Las carreras de caracoles

Los caracoles, una vez finalizada la tormenta, asomaban sus cabezas viscosas y comenzaban a desfilar parsimoniosamente por el jardín.  Y nosotros sentados en la parte de atrás.  Tú con tus pies descalzos apoyados en la mesa de cristal, esos pies maravillosos que sabían a vino y portada de revistas.  Mirábamos a los caracoles florecer y, escogiendo uno u otro, apostábamos besos y cosas menos importantes en carreras a cámara lenta a través del césped mojado.  Y qué pocas veces ganaba yo.  Nunca tuve suerte con el juego y tú me decías que mejor, que ya se sabe “desafortunado en el juego…”. 

Hoy los caracoles, tras la lluvia, han vuelto a salir de sus escondites, corriendo como locos sin apuestas de por medio.  Sin el ruido de besos y cosas menos importantes.  Pero a ellos les da igual. 

Me arrepiento nada más oír el crujido de la concha contra la suela de mi zapato.  Me arrepiento de todo lo que he pisado en mi vida.  Pero es demasiado tarde.