Crónica de un viaje astral a la cubana

En los años noventa, allá en La Habana, un grupo de amistades nos reuníamos para meditar y, alguna que otra vez, intentar irnos de viaje astral, que era el único tipo de viaje permitido. “Los patafísicos” está inspirado en esas experiencias. ¿Funcionaba? A saber…

En estos tiempos de cuarentena, quizá valga la pena intentarlo de nuevo.

 

Los patafísicos

A La Pastora

En aquellos buenos y malos tiempos todos éramos jóvenes e ingenuos. Era por los noventa, cuando la comida escaseaba en La Habana y vestíamos ropas de tercera mano y calzábamos zapatos de quinto pie. Pero cuando también nos inundaba un optimismo tenaz e irrazonable y una alegría infundada, la herencia efímera que se derrocha sólo en la juventud.

A los de inclinaciones metafísicas (patafísicas, decía mi abuela por joder) nos dio por reunirnos en círculos de corte esotérico —los de otras inclinaciones se reunían en círculos, o cuadraturas, de distinto pelaje, claro. Pero nosotros éramos, ah, súper místicos, porque ya he escrito antes que durante el período especial los cubanos nos volvimos más espirituales que los brahmanes de la India. Chalu, el gurú, dirigía un núcleo de cinco o seis habituales y un número variable de visitantes. Los satélites podían alcanzar la veintena aquellas tardes en que el gurú, generoso que era, preparaba un caldero de arroz frito para toda la tropa.

Cuando se organizaban reuniones alimenticias, Eddy el Pelúo era siempre de los primeros en llegar.

—Pero yo no lo hacía sólo por la comida, aunque eso era un estímulo, sino por la meditación —afirma Eddy y bebe un trago de cerveza, una Negra Modelo helada que le desborda el vaso—. ¿Te acuerdas, Flaca?

La mesa blanca y plástica se balancea bajo los codos de Eddy. El plato blanco y plástico, of course, con la hamburguesa envuelta en mayonesa y cátchup, se menea en sincronía. Las Montañas Sandías, moles grises que se divisan desde la ventana de este bar de Albuquerque, Nuevo México, me recuerdan las del Escambray, donde fuera a morir el pobre Chalu hace diez años, dizque buscando la iluminación.

—Pues yo no meditaba, nunca aprendí a poner la mente en blanco —admito—. Lo que hacía era figurarme que cogía un avión para cualquier lugar del planisferio. Incluso oía el ruido de los motores y me sentía en el aire.

—Eso se llama visualización, niña —me aclara Eddy, didáctico—. Te imaginas que una cosa va a pasar, te das cranque con eso, la ves en todos sus detalles y cuando vienes a darte cuenta, sucede.

Podría decir que sí, que sucedió, pero no precisamente cómo me imaginaba que sucedería. Que yo, la Flaca, la Huesitos, dejara el país casada con un gringo mientras mis amigas, hermosas según el protocolo cubano —tetonas, caderúas y nalgudas— se quedaban varadas en tierra, jamás de los jamases me pasó por la imaginación. Yo me visualizaba asistiendo a un congreso de literatura en la Ciudad de México o publicando un libro en Barcelona, no vestida de novia. Pero no quiero discutir con Eddy.

—Si tú lo dices…

—Las noches de apagón, cuando coincidían con la luna llena, eran las mejores para aquellas sesiones —sigue con su tema—. Y para los viajes astrales también.

Ah, los viajes astrales… Eddy tenía obsesión con ellos. Se pasaba hasta tres horas en la cama, inmóvil, esperando el instante perfecto para abandonar su cáscara humana y elevarse en espíritu, dado que el cuerpo resultaba más difícil de transportar. No se levantaba hasta que su madre lo sacaba del trance a cocotazos.

—¡Muchacho, que te vas a volver más idiota de lo que eres!

Había dos tipos de apagón: los programados, que daban tiempo a buscar velas y fósforos y a prepararse psicológicamente para pasar cinco o seis horas de ojos en la negrura, y los no programados, cuando la oscuridad te partía en dos la telenovela brasileña y Fátima se quedaba sola en su paladar. Cuando tenían la cortesía de anunciar la interrupción del servicio eléctrico, como decía muy fino el Granma, los patafísicos nos reuníamos mientras quedaba aún un resquicio de claridad y era posible subir los diez peldaños que llevaban a la azotea del Chalu sin rompernos la crisma. Nos sentábamos en torno a una vela encendida que, a su vez, se colocaba ante un espejo con marco de caoba, un espejo profundo donado por el miembro de más edad del grupo (tenía veintiocho años) a quien llamábamos, naturalmente, El Viejo. Aquel espejo tenía aché, magia, brujería sideral. Al contemplarlo durante varios minutos, sin pestañear, aparecían en su superficie círculos concéntricos. Más de un patafísico juraba que aquellas ondas tan redondas lo trasladaban a otra dimensión.

A la luz de la vela, que le prestaba un encanto decimonónico a la noche cubana, comenzábamos con una breve lectura metafísica, para ponernos en sintonía astral. Recuerdo los libros de Conny Méndez, que una buena alma venezolana nos había dado como donación —más le habríamos agradecidos que nos diera diez dólares, pero tampoco era cosa de ponernos los moños. “Te regalo lo que ese te antoje” se titulaba uno.

—A mí lo que se me antojaba era un pan con jamón —dice Eddy, que en aquella época tenía la panza hundida como los perros callejeros, con el costillar fuera.

Después de la lectura venían los ejercicios de respiración y finalmente meditábamos, con las pupilas fijas en la el azogue del espejo.

—Ahí fue donde lo vi, Flaca, te lo juro. Ahí lo vi.

Éste era el punto muerto al que llegaban siempre nuestras charlas: lo que Eddy había visto, o imaginado, o experimentado con algún sentido sin nombre, allá en La Habana, durante un apagón. Cada vez que se tomaba un trago, le daba por acordarse de cómo había pasado (mediante viaje astral, premonición del futuro, bilocación, quién sabe) de la azotea del Chalu a una tienda en la que había “de todo, desde una lavadora enorme hasta una muñeca rubia que tenía la estatura de una niña de tres años, y a su lado un caballo plástico, del tamaño de un perro, pero rosado.”

—Cuando llegué aquí, enseguida supe que era una KMart —me repetía—. Todavía no he identificado la tienda exacta, pero estoy en eso.

Yo lo miraba con lástima y no le contestaba porque a ver qué le iba a decir. El brete de la visualización está ya bastante desprestigiado. Hay muchos que despotrican sobre la ley de atracción y el poder cuántico mental (porque ahora todo es cuántico: la mecánica, la sanación y hasta el misticismo) pero ¿acaso ha caído tan bajo este venerable recurso metafísico como para que el primer viaje astral de un meditante termine en una tienda pedestre y llena de artefactos made in China? Todavía si hubiera llegado a Neiman Marcus, o a Dillard’s… ¡pero a KMart! Hay que tener gandinga astral.

—Chico, eso lo has inventado porque KMart es la única tienda donde puedes comprarte cuatro tarecos sin gastarte el sueldo del mes entero —le dije una vez que me llenó el bote de agua con la misma candanga—. Mira, ya que sigues creyendo en esas boberías, ponte a visualizar que te entra bastante plata a ver si subes de categoría y te surtes de pacotilla fina en Nordstrom.

Ya sé que sueno cínica, pero no lo puedo evitar: la fe que tuve alguna vez se ha desvanecido en el aire, como el humo de la madera de piñón en los inviernos nuevo mexicanos. Hoy en día no creo ni en la paz de los sepulcros.

—¡Qué cambio has dado, Flaca! Hasta se te ha olvidado que tú estabas conmigo durante el viaje. Y que lo viste todo, igual que yo.

—Pues yo no me acuerdo de nada.

—A lo mejor cuando veas el lugar te vuelve la memoria.

—A lo mejor.

Y aquí termina la conversación. Eddy se da el último trago y después nos vamos: él a casa con su mujer, la Helen, una gringa gordota que apenas masca el español, y yo a la mía con mi marido, que tampoco habla mucho Spanish.

Eddy y yo no nos acostamos. La aclaración es para los mal pensados, que cuando ven a un hombre y a una mujer juntos en un bar, los meten ipso facto bajo las mismas sábanas. Seguimos siendo, al igual que en La Habana, buenos amigos. Es natural, no sólo por haber sido patafísicos en otros tiempos, sino porque estamos entre los pocos cubanos trasplantados a Albuquerque, este rincón perdido del suroeste donde los caribeños pasamos por una especie exótica.

Yo llegué a los Estados Unidos en el noventa y cinco y Eddy en el dos mil, en una balsa —el viaje astral nunca le funcionó. Recaló en Miami, pero allá no hay espacio ni trabajo para tanta gente y las Caridades Católicas, muy caritativas, le dieron a escoger entre los inviernos helados de Filadelfia y los veranos sofocantes del desierto nuevo mexicano. Se decidió por el mal menor.

 —Al fin es que al calor estoy acostumbrado —me dijo—, pero si subo al norte me congelan hasta las amígdalas.

Nos encontramos gracias a Facebook y cada dos o tres semanas nos reunimos para hablar de Cuba y rememorar los tiempos patafísicos, hasta que llegamos a su visión, que suele ser el final, the end of the story. Pero hoy es diferente. Hoy, me susurra Eddy, tiene algo que contarme, algo sumamente especial.

—¿Qué pasa?

—Por fin di con la tienda —murmura—. La tienda exacta, con la lavadora, la muñeca y hasta el caballo. Tienes que venir conmigo a verla, Flaquita.

—¿Qué tienda, chico?

—KMart.

—¿Cómo sabes que es la misma de tu visión si todas son idénticas? En cualquier tienda por departamentos hay lavadoras y muñecas.

Eddy empieza a gesticular como un poseso.

—Lo sé por los olores, por los colores, por… qué sé yo. Porque algo me lo dice, vaya. La descubrí hace una semana. Volví a pasar el lunes. Regresé esta mañana. La lavadora está allí, es una Kenmore. La muñeca, en un estante a la derecha, creo que es una Barbie, pero no sé de esas cosas. Ven conmigo para que te convenzas.

Le tiemblan las manos y la barbilla. Se le aguan los ojos repletos de Negra Modelo, que se desliza en dos gotas por las mejillas ya ajadas de este ex meditador.

—Estás loco. Todo eso pasó hace quince años, cuando nos reuníamos en la azotea del Chalu. Suponiendo que tu viaje ocurriese de veras, ¿crees que la tienda se iba a quedar detenida en el tiempo, esperando por ti?

—¡El tiempo no es lineal, Flaca! Lo dijo el propio Einstein. Tú que lees tanto, ¿todavía no te has enterado? Es fluido y sigue una curvatura como la del espacio.

Sospecho la Negra Modelo le ha llegado al cerebro, siguiendo una trayectoria ascendente y sin duda alguna lineal.

—Eso es sólo una teoría, Eddy. Falta que la demuestren.

—Yo soy el que la va a demostrar.

Más vale, para que a este no le dé la borrachera machacona, acompañarlo al KMart de Avenida Central donde, según jura y perjura, tuvo lugar la famosa visión.

Manejo yo, que siempre soy la sobria en estos casos. Le digo que sí, que vamos primero a la tienda y después lo dejo en su casa, en las manos grasientas de la Helen que le chillará con su acento gangoso de sureña cuando lo vea llegar en estas condiciones.

Pero ¿en qué condiciones? Lo miro de reojo y sólo está achispado el pobre Eddy, que ahora es un cuarentón medio calvo y barrigoncito. Que, pese a vivir hace dos lustros en Estados Unidos, no mastica más de veinte palabras en inglés. Cada vez que trato de animarlo a que tome un curso gratis de los que ofrecen en UNM me dice que para qué, Flaca, si en un par de años yo boto a la gorda pal cará y me mudo a Miami y allí igual se me va a olvidar. No, no está borracho Eddy el ex patafísico. Son la emoción, el miedo y los recuerdos los que le colorean las mejillas con todo el rojo del cátchup, le abrillantan las pupilas y lo llevan de vuelta a las noches de apagón programado y al espejo insondable.

—Vamos —le digo, y arranco para KMart que a las seis de la tarde de un sábado otoñal está repleta de cierta fauna variopinta que considera un pasatiempo de fin de semana el mercar porquerías a bajo precio. Porquerías de las que más tarde intentarán deshacerse en ventas de garaje y en pulgueros, y siempre encontrarán alguien que se las compre porque todos los días sale un bobo a la calle, como dijera (o no) el inefable Barnum.

—A ver, visualicemos el pasillo —le digo en zumba a Eddy, pero no me oye.

Ha echado a correr, a pique de un guardia de seguridad piense que se ha robado algo y le caiga atrás. Lo sigo, esquivando mujeres que empujan carritos coronados por chiquillos mocosos y atiborrados de cualquier cosa que se venda a dos por cinco dólares. Me apuro yo también, conteniendo la respiración para esquivar la fetidez a rosas plásticas, ese aromatizador infame que riegan en los comercios baratos con el objetivo de tupirnos el olfato y el entendimiento a la vez.

—¡Eddy, párate ahí!

Paso junto a una larga hilera de juguetes: un Tickle Me Elmo capaz de desencuadernarle el miocardio al infeliz bebé que se lo eche a la cara en medio de la noche; bicicletitas de fragilidad asiática; rifles con todo y su colimador…

—Oye, espérame —vuelvo a decir, jadeando.

Se detiene por fin entre el corredor de los juguetes y una pared donde se encuentran, en ordenada fila, las secadoras Kenmore. Señala, con el índice tembloroso, una muñeca gordinflona y fea que se alza tres pies sobre el suelo junto a un caballo anatómicamente incorrecto de piel rosa, cola de pelo apócrifo y tamaño de pastor alemán. El set incluye un espejo made in China, viudo de profundidad y misterio, que me devuelve mi propio rostro, borroso y medio enfurruñado.

—Fue aquí —murmura Eddy, acezando—. Aquí mismo llegamos aquella noche de la meditación.

Y yo sigo pensando que vaya pejiguera. Si es un invento suyo, qué tonta, qué pedestre la elección mentirosa de KMart. Y si es verdad, qué falta de sandunga astral. Hubiéramos llegado a la Estatua de la Libertad, al Golden Gate de San Francisco, incluso a Disneylandia, pero no a una tienda de poco pelo como ésta. Estoy a punto de increpar a Eddy, de restregarle en los hocicos mi arrogancia de latina-asimilada-que-ahorita-se titula, hispana sí pero que espikingli, cuando noto los círculos concéntricos que han comenzado a aparecer en el interior del espejo. Intento separar la vista, pero ya es demasiado tarde: el abismo de plástico, sin profundidad ni poesía, me atrae, me succiona. Sin poder evitarlo, me caigo de cabeza en él.

—¡Flaca! —grita Eddy—. ¡Flaca!

No sé si el grito es de llamada, de auxilio o de advertencia. No tengo tiempo para responder. Pierdo el aliento, se me desboca el pulso, el pasillo ennegrece de repente y cuando recupero la conciencia estoy en la azotea del Chalu, sentada junto a Eddy, ahora-otra-vez-entonces joven con todo su pelo y aquella panza hundida de hambriento crónico.

—Flaca —musita—. ¿Lo viste, tú también?

Lo miro y por un instante metafísico, por un momento cuántico, se me confunden los dos mundos. Me doy cuenta de que Eddy no se acuerda de Albuquerque, ni de la Negra Modelo que se ha tomado media hora antes. Yo también empiezo a olvidar, pero en la fracción de segundo que conecta el recuerdo del futuro con el pasado del presente, intuyo que dentro de quince años estaré lejos de aquí, de esta azotea, y que comenzaré a escribir un cuento sobre los buenos y malos tiempos cuando todos somos éramos jóvenes e ingenuos y en los que gastábamos, despreocupados y felices, la herencia efímera de la juventud.

Biografía de la autora

Teresa Dovalpage nació en La Habana y ahora vive en Hobbs, Nuevo México, donde es profesora universitaria. Ha publicado nueve novelas y tres colecciones de cuentos. NBC News seleccionó su novela policíaca Queen of Bones (Soho Crime, 2019) como uno los diez mejores libros latinos del 2019. De la misma serie es Death Comes in through the Kitchen (Soho Crime, 2018) y Death of a Telenovela Star (junio del 2020). En su lengua materna ha publicado Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006, finalista del Premio Herralde), El difunto Fidel (Renacimiento, 2011, premio Rincón de la Victoria en España), La Regenta en La Habana (Grupo Edebé, 2012), Orfeo en el Caribe (Atmósfera Literaria, España, 2013) y El retorno de la expatriada (Egales, 2014).  Su sitio en la red es https://teresadovalpage.com