Shanghai-Doha o la suerte del vuelo nocturno

Turbulencias al acercarnos a Doha, nueve horas de vuelo desde Shanghai, aquí deben ser casi las cuatro de la mañana, el chino que me propuso dejarle el asiento a pasillo por problemas de estómago no se ha levantado ni una vez al baño y le dije que sólo tenía que avisarme y sería yo quien se levantara tantas veces como fuera necesario, es un impostor, un chino negociante, un trilero universal, no reservo asiento dos meses antes para viajar en medio, el tipo tiene el vaso de café sobre la esquina derecha cercana a mi pantalón beige y está devorando su asqueroso congée de arroz con pescado -pocos platos tan desagradables-, Even flow está sonando a todo volumen para abstraerme con sus guitarras, batería, bajo y la aullante voz de Eddie Vedder hace tanto tiempo…,  acaba de mover levemente el vaso con el reverso de la mano derecha mientras levanta la cuchara, debería decirle que lo ponga en el espacio marcado para vasos lejos de los pantalones beige, me está poniendo nervioso, Eddie ya está subiéndose por los entramados, vigas y grúas metálicas del escenario del Pink Pop Festival en Holanda con aquellas bermudas sucias -si no andrajosas- y aquella camiseta marroncilla diríamos que de tono inexplicable, joder, cómo es la juventud y ahora preocupándome de llegar impoluto al nuevo y grandioso aeropuerto de Doha.

Hace años el aeropuerto se limitaba a una plaza central con tiendas, en torno a la cual salían como tentáculos las alas del edificio con sus distintas puertas de embarque y fingers pero ahora es una gran ciudad de compras donde perder la noción del tiempo e incluso dormir en hotel. En esa época yo solía viajar a Dubái por Doha y cada año veía como algo natural la iluminación nocturna de la Torre Burj Dubái -finalmente bautizada como Burj Khalifa por cuestiones de mecenazgo- que andaba por los cuatrocientos metros de altura con sus indios y paquistaníes encaramados en turnos de veinticuatro horas, grandes hombres que han forjado estas megalómanas y artificiales Mecas del consumo.

Por favor, ¿puede poner el vaso ahí?, se está moviendo. Sori ?, contesta con ojillos estupefactos y lo mueve con aire soñoliento, sori sori, sí, eso, sori no me pongas perdido, de un tiempo a esta parte me he vuelto más intolerante, viajo en modo de bajo consumo pero siempre alerta a cualquier incidencia que pueda evitar que el plan de viaje se cumpla adecuadamente y ya me tiró un azafato o asistente de vuelo dos cafés en clase preferente planta de arriba de Melbourne a Dubái una noche, por favor, mi polo preferido, sé que soy un gilipollas ya neurótico cercano a la cincuentena pero así son las cosas, Eddie antes saltaba como la estrella del rock y yo diseñaba hoteles sostenibles y Eddie toca el ukelele tranquilo y yo me preocupo por si la caída del cabello comenzó cuando empecé a teñirme las pocas canas, efectivamente se quedaba mucho cabello en las manos tras aplicar aquella porquería, y cómo evitar que continúe a la vez que observo cómo se peinan y dejan el pelo más largo los hombres que añoran su melena y van perdiendo densidad de cabello, es el amanecer en Doha y entre el chino y el recuerdo de la melena adolescente…, hay que joderse.

Man of the hour para calmarme, esa gran canción de la banda sonora de Big fish, maravillosa fábula sobre la relación paternofilial cuando no queda otra que matar al padre para vivir y luego buscarlo en la segunda mitad del partido, siempre fue así pero prefiero no desarrollarlo hoy.

Queda una sola hora para llegar y el chino se ha puesto verde, lo disimula bajo las luces tenues ahora que han quitado los desayunos y esperamos el aterrizaje pero está de un extraño verde entre el botella y el color alegre de algunas ranas pero sin luz, más bien pálido y mate a punto de vomitar. Hace pequeños gestos como si estuviera tomando un colutorio lo cual cambia mi mirada de un furtivo vistazo lateral -esa mirada perimetral que tenemos algunos humanos de cara ancha, cabezones si queréis que no lo vamos a ocultar porque tampoco hay manera así que más vale llevarlo con porte adusto, egregio más bien, y punto- a constantes ojos clavados en él y sus movimientos, tengo puesto el cinturón porque así lo han pedido y su vía de escape natural es hacia la derecha donde estamos el pasillo y yo, no hay salida para ninguno y, como una relación abocada al fracaso desde que me pidió hace ocho horas intercambiar el asiento, lo nuestro dinamita cuando una boca de riego empieza a lanzar congéé de arroz con pescado, los granos de arroz enteros pero aún más blandos que en su estado natural dentro de ese caldo lechoso, ouh please!, educado pero airado aunque sin levantar el tono para no molestar pero los vecinos ya se han percatado, el cabrón ha virado a derecha para el primer lanzamiento que me ha llegado a ambas piernas, el iPad e incluso la pantalla del asiento delantero pero en gesto que le honra ha mirado al frente para volcarse a sí mismo el resto del mejunje con menos presión pero con determinación, sin dejarse una gota.

Cuando llega la encantadora azafata no articulo palabra, perdí la elocuencia, simplemente la miro, la miro no más, clemencia mamá, apórtame una solución que soy tarjeta kriptonita, sori sori sori oigo a mi espalda mientras ella y yo nos quedamos anclados durante dos segundos eternos, joder cómo es la vida conocer a este ángel en esta desdichada situación, la vida es maravillosa decía un brillante locutor deportivo, el chino ya no existe, le cae el cabello castaño por el lado derecho de su frente y le roza el pómulo para escapar en una onda interminable, es delgada diría que de fenotipo francés alsaciano si es que eso existe, sus movimientos son pausados y amables, su tono de voz atempera el horror que estoy viviendo, trae toallitas húmedas y me levanta al baño, su compañera lo hace con el chino que va dando amenazantes cabezadas por encima de las butacas, sori sori, me permite que baje la maleta para cambiarme de pantalón aunque estamos ya descendiendo, me dice su nombre, Laura, aún tengo cinco horas en tránsito para conocerla, a la salida le agradeceré y le pediré perdón, la invitaré al café de las 5 AM cuando suena la oración, charlaremos, me confirmará sonriente que no es alsaciana sino de la Borgoña y me enamoraré eternamente de ella, de un modo lento, la vida serán dos segundos con olas, risas, niños, enfermedad, compromisos, miedos, gastos innecesarios, amenazas, aburrimiento, viajes sin hijos, nido vacío, muertes de seres queridos, coche nuevo, mobbing, fortaleza y crecimiento, adolescentes, teatro infantil y horas de vídeo, discusiones cíclicas con adolescentes, el hombro para que lloren, las primeras arrugas suyas, miradas cariñosas, cuñados, sexo intermitente, jardinería, libros compartidos, lágrimas de alegría y algunas más de dolor, quizás divorcio y aun así amor eterno que durará lo que duran los dos segundos de su cabello cayendo sobre su ojo derecho.

La vida nuevamente es maravillosa.

 

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