Historias de perros y de perros

Niño pequeño abrazando a un perro cachorro

Este barrio era una finca de caza menor hace veinticinco años, quienes veraneábamos en la última urbanización de la ciudad disponíamos de vistas espectaculares desde las colinas, piscinas privadas, jardines que nuestros padres regaban trabajosamente mientras nosotros escuchábamos vinilos y CDs, vecinos que leían a Cortázar y Carver y los caminos de la finca para correr con nuestros cachorros de mastín y pastor, sin esas parejas jóvenes de ahora, padres de perros a los que abren cuentas de Instagram y que ni siquiera piensan en tener hijos propios.

Este país se va al carajo, es algo definitivo, cuantos más pelos blancos me salen en el pecho más hipsters ególatras me rodean, el gobierno debería dejarse de debates nimios e imponer la política de un hijo por perro, a la manera de China pero incentivadora, sin límite de niños ni canes, cuantas más mierdas quieras en el parque más pañales cambies, una tasa municipal justa que a su vez traería positivas consecuencias para el mantenimiento del sistema.

Las excavadoras y los camiones volquete siguen llevándose las colinas por donde no hace mucho corrían perdices y conejos, todavía queda alguno despistado, están matando la vegetación de monte bajo con sus retamas, madrigueras y trazos de los Jeeps que desaparecieron.

Cientos de chalets acosados : acosado por el vecino, por la pareja, por los hijos, por los suegros y cuñados, por la música y la barbacoa cercana, por la bronca de madrugada, por algún polvo veraniego escandaloso con las ventanas abiertas, que nos mete presión y hace pensar si ya pasaron dos semanas, por los coches aparcados sobre las aceras obligando a pasear por el arcén, por el Mercedes de cuatro casas más arriba y por los perros que ladran a las 7:15 aunque haya vacaciones.

Por mi perro, al que dejo que me lama la cara porque es el mayor acto de afecto físico que normalmente recibo, con el que me tumbo a luchar en el suelo y con el que en los días de exultante degradación pienso en compartir la comida en su cuenco. Por mi hijo varón tras ser fagocitado por mis mujeres en mi castillo, los dos haciéndonos fuertes, caminando y corriendo juntos por los caminos que aún nos dejan.

El problema son quienes no respetan la tasa filial, quienes pasean 950 euros de orejas grandes, pelos suaves de 1300 euros, pelos largos de 1800 euros o los nuevos exóticos pelos hirsutos con orejas afiladas, también por encima de los 1500 euros. Quienes tienen un hijo canino y un BMW de serie baja con vacaciones en el extranjero sin saber lo que es un puto biberón, el llanto de dolor de encías al amanecer, los celos de las niñas, la marginación del niño que no maneja la pelota, el primer vómito adolescente, las mentiras, las expectativas generadas…

He de decir que mi hijo peludo tiene certificado de pedigrí con árbol genealógico, en eso soy tan gilipollas como los demás o si me apuran aún más, pero yo respeto las normas, estoy puteado por mi esposa y tres hijas, cumplí mi cuota con creces y tengo derecho a perderme por los caminos con un cachorro cariñoso que se acerca jugando al resto de perros, los que le dan bola y los que le obvian o bufan, y a sus dueños que lo conocen por su nombre y lo acarician.

Estamos en el parque un labrador, un golden retreiver, nosotros y una perrita bichón maltés de diez años, con dolencias en la espalda y un carácter paciente. El labrador y el golden saltan y juegan, son perros jóvenes que escenifican la pelea que los animales adiestrados no contemplan, mi pequeño cachorro de cocker blanco y marrón intenta interponerse una y otra vez, se mete en medio, los otros saltan y se abrazan, apenas lo golpean sin querer y cae de lateral incorporándose rápido, se tiran en la arena revolcándose y ahí sí entra él sin miedo a ser aplastado con su voluminoso pelo limpio de oveja, viven felices con sus piensos de pollo, salmón e incluso verduras.

El adiestrador, dueño del golden, me recuerda que no le dé restos de nuestra comida y pienso en la fideuá, el melón y la sandía, la leche prohibida para humedecer el pienso e incluso el cucurucho de helado que el otro día se comió a dos patas marcha atrás.

Sin duda, fracasaré tanto con él como con mis hijas, de fondo noble pero orgullosas y sin dueño como la madre. Digamos que soy un individuo sin autoridad, al que no le molesta que se le desautorice porque no se desautoriza a quien no está investido de autoridad. La autoritas del derecho romano.

Los padres y madres de seres peludos apenas hablamos, salvo para comentar lugares comunes y buenas prácticas, horarios en los que vienen los otros a quienes echamos de menos, el mezcla de setter y no sé qué, el pastor alemán… Todos tienen nombres, los dueños somos innominados y no hace falta presentarnos, tampoco ahondar en nuestras vidas y esclavitudes, éste es el momento de calma en el que se permite salir en camiseta que deje en entredicho la barriga, barbudo tras días sin aseo o recién levantado sin apenas coordinar piernas y lengua.

De los cuatro, dos estamos homologados al cumplir nuestra cuota y dos son hipsters nocivos para la sociedad, aunque uno es mi adiestrador y le doy un voto de confianza esperando que pronto traiga un niño al parque. Joder, ¡llevamos días si ver ninguno y aunque no empatizo con ellos, son necesarios!

Mi hijo se ha apartado para hacer una ñorda medio verdosa en cuatro fases, que me he apresurado a recoger. Nadie te enseña a ser padre y nadie te enseña a meter la mano en la bolsa, abrazar la mierda y dar la vuelta al dispositivo para, raudo, anudarlo y buscar una papelera. Cuando caminamos largo y deja el regalo al inicio, si no hay papelera, lo dejo al borde y al regreso lo recojo y camino disimuladamente con él en una mano y la correa en la otra.

El adiestrador y su novia son amigos de los orgullosos del labrador chocolate, él nunca me saluda, quizás sea por el salto generacional que yo no percibo pero debo ser veinte años más viejo que él y el tipo debe percibir que estoy quemado y mis prejuicios me salen por las orejas como los pelos. La mujer de la perrita bichón maltés es mayor que el resto, ella está homologada y posiblemente hasta tenga nietos, no hay debate.

Por la parte baja del parque se acerca una chica con dos perros indescriptibles, de raza indefinida, pelo corto y puntiagudo en tonos marrones como tijeras en distintas direcciones, flacos y de talla media pero no podencos, no tienen apellido, porte atlético como la dueña. Ella calza unas Asics de gama alta y sus interminables piernas me saludan enfundadas en una malla gris de corredora que se ciñe a sus altas caderas. Como paupérrimo corredor, no puedo evitar fijarme en su fenotipo y devolver el saludo, sin duda su genética es de auténtica campeona y la mía la de un pancero de barriga peligrosamente incipiente, barriga que antes se disimulaba con mi corpulencia pero.

Intercambiamos unas palabras, los perros grandes continúan su amistosa lucha aunque el labrador ha intentado montar dos veces a su amigo golden, el hipster altivo -eso supongo, quizás sólo sea tímido o maleducado- lo aparta dos veces y nuestro adiestrador se ríe ante el intento de sodomización a sus 1800 euros. No worries, amistad.

La perra de ella se acerca y huele el culo a mi hijo, se huelen mutuamente pero yo estoy atento ante cualquier mordisco, su raza no es noble y si me le arranca la mitad de una oreja no me hará ninguna gracia, se tantean y corretean un poco.

De repente, el perro sin raza definida, el fruto del mestizaje callejero, se abalanza como el diablo sobre el lateral del labrador fornicador y su dueño, el silencioso, austero y orgulloso hipster, se interpone mientras el chucho ladra fieramente, cayéndole saliva de las fauces, mi cocker intenta meterse a jugar y me las veo putas para sacarlo de ahí sin que nos llevemos un mordisco, el tipo finalmente se pone en medio y le da al atacante una de las patadas más gloriosas que he visto en mi vida.

-¡Me cago en Dios!

Algo triste, lindo y feo a la vez, el amor por un perro que hace que te comportes peor que ellos -jamás faltan a sus códigos, jamás fallan-, algo finalmente triste y desagradable que deja el círculo de arena en silencio mientras él se marcha con su perro después de enseñar una cicatriz que le hicieron y añadir que no va a permitir que lo muerdan más.

-Pues son perros, se muerden a veces, si el mío muerde o le muerden es algo normal, tampoco es para darle una patada…-, acierta a decir al pateador la atlética dueña madre adoptiva, que los recogió de una perrera y que, aunque eso no justifique su comportamiento barriobajero, lo han pasado mal.

El grupo feliz se disuelve y me vienen a la mente la cara y la voz desastradas de Robe Iniesta, «quiero ser tu perro fiel, tu esclavo sin rechistar, que luego me desato y verás, a ver qué me dice después…», quizás pensando en ese par de perros huesudos de extraño pelaje, animales que intentan hacerse un hueco en este microcrosmos suburbano, inconsistente y aspiracional, donde en cada casa vuelan las locuras libres de sus propietarios, cada cual de un color y unos sonidos pero, al fin, locuras, taras y carencias. Lo único libre por aquí.


Foto : Ej Agumbay