Cruces

Media tarde

Una jovencita espera al borde de la cinta la llegada de sus maletas.

Coge una y la instala en el carrito, se le escapa la negra desapareciendo entre las cortinas-lengüetas de caucho.

Bosteza con el puño cerrado sobre la boca, no tiene prisa pero tampoco miedo. Asume los cambios con prudencia camaleónica.

Una pareja algo mayor, pero sin llegar a los treinta, se pasa el bebé con la habilidad de un equilibrista entre maletas, neceseres y canastos. La mujer se lo cuelga del pecho como un atillo precioso de ojos inmensos. Precioso. Los padres son bellos: él es bello. Salud.

Ya fuera de la terminal, el taxista levanta el equipaje no sin esfuerzo.

Camino de la estación él habla, existe algo en el silencio que le pone nervioso.

Ella devuelve las pelotas con parquedad y esa cortesía que permiten los monosílabos. Se entretiene observando el extrarradio anaranjado de la ciudad, los edificios lejanos y las planicies de tierra, margaritas y basura próximas a la M-40.

Una furgoneta amarilla conduce muebles a alguna parte, unas cuerdas sujetan la puerta, el conductor sacude la cabeza rítmicamente. Le dejan atrás y el taxi alcanza velocidad, en la radio resucita una copla.

“Están clavadas dos cruces…” -el taxista lo entona fervorosamente y la jovencita de la chaqueta raída recuerda las abuelas que cantan a coro en parroquias rurales con el espíritu encendido del que está seguro de algo- “… en el monte del olvido… por los amores que han muerto… sin haberse conocido…, por los amores que han muerto… que son el tuyo y el mío”.

Repetición de estrofas entre versos invitando a pensar, a saborear, a remorderse, a alegrarse o sufrir. Eso tiene la copla.

– Pasión, exceso para quien le guste -se justifica sin necesidad el buen hombre.

– Sí. Yo particularmente prefiero el flamenco: bulerías y fandangos.

Ocho y media

En Conde de Casal recogió a un matrimonio y un suegro que hablaban animadamente, gente sencilla con trajes ocultos en un guardapercha.

Los condujo a una calle adyacente a Princesa, cruzando Martín de los Heros hacia abajo.

“Cerca de aquí vive la puta de mi cuñada”, pensó.

Siempre que se acerca por allí emerge esa frase de lo más hondo de su cerebro, como un muelle roto. Siempre idénticas palabras, idénticos sentimientos.

Huyó hasta la plaza de España, donde una señora imponente de mediana edad se le instaló a leer un diario económico. Las franquicias en España la tenían embebida, absorta. Extendió las páginas por encima de sus ojos, no podía verla pero imaginaba sus labios. Finos y rojos.

Encendió un cigarro al ver que ella lo hacía y al pulsar el mechero observó de soslayo sus rodillas cruzadas y puntiagudas.

Todo en ella apuntaba hacia arriba, el periódico, las rodillas, la punta del zapato, las ondas del cabello, los pechos… Llegado a este punto pensó en su mujer.

No es la vida como la contaron pero sí ella. El único valor estable que nunca sorprende, eso es tedioso pero más sería perderla.

Tardó poco en llegar a Arturo Soria, posteriormente deambuló en busca de un bocadillo de calamares con cerveza, charló con colegas y rio algún chiste morboso.

El pueblo gasta chistes sobre las minorías, bien desfavorecidas o bien privilegiadas. Eso no importa. No los contaron de negros porque uno de los taxistas lo era, pero sí de maricas y de algunos famosos.

En el bar donde cenó cuelgan banderines del Bilbao. Nada de vascos: el humor es selectivo, como una vieja máquina de discos.

Graciliano, que así se llama, tiene el hambre fácil y cena pronto. Luego retoma el volante y hace unas horas más.

Ha llamado a su santa.

– Cari, te quiero. ¿Qué hay en la tele? – parece despedirse.

– Ah, una de Chuck Norris. Bien, ¿no?

Se saca un pañuelo y se lo lleva a la nariz.

– No, estoy bien. El otoño no me pilla esta vez… Que sí, te lo aseguro… Joder, ¿pues qué voy a llevar?, el jersey gris, no me seas exagerada. Y dile a la atolondrada de tu hija que más vale que no acepte ese trabajo, que yo me basto y me sobro para…

Su esposa le interrumple, ya se sabe cómo son las madres.

Durante unos segundos escucha y guarda el pañuelo.

– ¡Se acabó! He dicho que no hay más que hablar, ni gogós ni hostias. ¿O es que se va a hacer aquí lo que la niña mande? Que estudie -concluye categóricamente.

Alguien espera en la parada. Los colegas se han marchado.

– Sí, bueno, cari, ya hablaremos, volveré pronto. Te quiero. De acuerdo. No…

Mira el reloj: nueve y media, vuelta a la guerra.

– Buenas noches. A Aluche, por favor.

Cincuenta minutos antes

El autobús Madrid-Salamanca de las siete realiza su trayecto casi vacío.

De mitad hacia atrás sólo seis personas, dos skaters españoles con sus chicas extranjeras armando bulla en la última fila, un hombre joven de mirada perdida y la veinteañera que unas páginas antes llegó de Canarias.

Sentados el uno junto al otro, fue ella quien pudiendo haberlo hecho en otra butaca prefirió respetar su suerte.

Patricia se considera un alma intrépida de rumbo desconocido pero destino seguro. Viste pantalones de algodón negro, ceñidos, camiseta de manga larga marrón y botines negros algo sucios por el empeine.

La chaqueta de cuero marrón pende de la butaca vacía al otro lado del pasillo.

Continuamente se coloca sus mechones caoba por detrás de la oreja que él ve.

Le ha devuelto la revista de cine. “Apenas interesante”, piensa Abel, buscavidas vocacional que alterna innumerables trabajos con los estudios a que se vio abocado.

En una ocasión su padre le dijo:

– Tu problema no es que sea duro estudiar, ni que te falte ilusión o que no seas capaz. La raíz del problema es más sencilla, se trata de una simple cuestión de absentismo. Absentismo de las clases. Absentismo de los exámenes. Absentismo de la realidad… Las sábanas y los grillos que tienes en la cabeza. A ti tendrían que venirte los catedráticos a la cama, eso sí, cuando no estuvieras borracho. Convendría quizás una llamada previa para concertar la hora. La universidad ideal, ¿no?

Una plática más tras el enésimo fracaso.

Abel pertenece a esa clase de tipos que necesitan perderlo todo y reinventarse a sí mismos desde el dolor reflexivo.

Hace tiempo que creyó tocar fondo, de ahí su mirada perdida, fantasiosa, serena y clara. Perdió la fe en la suerte por inercia, al tiempo que la recuperó en los detalles aparentemente nimios.

– La entrevista a Matt Dillon -contesta cuando Patricia le pregunta si le ha gustado la revista-, es uno de los actores más coherentes de la actualidad -añade sin causa.

Ella objeta algo y él se percata de que le está tanteando.

– Ya, pero no basura como esas estrellas inofensivas que hunden su carrera con cada nuevo trabajo –repone.

– Estoy segura de adivinar a quiénes te refieres.

– Prueba -le acepta el farol.

Efectivamente, acierta casi todas las estrellas de dentadura perfecta por las que su compañero de viaje siente fobia.

El tráfico denso de los primeros kilómetros ha disminuido según los coches se desvían a sus garajes hasta el alba.

Abel invariablemente se fija en el casino, le obsesiona desde hace años y cada vez que pasa se pregunta por la gente que dentro manda al carajo su vida y se la juega a pares y negro. ¿Quiénes son?, ¿cómo llegaron?, ¿cómo saldrán?, ¿por qué están ahí?, ¿qué piensan?, ¿saldrán alguna vez?… Sólo los auténticos jugadores le fascinan, los que nunca miran atrás, no los que no arriesgan y, ganen o pierdan, siempre pierden.

El casino es una cosmogonía de personajes en la que existen cobardes y existen tarados. Como la vida misma, no hay término medio, luego ella con una sonrisa te pone en la mano el saquito de fortuna que te corresponde. Pero no ocurre hasta que sales, el resto es juego.

– Las cosas funcionan así. Pero tú… ¿lo relativizas todo? -se pregunta ella al escuchar “la teoría del Casino”.

– Los agnósticos y los escépticos me parecen las personas más…

– ¿Menos extremas?

– Más moderadas y racionales que existen. Lo observan todo y luego eligen su sitio sin mojarse demasiado. Conocen todas las opciones y no realizan dogmas pero tampoco niegan -continúa Abel animándose a cada instante.

– Es curioso. ¿Entonces tú que piensas de que Cruise tuviera mejor suerte que Dillon tras rodar juntos “Rebeldes”?, ¿es mejor actor?, ¿el otro es un cobarde? -le provoca expectante.

– Tom Cruise no tiene mejor suerte y me temo que tú lo sabes. Además, ¿no hemos quedado en que las ganancias las reparten al salir? Tú dejalos, que de momento están jugando y Dillon es grande. Muy grande.

– Ni que estuvieras enamorado de él.

– Lo estoy, lo estoy.

En la carretera de La Coruña ya no lucen las farolas y las urbanizaciones se diseminan en el espacio hasta desaparecer.

No se dan tregua ni para saber que la noche es negra.

Diez y cuarto

Graciliano echa el freno de mano en una cuesta presidida por una tienda de muebles.

– Pero ¿por qué llora, mujer? Venga, no se disguste tanto.

– De veras que no pretendía participarle de mis penas, pero le agradezco que aceptara tomarse un café.

De reojo mira los resultados de la liga, más por agobio que por interés.

– No es molestia, no se preocupe. Usted cálmese, por favor.

– No lo entiendo. Si es que es un desgraciado, ¿usted comprende que le haga esto a una mujer como yo?

– Verá, señora, yo tengo que seguir trabajando pero me da cosa dejarla en este estado. ¿Por qué no llama a alguien? -propone con toda su buena fe.

– No. Mi familia es de fuera y no los voy a alarmar un domingo por la noche.

– Lo siento, no estoy de acuerdo. Lo jodido de las alarmas es que suenan cuando uno no espera. Y nunca se espera -insiste levantando la vista hacia un gol de Kiko, “¡qué mosntruo!” se dice a sí mismo mientras ella ahoga sus sollozos en un pañuelo de papel.

Palabras de Gil y Gil, algunas cosas no cambian.

La señora pone una mano en la pierna derecha de él.

Asustado, da un respingo y, antes de decir nada, la señora argumenta.

– Se lo ruego, yo le pago la carrera, usted baja la bandera y me acompaña a casa. Se lo suplico. Lo sé, lo sé. Sé que estoy abusando demasiado de su confianza pero, por favor, tengo mucho miedo.

El dueño del bar esparce serrín por el suelo y los observa.

Graciliano echa mano de su última ratio sin confianza:

– ¿Sus amigos?

– No. Por favor, necesito…

Gime una vez más.

Once en punto

Observando los libros de viajes en las estanterías.

– ¿Qué hace? -inquiere con suficiencia.

Bajo el marco de la puerta la señora contesta:

– Nada, llevo todo el día en tacones, necesito descansar.

– Sí, eso. Un sueñecito le vendrá de perlas.

– No. Duermo desnuda -contesta, acercándose-, la ropa interior es para agradecerle su preocupación.

– No me jodas -se dice a sí mismo sofocado-. Señora, por Dios, yo… le agradezco que me agradezca pero…

Los nervios se han hecho con él como el mago con los niños.

– Pero nada -le coge una mano y la pone en su culo.

Cierra los ojos y ve a su esposa. La ve esta mañana y el día de la primera comunión de la niña, la ve vistiendo aquel bañador verde en Comillas y la ve en su tensa primera cita en la Casa de campo. No quiere estar donde está, ni siquiera se reconoce, siente pánico.

La señora es alta. Descalza le llega a la boca.

Lengua avezada.

Pánico de perderla, de joderlo todo, de que la ciudad entera le observe y señale por la ventana.

Lentamente, el cuerpo de esa desconocida aplaca los miedos y, al cabo de un rato, tumbados sobre la cama ella le pide un cigarro.

– Es la primera vez que le soy infiel -confiesa inquieto todavía.

La mujer de al lado, atractiva, sexualmente poderosa, ahora se relaja a su costado entrelazando las piernas.

– ¿Cuál es tu nombre? -se interesa con descaro.

– Graciliano.

– Largo, ¿no?

– Graci, me llaman Graci -responden sus pulmones, cuerdas vocales, lengua y labios con dificultad, a sabiendas de que la mente se halla en paradero desconocido.

– Bien, Graci. Si es la primera vez no habrá problema.

Y haciendo una pausa, grita :

– ¡Fausto!

En el dormitorio aparece un bigotudo alto y grueso de amorfa mirada.

– ¿Quién cojones es éste? -se incorpora Graciliano tapándose con la sábana.

– Fausto, explícale la situación al caballero.

El orangután toma la palabra:

– Comprenda, señor, que la situación es compleja…

– ¡Qué complejidad ni qué niño muerto! ¿Es una broma? Se quieren reír, ¿verdad?

A Graciliano se le saltan las venas del cuello con los gritos.

– No deberías hablar en ese tono, Graci, cariño. Los vecinos se quejarán -asegura la señora, que está pasando a ser zorrón más que señora.

– Además, es mi mujer -apunta Fausto, el primate.

– Pero tú, tía puta, le has llamado…

El diligente taxista no comprende nada pero sospecha lo peor.

– Oiga, sin faltar, no perdamos las formas.

La advertencia del señor Primate le calma. Se trata de un ejemplar muy corpulento que se les sienta al borde de la cama.

– Esto es la hostia. Miren, siento lo que ha pasado, pero ¡qué coño!, ustedes son realmente raritos. ¿Les da morbo?, ¿son prácticas liberatorias?

Se pone los pantalones sin calzoncillos.

– Señor, de verdad que lo siento. Aunque pensándolo mejor, no hay nada que sentir. Yo me voy -concluye.

– No. Ahí se equivoca. Mírese al espejo, ¿se ve? Pues siéntese un segundo -le pide cortésmente el señor Primate.

Ella sale a por un vaso de agua.

– Le hemos grabado follándose a mi mujer -susurra en su oído.

Los dos, sentados sobre un lateral de la cama de colchas amarillas.

– Pero tú eres un hijoputa…

Se miran a los ojos. Las cartas están sobre la mesa.

– … Y además ignorante. ¿A quién se le ocurre chantajear a un taxista?

– Están muy mal los tiempos, ya sabe. No es algo personal, no se lo tome así. Se ha portado muy bien con mi señora.

– Pero ¿qué dices, hombre? -incorporándose y poniéndose el jersey.

– No olvide que Olga ya ha tomado sus datos y la matrícula. Parece un hombre razonablemente feliz, no le aconsejo que sea sincero con su mujer, demasiado peligroso. Y desde luego, no fue de putas, Olga no lo parece y usted querría una más joven.

Graciliano piensa en ello, se siente vejado, bebe agua.

– No verás un duro. Es más, os denuncio hoy mismo.

– Vamos, no sea necio, piense en las risas que eso produciría. No. Mañana le llamo y hablamos de las condiciones con más calma pero no se engañé, sólo hay una salida.

– A comisaría me voy, sinvergüenzas.

El portazo retumba en la escalera.

Nueve y cuarto

En la estación de Ávila no se apearon de la conversación.

Patricia habla alto y los nuevos pasajeros escuchan extrañados, por su parte Abel es más recatado y sólo ella puede oírle.

Se ha fijado en sus muslos, prietos y finos, y sus tetas. “Almibaradas”, piensa.

Pero no es el cuerpo lo que le hace parecer fascinante.

En Canarias tiene un grupo de teatro experimental que “mi director, que es un chico joven, de tu edad más o menos…”, “veintiocho”, “sí pues como te digo, mi director siempre cuenta que no quiere saber nada de Stanislavski -ustedes tienen que olvidarse de todo método, nos pide, ésa es la única regla que deben conocer”.

La voz de Patricia desprende musicalidad, un rato antes él se preguntó de dónde sería.

Supuso que charlaba con una niña de Buenos Aires, Canarias o Cádiz. En realidad no deseaba ubicarla en ningún lugar aparte de aquel asiento, no deseaba ceñir su luz a unas fronteras, a una vida sufrida que por otra parte él ya había conocido.

En efecto, Abel había sufrido las contingencias de tener que convivir en medios infames rodeado de personas infames y estrechas, pero también guardaba un ramillete de amigos con quienes periódicamente se retroalimentaba espiritualmente.

El autobús se abre paso en la fría noche, a veces atraviesan pueblos con tres bombillas y vuelven a la oscuridad sin percatarse, Patricia le habló de su padre y de su pasión por la lectura, a veces quisiera cerrarme días y días con comida y bebida a leer y dormir, las persianas bajadas y nadie que llamase a la puerta, Abel flexionó la rodilla y ella se fijó en sus pantalones de pana, habló del morbo en la literatura y en la vida, del parapeto tras la ficción que ni siquiera en primera persona puedes romper, él rebatió aduciendo que la realidad es mucho más grotesca que la imaginación más morbosa, el viajero de delante movió la cabeza hacia un lado y los tres supieron que él les hizo saber que estaba escuchando, entonces ella se lanzó contra la gente que no cree ignorar nada importante, indignada, y Abel se ruborizó aun pensando lo mismo, adujo algo para que ella continuase su circunloquio afirmando que un labrador es la persona más merecedora de respeto que existe, pero no un conformista, recordó cuando estrenó su obra y alguien le preguntó de qué iba, ¡las obras no tienen por qué ir de nada, te pueden dar las piezas y tú las colocas!…

La noche y los páramos castellanos, oscuridad y frío, confían el uno en el otro, indagan y acogen ideas y se están amando lentamente sin saberlo.

Él, que fue viejo siempre, la observa y escrutina calmado, “hacemos teatro vivo, no fosilizado, y provocamos la reacción del público por el placer de la comunicación, ¿que lanzamos canicas desde el escenario?, ¿y qué?, ustedes son unos pacatos”, pareció entenderla maravillado ante su entusiasmo juvenil.

Poco más tarde están llegando a su destino y Abel le pregunta a Patricia si vive en un colegio o en un piso. Interpreta que no hay nada con los compañeros de piso.

En unos minutos se perderán en el marasmo de rostros que inunda las calles de esta vieja ciudad. Ahí está el Tormes sereno y ancho. Amigo cordial de siempre.

Dos meses y medio después

Barrenderos y borrachos camino del sueño. Un tipo corriendo.

Amanece helado aunque la mañana va a ser soleada, aquí el sol engaña.

Cielo abierto al que expulsa el humo del cigarro, jugando a hacer pequeños aros como señales de fuego indio.

Apoyada en la barandilla del balcón, a la sombra hace un frío particularmente punzante.

Entra y cierra la puerta.

Abel duerme como un niño, le besa la frente y la boca y sale al pasillo.

En la cocina prepara un café y escucha los ruidos del compañero extremeño. El somier no delata.

Los sábados por la mañana poca gente los disfruta en esta época del año. Siente la paz y bebe pequeños sorbos de ardiente café y fuma sobre el sofá del salón.

Enciende la televisión.

En un informativo de las ocho hacen hincapié en el famoso caso del “taxista vengador”, que a ella le suena a vengador tóxico en versión castiza.

Distintas personas vierten opiniones y risas desde la calle Preciados, agolpándose en torno a la cámara.

No presta atención pero de repente en una imagen aparece Graciliano Martínez, “el taxista vengador”, como ya le ha bautizado la escoria periodística nacional.

Le mira y se acuerda de la copla que entonaba.

Sube el volumen.

En Madrid los partidarios y detractores de Graciliano se enfrentan gravemente en debates que a veces casi llegan a las manos.

Los diarios especulan e ironizan con la posibilidad de reimplantar el derecho penal privado medieval, pues ya que el Estado es incapaz de imponer el orden…

Una cierta locura se ha apoderado de la gente, que se ve reflejada en “el taxista vengador”, hastiada de tanta porquería.

Incluso en las tertulias políticas alguien se pregunta “si es absolutamente injustificable que un hombre sencillo mutile genitalmente a las personas que le han humillado y amenazado con hundir su familia… Y que conste, para evitar confusiones, que la aplicación de la justicia privada sería un retroceso fatal y el solo hecho de comentarlo me causa espasmos. No obstante, ¿qué opinan ustedes?, llámennos al…”.

Los días siguientes transcurren con el espectáculo circense montado alrededor del pobre hombre.

Su mujer no asimila los hechos y alguien cercano le propone acudir a un psicólogo pero ella no quiere salir a la calle.

Una noche “el taxista vengador” es entrevistado en directo para toda la nación por un Letterman de chiste.

– Debería haberlos matado, haber cogido el arma, llenado el cargador y vaciárselo en la cara.

– Fríamente… ¿piensa eso? -le insta a ratificarse el periodista, haciendo una mueca ensayada.

– Sí. Me asusté y no fui capaz más que de rajarlos y llevarme la cinta.

– Pero Graciliano, lo que usted hizo fue atroz.

– Lo sé -admite bajando los párpados-. Querían perjudicarme y aquí estoy en el ojo del huracán. A veces pienso que de matarlos podría haberlo ocultado. Pero en fin… Las cosas son como son… Aquí estoy.

Graciliano Martínez, “el taxista vengador”, se ha derrumbado ante las cámaras.

Patricia y Abel cambian de canal.

– Ya basta -dice ella.

Se abrazan y piden la cena a domicilio: rollitos de primavera con lo de siempre.