Sara Nieto, relatos sobre distancias cortas

La escritora madrileña Sara Nieto Sara Nieto y su "Paraguas para días grises"

Hoy damos la bienvenida como parte de «la banda de Jonk” a Sara Nieto, magnífica escritora madrileña de microrrelatos y relatos breves sobre esas distancias cortas que tanto nos gustan, viajes cercanos que también existen y para los que más vale ir ligeros de equipaje. Ya habíamos publicado poemas suyos pero hoy pasa a ser «una de las nuestras». Esperemos que os guste.

Entre dos tiempos

Hablar de muertos vivientes es el pasatiempo favorito de la tía Rosa. Los revive con su charla desgranando anécdotas en presente cuando voy a visitarla cada viernes. Nos sentamos en el jardín: ella, yo y su taza de café con posos. Habla sin mirarme pero sabe que estoy a su lado, puntual. Siempre soy la primera en aparecer, aunque no me quedo mucho porque los demás esperan su turno. Enseguida me levanto y me despido de ella con un beso de brisa vespertina sobre su mejilla arrugada. Hoy es capaz de cogerme la mano y me dice que pronto se vendrá conmigo.

Ezequiel, el africano

Acodado en la barra de la taberna que atiende la Chusa, al viejo Ezequiel se le llenan los ojos de luz cada vez que habla sobre su viaje a Marruecos. Posiblemente el único que hizo en toda su vida. Él, de naturaleza hosca y poco dado a la conversación, comienza a derramar por su boca historias a borbotones. Las arrugas de la cara se le descomponen como las dunas del Sáhara cuando sopla el simún y le faltan palabras para contar las mil y una maravillas de su añorado paraíso marroquí. La hospitalidad humilde. La comida exótica. Las mujeres. Hasta las chinches del cuartel le parecen dignas de mencionarse. Recuerda aquella camaradería entre sus compañeros reclutas. Todos igual de pueblerinos de posguerra convertidos en soldaditos accidentales, todos asombrados supervivientes del azar como él.

Describe con pasión estampas coloreadas de bazares llenos de especies y las adorna con los cantos del muecín en lo alto del minarete. Que parece más bien una escena de película de Lawrence de Arabia. A sus ochenta y tres años se levanta con agilidad de la banqueta y se mueve como gato de azotea explicando sus andanzas por las calles de Tetuán. Los críos de la Chusa son los únicos que de verdad escuchan embelesados tras la mascarilla que se ha convertido en prenda indispensable este verano extraño.  Entonces, el viejo se arranca el tapabocas para que le oigan mejor y las ges se le atoran en la garganta imitando la lengua árabe.
A los niños les hace mucha gracia ese abuelo gesticulando y hablando así. Pero a mí me da un poco de pena. Pienso que estaría bien que reemprendiera su aventura por tierras africanas. Me acerco y le pregunto si le gustaría volver.

Ezequiel me mira como si me hubiera vuelto loca y regresa lentamente, en silencio a su asiento. Porque todos, incluido él mismo, sabemos que eso no sucederá. Que el Tetuán de su retina es un cuadro que ya no existe. Que quizás nunca existió porque la vida en recuerdos siempre es más luminosa que al natural.

El picor

El día que Adela se hizo mujer fue un mes de mayo realmente florido. Se levantó con un ligero picor en el cuarto dedo del pie izquierdo. Cada vez más molesto, intentó rascarse para aliviarlo pero no lo consiguió. Así que decidió ignorarlo. Sentada en el pupitre de la escuela el picor se extendió, colonizó todo el pie dentro del zapato y pronto pasó al derecho. Trepó y trepó. Se detuvo un rato jugando en su entrepierna mientras en clase de ciencias explicaban la polinización. De tanto aguantárselo acabó subiéndosele al pecho y quemando en sus pulmones como si hubiese aspirado polvo de ají. Al llegar a casa con la piel recorrida por mil hormigas punzantes se encerró en su cuarto y ya en la noche la urticaria le llegó al corazón. Adela creyó morir entonces. Así que se abrazó con fuerza a su muñeca favorita y se escondió bajo las sábanas como cuando era niña. Pero cuando comprendió que ésa era la última vez que lo haría, el picor cesó convertido en lágrimas ardientes de nostalgia. Con el tiempo descubrió que el amor le producía el mismo efecto. Desde entonces, el amor y la melancolía la acechan cada año al mismo tiempo que el aire se llena de polen. En el pueblo todos lo sabemos. Llega la primavera, las flores se abren y Adela estornuda, suspira y llora mirando a su enamorado. Y cuanto más se enamora, más estornuda. Así no hay forma.

Por la escuadra

A Sergio le gusta filosofar en términos futbolísticos. Suele decir que la vida te coge a contrapié y se escapa con el balón  justo cuando tenías la jugada perfecta. Vas enfilado, tienes la portería a tiro y ya te ves marcando el gol del siglo. Pero lo pierdes sin saber cómo porque te lo roba esa vida perra y marrullera, que te pasa por encima haciéndote una falta de tarjeta roja. Pero a ella nadie le pita penalti. Y el gol ya no lo marcas tú. Te lo marcan a ti. Algo así le pasa a Reme, su madre, que hoy sube por las escaleras porque el ascensor sigue estropeado, agotada después de un día duro fregando otras escaleras en otros portales —quién lo hubiera dicho años atrás —. Para colmo, cuando llega arriba, recuerda que no ha comprado el pan. Va directa a la ventana, sabe que su hijo está abajo, en el descampado, — ¿dónde si no? — y grita.

—¡¡¡Sergiooo!!! ¡Deja el puñetero balón y tráete pan del chino!

El chico masculla malhumorado “puta vieja”, y da unas cuantas patadas más en un acto vano de rebeldía. Así es Sergio, pateando imaginariamente a su madre y al cabrón del padre. Pateando al tiempo, que a veces pasa tan despacio y a veces, tan deprisa. Hasta que su compañero agarra el balón y termina el juego. —Me largo tío, ahí te quedas.

En el chino Zhang, conocido en el barrio como Juan, que no entiende de fútbol pero sí de números, vuelve a fiarle a Sergio el pan. Y una cerveza. Juan lo mira desconfiado, pero accede porque Reme siempre paga. Y porque Sergio fue en primaria con Wei y su hija aún le aprecia. Wei, o Alicia, estudia en la trastienda los caracteres chinos de un periódico que un familiar trajo hace meses. Apenas entiende los titulares, pero lo intenta por no disgustar a su padre, que no quiere que olvide sus raíces como olvidó a su madre, a la que sólo recuerda por fotos. A Alicia-Wei sí le gusta el fútbol. Sobre todo, porque sus compañeras hablan de lo buenos que están los futbolistas. Porque así es más fácil integrarse en la manada. Oye la voz de Sergio y se le ocurre una idea. No lo piensa demasiado; si lo pensara no lo haría.

—Han vuelto a colar otro balón en el patio —se asoma y comenta al padre —. Ah, Sergio, estás aquí —dice haciéndose la encontradiza—. Toma, llévatelo, tú sabrás de quién es  —y se lo entrega a un Sergio desconcertado, que lo coge mientras ella le roza disimuladamente los dedos.

Y al día siguiente Sergio espera a Alicia-Wei con el balón frente al bazar. Podía habérselo quedado pero ha decidido que no quiere nada de esa china. Que quién se ha creído para hablarle con tanta confianza. Que además, seguro que es falsificado, como todo lo chino.

—Toma, no es mío —le suelta abruptamente rehuyendo la mirada, mientras interpone el balón entre ambos como un escudo protector.

— Lo sé. Es de mi primo, pero ya no lo quiere. Quédatelo —contesta la chica. Y sale corriendo a la trastienda, que es donde mejor está, escondida. Metida entre apuntes prepara los exámenes finales. Pero se acaba de producir una grieta en su mundo ordenado de libros plastificados por donde se cuela un Sergio de ocho años con las botas gastadas y las rodillas magulladas. Siempre jugando al fútbol. También se cuelan otros niños llamándola “amarilla”, “chinorri”. Todos menos Sergio. Recuerda los cotilleos en el recreo sobre él y sus padres, las órdenes de alejamiento, juicios, hospitales y cárceles.  Sergio y las peleas; y la expulsión. También piensa en la pequeña Wei, y en Alicia. En Alicia-Wei. Niñita china, sel buena chica. Nunca ploblema. Ayudal a padle en tienda y estudial, estudial, estudial. Para presumir delante de su familia cuando va a verlos a ese país extraño repleto de gente con ojos alargados que no es como ella. Y donde no saben jugar al fútbol.

Levanta la cabeza, cierra el cuaderno y sale hacia las pistas. Allí está Sergio con sus quince años de mala suerte, dando patadas de rabia a un puto balón de chinos. Alicia-Wei se sienta en el borde de la pista, saca dos cervezas, enciende un cigarro y espera. Al rato Sergio se acerca como polilla a la luz. Le resulta curiosa esa chica porque le provoca rechazo, pero también atracción. La chinorri del colegio con la que todos se metían y ella nunca se quejaba. Va y se planta ahí con dos cervezas, con las piernas cruzadas enfundadas en un minúsculo pantalón que casi deja ver lo que no debe. Flaca, muy flaca. Casi plana. Y no es fea, ahora que la mira. Tiene labios carnosos pero mirada triste. La tristeza —piensa Sergio— le cuelga de la comisura de los párpados, le resbala por la mejilla y cae a la bebida creando una rara mezcla de cerveza y lágrimas invisibles. Y el humo que difumina su cara, como si tuviera uno de esos sombreros con velo de las películas de época que le encantan a su vieja.

— ¿Crees que Griezmann se irá? —pregunta Alicia-Wei.

—No sé —responde Sergio sorprendido.

— ¿Viste el gol que metió el otro día? —continúa Alicia-Wei

— ¡Qué pepinazo! Aunque soy más de Messi.

—…Ya.

Hace demasiado calor para estar en junio. No hay gente por la calle. Juega España en el mundial y el mundo guarda silencio. La vida está en el terreno de juego, arrebatando balones a diestro y siniestro. Callan incluso las hojas de los árboles, que permanecen inmóviles, como si fueran pinceladas en un cuadro. A lo lejos se perfila la figura de Reme subiendo lentamente la cuesta con una barra de pan, pero ninguno la ve. Continúan mirando a un punto indefinido en el horizonte y pensando en la naturalidad con la que ambos jugadores saben meter goles por la escuadra. Tan perfectos como los que la vida les mete a ellos.

(Finalista en el XIV Concurso de relato breve José Luis Gallego – Madrid, 2019)