Psiquiatría familiar junto al mar

Pinos sobre el mar mediterráneo en Mallorca Villas con pinos sobre el mediterráneo, la locura también viaja

Y todavía estoy aquí después de tanto tiempo y tantos planes.

He cenado frente a Chet Baker y su saxo tenor alto. Cabrales y afuega´l pitu. Sin vino pero con melón, inventos.

Al final, tras una semana de cenar lo mismo, he llenado el vaso y he bebido agua.

Ya con la luz apagada me he dado la vuelta y he mirado al mar, más allá de los pinos. Jazz al máximo volumen, tres cuartos de luna y gatos en torno a mí.

Es curioso estos bichos cómo vuelven a uno.

Mi vida se encuentra en stand-by en los talleres del intento de la ridícula extensión de los tiempos en la más absoluta de las incertidumbres.

Éramos cronopios y quisimos volvernos famas y ahora no sabemos lo que somos. No fue por el afán de cambiar, sino más bien por el miedo: el miedo al fracaso, a la soledad irrefutable y no deseada, al rechazo de la realidad y la psiquiatría como bálsamo.

Por eso nos encontramos sin la brújula, porque no existe más punto de referencia que nosotros mismos -el temor a comprometer inocentes-, porque paradójicamente la cobardía finalmente nos infundió valor para enfrentarnos solos a los tormentos. El efecto reacción o boomerang, llevado a la caída.

Por eso hablamos en plural mayestático, porque están cantando los grillos y el teléfono podría salvarme en cualquier momento.

-¿Sara?

-¿Qué tal? Volví ayer, ¿estás solo?

-Sí, mi madre bajó a casa y los otros dos andan por ahí. Se ha pasado rápido.

-Sí, el año próximo vuelvo. Ayer estuve cuatro horas en Londres sin comer, no paré. ¿Y tu viaje?

-Bien, traje todo tipo de quesos. Aquí engordando.

-Yo también peso algo más, descubrí la verdadera comida inglesa.

-¿En Gales?

-Sí, en Gales… Aquí estoy con éste, ¿quieres que te lo pase?

-Vale.

-Tú, ¿qué pasa?

-Aquí andamos.

-¿Te tomaste las pastillas?

S<-i no, no podría levantarme.

-Tómalo como un hábito, como ponerse las lentillas para no atropellar niños o tomarse la insulina para no palmar en el trabajo.

-Ya. ¿Vais a ir al pueblo?

-Escuché algo a mamá.

-Aquí estamos Sara y yo discutiendo lo de mi pecho… No, no eres la mala… Es que Sara piensa que es fácil dejarme ver con estas marcas en el pecho. Sus tíos la agarran por los pelos y no la vuelvo a ver.

-Puedes salir sólo por la noche.

-Sí, como tú.

-Más o menos.

-El otro día me preguntaba el psiquiatra si había antecedentes familiares y contesta mamá “el primo Julián”. Me quedé pensando… un sobrino de nuestro abuelo materno, ¿qué grado de parentesco será ése? En esta casa deberíamos ir todos al psiquiatra.

-Quizás.

Colgamos.

Resulta sorprendente cómo maneja moralmente a los demás, cómo aniquila todo atisbo de esperanza, cómo conduce la conversación y los chistes -siempre tendentes a la necrofilia-, cómo cuando has escuchado y has asumido tus culpas y miserias, la mercancía que permanece en stock, él se siente fortalecido y al cabo sonríe inconscientemente con malicia.

Entonces, un rato después eres capaz de odiarlo por el fardo de tristeza que carga sobre tus hombros, pero cuando duerme y lo miras, comprendes que tiene la madurez y la mente de un niño que se rechaza a sí mismo.

Y eso, amigos míos, constituye una mezcla peligrosa.

La otra tarde permanecimos sentados sin hacer otra cosa que hablar. En casa siempre estamos sentados, esperando.

Todavía no había aceptado la vuelta al tratamiento y todo eran consejos baldíos de almanaque familiar. Como si los demás tuviéramos las llaves de nuestros propios grilletes.

-Incineración, autoinmolación, purifiquemos nuestras almas.

-Bonita salida, yo soy de los que piensan que sólo somos fluido, fluidos segregados, que entran y salen, que se mezclan. Fluidos, no te preocupes por el alma y da juego a tus fluidos.

-Precisamente porque sólo somos fluidos y acabaremos evaporados dejando nuestro humus.

-No te des mala vida, la muerte es un hecho cierto de fecha desconocida.

-Por lo menos no será esta hipertimia dolorosa. Hostia, la esquizofrenia qué chunga es. Nadie se merece este dolor moral.

-Deberías dejar el Vallejo-Nájera y la Praxis médica a un lado y leer otras cosas.

-Descubren lo que soy.

-¿Y no descubren los tratamientos?

Aquí guarda  silencio un instante.

-La esquizofrenia es un trastorno de la personalidad llamado disociación.

-No me jodas, yo he trabajado con personas que padecen esa enfermedad y tú no fabulas como ellos.

-La estereotipia, el manierismo, la ambivalencia, la discordancia. Todo eso lo tengo yo y , en menor medida, todos en esta familia. Una familia de sociópatas. Me pregunto qué ocurrió durante mi embarazo. ¿Estuviste deprimida?, ¿fui sietemesino? -le impele a contestar a nuestra madre, sentada junto a la ducha en la que se acaba de depilar bajo el sol.

-No, hijo.

-Dime la verdad, desgraciada, ¿por qué no me llevasteis al menos al psicólogo cuando me meaba con seis años?

-Pero hijo, muchos niños tardan en controlar sus micciones.

-Micción, yo sí que soy una micción. Mira, lo mío viene del parto, es genético, yo ya nací con complejos.

-Déjate de chorradas -intervine-. Llevas cuatro años culpando a los demás de que no avanzas. No busques las causas y parte de cero, todos los días hay gente que lo hace. Visualiza los errores y aprende de ellos.

-El error soy yo.

-Pues prioriza lo que no te guste.

-No me gusta nada, tú no te imaginas el caos que ha sido mi vida.

-Diría que mientras estuvo papá vivías rápido sin pararte a reflexionar, sin responsabilidades, como si siempre fuera a ser tu paraguas.

-Eso piensas tú, yo siempre he sido un inútil funcional y un analfabeto emocional, he pasado los años consumiendo drogas, llevando una vida sexual de actitudes bizarras, huyendo de la realidad.

-Bizarras, eso me gusta -sonreí-, des attitudes bizarres, no está mal para un analfabeto inútil. Tu realidad no es peor que la del resto, pero siempre puedes conseguirlo.

-Estoy en la ría.

-Tienes formación universitaria, una chica que te aguanta, una familia bien situada y has dejado un trabajo porque las cosas no marcharon bien. Estás fumando esa mierda en el jardín de tus papás. Yo no diría que eso sea la ría, la ría es donde vivirás en poco tiempo si no cambias.

-Te equivocas, mírate. Tú y yo ya estamos en la ría. Tienes treinta años y pasas el sábado con tu madre. Aquí unos andan y otros gatean, pero esta familia está en la ría.

-Ni caso -dice mi madre, que ha abierto el grifo de la ducha.

-Cállate -la recrimino. Odio que siempre salga al paso de sus ataques, que interceda y me proteja. No lo necesito. Estoy aquí de paso, no pertenezco a este circo disfuncional.

-Todavía no te consideras un indigente porque no estás dado de alta, no eres un indigente de postín, te estás larvando.

-La economía sumergida me salva de la quema estadística.

-¡Claro! -contesta riendo.

Sus argumentos resultan lúcidos, impenetrable como rocas.

-Estás perdiendo el tiempo. En uno o dos meses me habré ido, aunque sea a tomar por culo, y los demás pasarán las mañanas estudiando y trabajando allá donde estén y a ti te va a ser difícil remontar el vuelo. Te aconsejo que empieces a hacer esfuerzos ahora que estamos todos.

-Menuda astemia tengo yo, una falta absoluta de fuerza de voluntad.

-Lo que tienes que hacer es dejar eso -contesto señalando con el índice la chusta de marihuana que sobrevive en el lateral del cenicero.

-Una de las causas de la caquexia, un síntoma caracterial de la toxicomanía que conlleva unos desórdenes alimenticios que pueden acarrear bulimia o anorexia. Trastornos tróficos. En mi caso, me acerco a la bulimia en los hábitos desordenados, tú me has visto cómo estoy- se golpea la panza sonriendo.

-Así que eso es la caquexia.

-Y un trastorno del carácter, el comportamiento, la afectividad. That´s it, mate.

-¿No te cansas de compadecerte?

-El final está cerca, me hace falta un poco más de arranque pero esto es un engaño. ¿Crees que esto es normal? -pregunta señalándose el pecho-, íbamos mamá y yo por la autovía y saqué un cuchillo de cocina de la mochila, me abrí la camisa en silencio y mientras ella conducía me rajé tres veces de arriba abajo, simetría como en un campo de barbecho, riendo, una sobre cada pezón sangrando y otra en el centro, la menos dolorosa. Yo riendo y ella gritando mi nombre. Frenó y se echó al arcén llorando. Llamó a una ambulancia.

Silencio.

-Pánico a la vida -continúa-, a la toma de decisiones, ni siquiera valgo para acabar con todo, me hice esas heridas porque no acerté a matarme, a veces es cuestión de elegir la opción adecuada y yo soy un tipo sin suerte.

-Tú eres un tipo normal, asúmelo de una puta vez -sentencio ya cansado de tanto debate estéril.

-Yo soy el sujeto que representa el ente, los objetos son imagen y la imagen es mía. No me digas lo que soy. Se instala el autismo y ni tienes ni necesitas respuesta. La personalidad del melancólico estuporoso, es decir, cuando te invade el estupor y ya no sabes ni quién eres. Hostia, que he perdido todos los trenes y el reloj sigue corriendo, sale el sol y luego la luna… y tú sigues con tu estupor -se ríe con el rostro embotado, hinchado por causas que se me escapan.

Se me escapan… Yo, que todo lo quiero controlar, las causas y sus efectos, la llegada de las lluvias y la predicción de la sequía, yo, que atempero mis reacciones, yo, que vivo en zona de nadie por no herir y no ser herido, yo, la máscara indolente.

-La logorrea, todos la tenemos -concluye antes de extraer las llaves del BMW del bolso de mi madre, que en ciertos momentos deja de ser suya, y derrapar sobre la tierra en su salida por la puerta, como un niño que fuera a hacer una travesura.