Dylan y la conexión divina

En cierta ocasión recuerdo haber leído que Bob Dylan dijo no escribir canciones, que únicamente servía como receptor.

Qué duda cabe que, ya seas Ramanujan y recibas directamente de una diosa hindú las fórmulas que revelan los secretos del universo, ya seas Shakespeare y plasmes la naturaleza humana en textos, ya seas Picasso y esa inspiración te pille trabajando, en el proceso creativo hay siempre un contenido de oficio cual ebanista más o menos detallista y un contenido que se escapa a todo nivel de comprensión. Valga esto también incluso para escribir un modesto post en cierta edición literaria online.

La conexión de Dylan con una divina fuente de inspiración está fuera de duda, es algo reconocible, ya estés inmerso en su obra o seas un completo neófito que no le soporta.

Desde que cogió su guitarra y se plantó en el Greenwich Village a darle la brasa a Woody Guthrie siempre ha estado movido por unas inquietudes que iban más allá de lo convencional.

Quizás sea en esos inicios folk donde sus canciones pueden parecer más místicas, ¿qué osadía es eso de que la respuesta está soplando en el viento? Esos primeros temas con acústica y armónica le convirtieron en todo un fenómeno y en un profeta o enviado por los dioses para mostrarnos el camino hacia la salvación.

Después de esa “primera época”- lo de intentar clasificar las épocas de un artista es tarea para historiadores, no es mi caso- se hartó de verse convertido en el Salvador y quiso evolucionar y pasarse a la eléctrica y hacer rythm & blues, de Mesías se convirtió en Judas, pero no importa, él no lo creía.

El simplemente es un receptor de mensajes. Se reinventará una y mil veces, así que paciencia.

En julio de 1966 sufrió su famoso accidente de moto cerca de Woodstock, no en el festival, sino donde vivía en esa época, volvió a nacer, o mejor dicho desapareció temporalmente sobre todo de la vida pública y de los escenarios. No le interesaba en ese momento aparecer por ningún lado, se recluyó en una vida familiar y tranquila alejado de la vorágine de los escenarios y de la crucifixión pública. Evidentemente siguió conectado componiendo y trascribiendo mensajes encriptados, incluso al año siguiente editó una canción de Jimi Hendrix que él únicamente se limitó a componer.

Así seguiría durante unos años en su más absoluta desconexión del mundo, llamando a las puertas del cielo. Hasta que se decidió junto a The Band a volver a patearse los escenarios por y para siempre y demostrar que será joven para siempre.

A finales de los 70 Bob Dylan tendría su iluminación pública más sonada con su confesada conversión al cristianismo, y no me estoy referiendo a la adaptación castellanizada del “Saber que vendrá”, ¿qué pensarían los que le llamaban Judas en su momento? Así lo plasmó en Slow Train Coming y Saved. No serán sus obras más recordadas, pero reflejan ese momento y su grandeza para avanzar en su búsqueda interior y conexión divina. Años más tarde, no me queda claro si Dylan seguía siendo cristiano… -tampoco me interesa demasiado su afiliación a una religión en concreto sino su camino de búsqueda-, llegó a actuar ante Juan Pablo II “Totus Tuus”, interpretando ante una multitud de jóvenes católicos enfervorizados A hard rain´s gonna fall, Knockin´ on heaven´s door y Forever Young.

Las enormes giras de Dylan y Juan Pablo II, rocking in a free world !

-Ha faltado la de “saber que vendrán”- decía la juventud.

Por lo visto, unos años después el sucesor de Juan Pablo II “te quiere todo el mundo”, el señor Ratzinger, censuró esas amplias miras del catolicismo ortodoxo de abrirse a cosas paganas que no están en consonancia con Dios, el miedo es libre.

Por lo demás, los 80 no pasarían por ser su época más brillante salvo por sus desafines en We are the world y la aventura con sus hermanos Willburys viajeros y esa conjunción estelar entre varios de los más grandes entre los grandes, manejar con cuidado.

A finales de los 80 se pondría otra vez manos a la obra a recuperar esa conexión mágica, ¿alguien ha visto la dignidad?

Para no andar complicándose mucho en cómo titular su gira, la denominó “Never ending tour” y en eso sigue aún, veremos si en las camisetas caben todas las fechas…

Recuperándose de los problemas de salud que le achacaban, publicó en 1997 Time out of mind. No es oscuro todavía pero se va acercando, decía en Not dark yet. El álbum fue muy bien valorado por el sanedrín de la crítica musical y se alzó con varios premios Grammy, incluso al de mejor interpretación vocal de rock masculina. ¡Zas!, ¿quien dijo que Dylan canta mal? O mejor dicho ¿quien dijo que haya que cantar bien? En factor X le habrían lapidado, fijo, pero ahí está con su Grammy como mejor cantante de rock.

Bob Dylan en su bien llevada madurez, esos ecos de blues…

Estaba empezando a oír voces y no hay nadie alrededor, decía al comienzo de la canción. Será mentiroso el tío… lleva un tiempo ya.

Hay que hacer mención también al reconocimiento mundial que se le hizo, ¿qué me van a dar qué? Tan sorprendido estaba que haciendo gala de su fama de huraño y reservado no fue a recoger el Nobel de Literatura. Allí fue Patti Smith a dar testimonio en su nombre, no te preocupes Patti si te equivocas, todos lo hacemos, lo importante son esas canciones que son legado para la humanidad.

Con esto termino el recorrido por la vida, obra y milagros de Mr. Robert Allen Zimmerman, o שבתאי זיסל בן אברהם o Shabtai Zisl ben Avraham (vale, lo he sacado de la wikipedia sí).

Bob Dylan sigue publicando discos, haciendo giras, teniendo esa conexión divina. Hace unos años en una de esas conexiones, la voz le dijo:

– Te he revelado grandes canciones con grandes letras y tú te has atrevido a plasmarlas y cantarlas, pero ¿a que no te atreves a hacer un disco de versiones de alguien que cante bien? Sinatra, por ejemplo.

-Sujétame el cubata- contestó.


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Montreal, la ciudad de Mr. Cohen el trovador

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