecida en tantas cosas a España.

Filósofo, intelectual, deportista, cineasta, irreverente por vocación, comunista, homosexual, católico, escritor, poeta…

Un poliedro vital y profesional para el que no estaba preparada una sociedad uni o como mucho bidimensional, y que hizo que lo que debiera ser enriquecedor por diverso, se convirtiera en odiado y amado sin dobleces por la furibundia disfórica e intolerante del que no soporta, incomoda o simplemente  disturba el verso libre; forjando esas irremediables paradojas que implican que los comunistas te odien  por ser homosexual, los católicos por ser comunista, los del Bolonia por ser de la Fiorentina y así ad infinitum y ad absurdum.

Para mi gusto Pasolini fue un muy buen escritor y un muy sincero analista; un cineasta único y valiente que se atrevió en un momento dado a romper el techo de cristal del sacrosanto neorrealismo italiano; y ante todo un sublime poeta de una exquisita y contundente sensibilidad que caló en toda su obra.

Políglota de lenguajes, le gustaba estudiar y analizar los mecanismos expresivos hasta la médula; un apasionado metódico  que exprimió todas sus facetas intelectual y vitalmente, lo que  elevó sus creaciones a un caso de artista único que brilló como cineasta, escritor y poeta.

Pasolini fue también un apasionado del fútbol, amor que trasladó a sus escritos, a sus películas y a su modo de lidiar con la vida.

Pasolini: “¿Qué le hubiese gustado ser más allá de cineasta y escritor?” “Un buen jugador de fútbol. Después de la literatura y el erotismo, para mí el fútbol es uno de los mayores placeres”.  “El fútbol me lleva a mi niñez, al patio del colegio, a esos días en que podía ser completamente feliz…”

El de Pasolini es el fútbol de entreguerras. Su infancia coincide con la edad dorada del Bolonia (gana los Scudettos de 1925, 1929, desde 1936 hasta 1939). El fútbol es ese hilo invisible que le une con la infancia a la que se aferra en una vida nada fácil. En un escenario de padre alcohólico y ludópata, madre maltratada, él homosexual, la muerte de su hermano en la Segunda Guerra Mundial con veinte años, su deserción… la pandilla del barrio, querer eternizarse en el paraíso del campo porque en casa hay problemas es más que entendible. Algunos juegan descalzos sin miedo a las patadas o a los balonazos, porque como esos mismos chavales renegridos y curtidos, que son él, dicen en su primera novela “Los chavales del arroyo”: La vida es dura para quien tiene los pies blandos.

Siempre que podía se escapaba a los arrabales de Ostia a jugar en el descampado

Fue capitán del equipo de su universidad. Jugaba de extremo zurdo, de los que pelean cada balón. “Lo llamábamos Stukas”, recuerda su actor fetiche Ninetto Davoli, “por su típica manera de lanzarse por el lateral y su ardiente carrera”.

El Junkers Ju 87, Stuka (abreviación  “Sturzkampfflugzeug” o “bombardero en picado”) fue el avión más célebre y efectivo de la Segunda Guerra Mundial; su silueta en forma de alas de gaviota invertidas y las ensordecedoras sirenas aulladoras –llamadas “trompetas de Jericó”- eran sinónimo de muerte y devastación

Corría el año 1970 e Italia reunió una de las mejores selecciones de su historia, en la que destacaba el que muchos consideran el mejor delantero italiano de todos los tiempos, Gigi Riva; tras un campeonato que comenzó con una fase previa a la italiana en la que la azurra no encajó un solo gol y sólo marcó uno, Italia se desmelenó en unos cuartos en los que endosó cuatro goles a México, y en la que ganó en semifinales a Alemania, en el considerado por muchos el “partido del siglo”.

El partido acabó 1-1; y en el tiempo extra se marcaron cinco goles en un épico encuentro a más de 2.000 metros de altitud, sin posibilidad de cambios, con un Franz Beckenbauer lesionado y con el brazo vendado al cuerpo…  Gerd Müller, Luigi Riva, Burnigch, de nuevo Torpedo Müller y por fin Gianni Rivera firmaron los goles de la prórroga

La final con Brasil fue demasiado para una Italia exhausta que para más Inri se enfrentó a la que hoy por hoy sigue considerándose el mejor Brasil de siempre.

A propósito de esta derrota fue publicado en el periódico «Il Giorno» un artículo escrito por Pasolini el 3 de enero de 1971 bajo el título de «Il calcio ‘è un linguaggio con i suoi poeti e prosatori».

Un artículo cerebral y hermosísimo, didáctico en su poética y estético en su prosa, referido al lenguaje y al arte del fútbol.

El juego del fútbol es un sistema de signos, es decir, un lenguaje, aunque no sea verbal

Pasolini, aparte de lucidísimas reflexiones sobre el lenguaje del fútbol y su paralelismo con el lenguaje escrito, el lenguaje literario y el lenguaje periodístico (y su carácter servil para con la cultura de masas, no confundir con la popular), hila una reflexión brillante sobre la poética y la prosa del fútbol. Una reflexión que solo puede hacer quien tiene interiorizada la Poesía como la más pura y excelsa de la Artes. 

Pasolini: “De mí tan solo quieren justificaciones culturales, también porque la cultura es actualmente una óptima estrategia. Nunca me invitan para una conferencia sobre fútbol, y eso que estoy puestísimo en el tema. Mira, los deportistas están poco cultivados, y los hombres cultivados son poco deportistas. Yo soy la excepción”

Elevado a su más excelsa expresividad, más allá de su mera articulación, puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético. Aquí es donde Pasolini da rienda suelta a su concepción artística del fútbol:

Bulgarelli (mediocampista  del Bologna)  juega al fútbol en prosa: es un «prosista realista». Vendría a ser un Xavi o Xabi Alonso. Tipos absolutamente fiables que dominan el lenguaje del fútbol y se anticipan una décima de segundo a la siguiente línea de la novela, convirtiéndose en narradores omniscientes del juego.

Riva (“Gigi” célebre artillero del Cagliari) juega un fútbol poético: un poeta «realista». Cristiano Ronaldo, Lewandoski…; aquellos que hacen de la suerte suprema del fútbol un oficio casi mecánico; no son los que mejor driblan, ni los más imaginativos, pero simplemente son los  mejores en la suerte más difícil. El protagonista fiable: el John Wayne o el Henry Fonda del partido.

Corso (histórico wing izquierdo del Inter) juega un fútbol poético, pero no es un «poeta realista»: es un poeta un poco maudit (maldito), extravagante. El verso libre, el genio indómito, ya prácticamente no hay cabida para este tipo de jugadores en un fútbol tan mecanizado y atlético como el de hoy: Best, Ronaldhino, Maradona… cowboys de medianoche, los Jim Morrison y Janis Joplin del fútbol; todos queremos pasar una noche con ellos, nadie quiere compartir la vida con ellos.

También hay prosas vulgares, poéticas, de frac, poéticas que riman en consonante, en asonante, sonetos de madera, que se traducen en las greguerías de Iniesta, los pareados de etiqueta de Guti, los versos fulgurantes de Bale ( que se lo pregunten a Bartra).

Él fútbol fue una fe de la que nunca apostató. En Sobre el deporte (Contra), se reúnen textos suyos sobre balompié, boxeo, ciclismo y los Juegos Olímpicos de Roma de 1960: “Los partidos con el balón en los Prados de Caprara entre Bolonia y el barrio de Panigale (jugaba durante cinco o seis horas seguidas) fueron absolutamente los momentos más bellos de mi vida”

Señala Pasolini que por razones de cultura y de historia, el fútbol de algunos pueblos es fundamentalmente prosaico: prosa realista o prosa estetizante (este último es el caso de Italia), mientras que el fútbol de otros pueblos es fundamentalmente poético. El fútbol español pasó de prosa épica, que como buena épica suele acabar a la heroica y casi siempre mal, a una prosa poética coral que alcanzó momentos de gloria poética en los años de esplendor de 2008 a 2012.


Concluye Pasolini que en el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: los momentos del «gol». Cada gol es siempre una invención, es siempre una perturbación del código: todo gol es «ineluctabilidad», fulguración, estupor, irreversibilidad. Tras el gol, tras la palabra poética ya no hay marcha atrás. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. Sea Manolo o sea Messi. Lo demás es prosa. También el regate es de suyo poético (aunque no «siempre» como la acción del gol). De hecho, el sueño de todo jugador (que todo espectador comparte) es arrancar del centro del campo, driblar a todos y marcar.

Tras el repaso del Brasil de Pelé y Jairzinho,  Pasolini sentenciaba lapidariamente ¿Quiénes son los mejores regateadores del mundo y los mejores goleadores? Los brasileños. Por lo tanto, su fútbol es un fútbol poético: de hecho, en él todo está basado en el regate y en el gol. Sin hacer juicios de valor, en un sentido puramente técnico, en México la poesía brasileña ha ganado a la prosa estetizante italiana.

México 1970. La «poesía» brasileña fulminó a la «prosa» italiana


Pasolini moriría asesinado en 1975 en trágicas circunstancias, apaleado y atropellado en un descampado de arena con una portería donde jugaban los chavales de las chabolas cercanas. Tulio Giordan en Pasolini, un delito italiano, rueda una imagen con una pelota botando junto al cuerpo sin vida de Pasolini.  Nanni Moretti en su Caro Diario, al final de la primera parte, también le homenajea con el mítico tránsito de la Vespa por la costa de Ostia, con el  Concierto de Colonia de Keith Jarrett de fondo, la llegada a destino, el paraje abandonado, la vegetación alta, y el dejado monumento conmemorativo de la muerte, enmarcado por una portería, porque allí se siguió jugando al fútbol mucho tiempo…

Pero ésta ya es otra historia…