You´re so right for what is wrong in my life

De acuerdo, padezco una miopía galopante pero no creo que sea para tanto, pensó Jeremías Bullwright al no ser capaz de distinguir los cuadros azules de su cuaderno.
Sólo entonces y obligado por la necesidad limpió las gafas con la parte interior de su camisa, no fueran a quedar microorganismos sonrientes a plena luz del día.
Se había levantado dos horas después de despertar, cuando ella se incorporó sobre la cama vistiendo lo que a él le pareció un pantalón blanco, ceñido y planchado, para darle un beso escueto y tierno.
El olor de ella.
A veces la besaba con la nariz como los gatos, bebía los poros de su piel y la candidez de sus pómulos y el licor de su boca que sabe a sexo. A veces olía con la lengua el devenir de las mañanas, la madera de su hogar y el abrazo que todo reconduce y valida.
La vida en sí se hacía válida, salvoconductos a tiro de piedra, salvoconductos no buscados, soñados, anhelados, que conducen a otras puertas que abocan al error, que nos hacen renacer y volver a morir cada mañana.
Salvoconductos potenciales en la sonrisa de la chica de la tienda de telas o en la de las excursionistas adolescentes a las que Jeremías tantas veces enseñó el mundo.
Y ahora estaba tumbado sobre las sábanas estrujadas de un lecho ancho como la vida, escuchando las golondrinas y las palomas que anidan más allá de las gárgolas de la iglesia cuyo frío muro se elevaba al otro lado de sus contraventanas de madera, unos tres metros más allá.
Le gustaba despertar escuchando el vuelo y el graznido de las alegres golondrinas entre el puzle de tejados y antenas, esquivando no se sabe qué -¿por qué vuelan las golondrinas en escorzos-, y el ensimismamiento estúpido y cagón de las palomas, no tan peligrosas como los estorninos pero también, no se vayan a creer.
Jeremías dormía desnudo y nunca tuvo un pijama, salvo los que le prestó su padre para no parecer tan innoble y asilvestrado en la universidad. Cuando viajaba y se alojaba en hoteles caros, en ocasiones le gustaba pasearse desnudo por la habitación, comer sobre la colcha y hacer zapping aburrido en vez de salir a conocer la ciudad si no tenía compañía.
En fin, lo cierto es que se puso los calzoncillos.
A ella, que ya se había marchado dejándole en duermevela con las gárgolas y los pájaros, no le gustaba que entrara la luz del farol colgado junto al ventanuco cuadrado, casi claraboya, del dormitorio y cerraba sus portezuelas de madera para sólo dejar pasar un haz tímido que de mañana se volvía luz natural indirecta por las rendijas que permitían las contraventanas y el cristal.
Nunca sintió calor porque los rayos del sol apenas rozaban el muro de la iglesia de enfrente y su edificio contiguo en el callejón, además del tejado que caía sobre una de las ventanas del salón. Salvo esa fachada del salón, el resto de la vivienda daba al norte y noroeste y bien pertrechado por los ángulos rectos y la estrechez de aquella callejuela.
Precisamente una de las mínimas ventanas cuadradas del salón, gran ventanal con portón enrejado aparte, permitía acceder al tejado de los vecinos y allí se encaramaría él en verano para beber cerveza por las noches y admirar la ciudad, impertérrita e indemne a los siglos. Aquél era el único punto por el que antes de media mañana caían los rayos de soslayo, calentando el televisor que yacía grueso en una mesa metálica con ruedas sobre el suelo de tarima y bajo las imponentes vigas traveseras de no sabía qué especie de árbol.
Jeremías sentía la felicidad tan efímera como otras veces pero construida desde abajo, racionalmente, como siempre renunció a hacer, a partir del reconocimiento y el perdón del yo, la propia redención cuando uno ya está cansado de amputarse.
Sentía la felicidad tomando galletas de trigo que no entraban en la taza y escuchando al old blue eyes que estaba ya de vuelta en el 72 con un disco plácido y triste.
Sentía la felicidad quieta a su lado como un espíritu guadianesco, echada bella y etérea, frágil, deseando sellar las puertas y ventanas y que nunca escapara.
Sentía la felicidad teniendo miedo de perderla en su maravillosa evanescencia, en su secreto que nadie conoce, en la razón del azar y la sinrazón de los errores conscientemente cometidos.
La había perdido ya en ocasiones anteriores por no atarla y ser un chico sin suerte pero Jeremías se levantó aquella mañana con el convencimiento de no poder fallar, disponía de tres ases y el cuarto estaba al llegar, se encontraba en la ceremonia de entrega de medallas y no estaba dispuesto a tropezar aunque en el preciso momento de pensar esto le llamó su madre con el tono lastimero habitual, interrumpiendo el camino al podio y obligándole a apartar el auricular de su oreja, seguro de que seguiría hablando después, “repito, cogéis la fregona y os la subís, el resto ya sabéis dónde…”, “que sí, que vamos esta tarde”.
Jeremías se incorporó para servirse un vaso de vino, 13:15 horas, ella estaría trabajando todavía, el sofá era cómodo, no sabía cómo sería el cuarto as pero la noche anterior, tras la discusión periódica de los viernes -expresión de malas pulgas tras una semana de-, ella lo llevó a la casa de su amor y al sacar las llaves con las pesadas bolsas de comida, fuertemente cogidas por Jeremías, ella dijo “me he comprado el vestido”.
“¿Qué vestido?”
“El de novia”.
“Estás loca”, sonrió.
Ella elevó la mirada ruborizada como una niña traviesa antes de recibir los permisos a los hechos consumados.
“Te quiero”, se acercó besándola.
Ella agarró el pomo de acero y empujó.
Dentro, el patio interior, sus plantas, las columnas de piedra, las vigas y las listas de madera en los escalones cerámicos, la barandilla ascendiendo hacia el apartamento, su puerta también en madera rústica, y finalmente esta historia pequeña y circular.
La historia de un sábado de mayo por la mañana bajo uno de esos tejados humildes y antiguos que sobrevuelan las golondrinas.

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