Domingo

Domingo era buen creyente, amante marido, abnegado profesional y cariñoso padre. Se podría decir que lo tenía todo para disfrutar de una vida dichosa y llegar a viejo paseando por las calles de su ciudad entre almuerzos con nietos y siestas reconstituyentes.
En aquel momento él obviamente desconocía lo que le deparaba el futuro, sólo era consciente de la inestabilidad y escasez de oportunidades que le había acompañado en su primera juventud, así que asumió la realidad y una fría mañana de febrero cogió un vuelo a América con sus dos hijas y su esposa y creyó no mirar atrás. Entonces no existían vuelos directos, así que reservó plazas en uno de United Airlines o Panam, no lo recordaba, a Nueva York donde tenían más de doce horas de espera hasta el enlace a Eldorado caribeño. Doce horas, JFK, un bravo, esperanzado y anhelante joven español rodeado de tres de sus cuatro mujeres, halo de amor y paz todo a su alrededor, era alguien destinado a ser feliz entre tanta belleza, óigame, compay, no deje el camino por coger la vereda, decidió tomar un taxi para descubrir Manhattan con sus niñas, enormes ojos verdes pegados a los cristales, papá qué puente, la madre observaba en silencio quizás sobrepasada y Domingo sentía mecer su tupé negro por la brisa fría que entraba por el breve tramo de ventana abierta, el conductor fumando y escuchando música negra que nuestro hombre desconocía pero que le hacía sentir bienvenido aunque únicamente fuera de paso.
Aprovechando que el taxista entendía algo de español, acordó un precio para ver la isla entrando por Manhattan Bridge desde Brooklyn, deambulando por downtown y midtown -o lo que quisiera que el tipo sugirió ya en inglés sin que nadie le entendiera-, ¿tú vuelta?, sí, yo vuelta, take you for a ride, fotos, yeah, don’t worry, there’ll be time enough to shoot some main spots, ok vamos.
Sin saberlo pasaron por el East Village con su tono europeo de ciudad entrañable donde la gente incluso se conoce, décadas después fagocitado por la inmigración china y sus tiendas de fake purses en doble apertura, los ultrabaratos y defectuosos y los de la portezuela metálica que sólo abren al turista resabiado que insiste, puerta arriba y allí están los Gucci negros y compañía para deleite del consumidor aspiracional. Nada peor que ser aspiracional en la vida, pensó en este momento quien suscribe estas palabras, la aspiración como tal en cuanto objetivos es necesaria y saludable pero no como modo de vida en el que consumes aquello que representa… ojalá todos pudiéramos pasar nuestros últimos años retirados del ruido, rodeados de silencio donde cada uno deseara, la costa, la montaña, un bajo en la parte antigua de una ciudad desde el que salir a por el periódico, aunque ya no se estile, un café con leche en vasito de cristal sobre una mesa de forja y mármol de algún sitio a la vez inhóspito y cercano. Cada cual debería ser libre de elegir su final, al menos todos deberíamos merecerlo tras la guerra si no nos mataron antes.
En fin, por dónde íbamos, los chinos que no había, los folkies en los bajos y Andy Warhol en algún lugar del Soho, Lou Reed Dios sabe dónde esta mañana, Canal Street, Chelsea Hotel quizás alojando a Leonard y Janis, qué importa, Domingo no conoce, no necesita y es feliz, Domingo es un hombre con pocas creencias pero tan firmes como mástiles y con ellas se conduce como el hombre hecho a sí mismo que es, un hombre al que se le murió el padre de niño, es tan duro tener fe.
¡Mamá, mira esa casa!, el Empire State Building, foto desde con distancia para poder salir en ella los cuatro rebosantes de luz, las niñas una rubita y recoleta y la otra morena, de facciones más firmes y con determinación de crecer por encima de su hermana mayor, ambas seguras de la vida y de sus padres, nada malo puede.
Central Park donde tomaron nubes de algodón por primera vez en su vida, vieron a un hombre dar de comer a un par de ardillas sin acercarse, cautelosas, los papás prefirieron hot dogs con extraña mostaza, en aquellos tiempos no todo llegaba a España, ese país del desarrollismo económico que expulsaba a sus jóvenes en busca de un destino, sin desarrollismo para todos, esperen su turno, por favor.
Las niñas nunca recordarían si no fuera por la ocre fotografía del Empire State Building y otra que el taxista les tomó en el parque abrazadas todas por Domingo, sonriente, camisa de flores gigantes, feliz pater familias.
El siguiente vuelo llevaría unas cuatro horas hasta una casa baja junto a la playa, un Dodge rojo con asientos de piel crema, volante de un millón de grados de giro, palmeras, humedad, ron con los amigos en casa de alguno los fines de semana, niñas hablando español con acento caribeño, los primeros centros comerciales de su vida, el consumo del tiempo consumiendo dinero y un humilde taller de mueble artesanal en el que Domingo escuchaba boleros en un radiocassette bañado de serrín, amando la madera cadenciosamente sin prisa, sabedor de que la vida le depararía pausa y confianza para lo que hubiera de venir.

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